HILDE FIRTEL


Hilde Firtel, legionaria de María.

APÓSTOL SIN ESTOLA


El apóstol seglar Alfonso Lambe
Enviado de la Legión de María
*1932 +1959




Tradujo:
Grupo de traductores. Título original: Apostel ohne Stola.
Con licencia eclesiástica Kanisius- Verlag. Friburgo.

 

Prólogo





No es fácil escribir un libro cuando casi todos los personajes que en él se nombran permanecen aún entre nosotros. Uno corre siempre el peligro de decir algo que pudiera no gustarles, aún tratándose de un cumplimiento. Nuestro relato se refiere a un tiempo tan reciente que diríase presente en lugar de pasado. De vivir aún el protagonista de esta historia, no tendría todavía treinta años. Esto crea ciertas dificultades.

Sin embargo, hemos de reconocer que existen también sus ventajas, pues se puede preguntar a los testigos presenciales de los hechos acerca de sus recuerdos e impresiones personales. Por eso, yo quisiera dar las gracias, muy cordiales, a todos los que, aquende y allende el Océano, se me han ofrecido generosamente para responder a mis muchas preguntas. Si la figura de este hombre extraordinario surge radiante de las páginas de este libro, eso es mérito de cuantos me han ayudado; lo único que he hecho ha sido componer un mosaico con muchas piedrecitas.

Desearía también advertir que me someto, en todo, al dictamen de nuestra Madre, la Santa iglesia, y que los vocablos "santo" y "beato" se han de entender en conformidad con el Decreto del Papa Urbano VIII.

En la fiesta del Apóstol de las Gentes, san Pablo, 1961.


HILDE FIRTEL

 

Introducción




"¿Quién viaja hoy en avión? ¿Un ministro? ¿Una estrella de cine?"
"Pues... ¡No tengo ni idea!"
"Una hilera de doce coches ha llegado a la calle de Limerick; además, esa muchedumbre... ¡Mira!"
"Será, seguramente, algún personaje distinguido".
"En todos los años que yo llevo aquí de servicio, solamente una vez he visto una multitud tan numerosa: cuando el equipo de fútbol de Kerry tomó el avión para Nueva York".

Tenía lugar esta conversación el 15 de julio de 1953, entre dos empleados del aeropuerto de Shannon, en Irlanda.

Un imponente "Constellation" de las "Trans World Airlines" permanecía ante el edificio principal. Los últimos pasajeros subieron a bordo y la escalerilla fue retirada. Una de las cuatro hélices comenzó a girar semejando un tembloroso círculo de plata; e, inmediatamente, una tras otra, las tres restantes se pusieron en acelerado movimiento. Del tubo de escape emanaba fuego de color anaranjado que iluminaba la oscuridad de la noche. Bajo el ruido estremecedor de los motores, la formidable máquina comenzó a funcionar, paulatinamente, en el campo de aterrizaje. Antes de que iniciara su deslizamiento sobre éste, esperó algunos momentos, en marcha. Poco después, y zumbando con velocidad cada vez más intensa, se fue alejando sobre la pista, hasta que, en el extremo oeste del aeropuerto, se levantó hacia las nubes. En el cielo oscuro de la noche todavía se veían relucir alternativamente las luces, roja y verde, de los dos costados del avión; después, el ruido de los motores se fue apagando en la lejanía del Océano.

La muchedumbre, que estaba apiñada ante el edificio principal del aeropuerto, no se disponía todavía a retirarse. Los pasajeros y visitantes, que se aproximaron, curiosos, para enterarse de quién era la personalidad a la que había acudido a despedir semejante tropel de gente, estaban admirados de cómo este grupo, cual si fuera un solo individuo, prorrumpía enérgica y entusiásticamente, en las palabras: "¿Quién es ésta que va subiendo cual aurora naciente, bella como la luna, brillante como el sol, terrible como un ejército formado en orden de batalla?" Después resonó el cántico más sublime de la Madre de Dios, el Magníficat: "Grandes cosas ha obrado en mí el que es Todopoderoso..., santo es su nombre".

Allí se hallaban, íntimamente unidos, sacerdotes y seglares. Sus ojos, inundados de luz, seguían al colosal avión que debía llevar, más allá del mar, a Alfonso Lambe y a Seamus Grace, dos jóvenes legionarios de María, que marchaban a Sudamérica para ejercer el apostolado. Ningunas palabras más bellas de despedida que esta oración de santa alegría que cada uno de ellos rezaba diariamente.

Alfonso (llamado Alfie por sus amigos) se reclinó en su asiento y se desabrochó el cinturón de seguridad con el cual se había sujetado antes de la salida. Luego consultó el reloj.

"Seamus"*, dijo perspicazmente, "¿ves? Son las 12:15 de la noche. Nuestro aparato lleva cuarenta minutos de retraso".
Seamus asintió sonriente. Había comprendido.

Los dos jóvenes acababan de hacerse terciarios de la Orden Carmelitana. Sintieron la necesidad de unirse más estrechamente a la Madre de Dios, en cuyo nombre iban a marchar a un continente para ellos desconocido. Hubieran emprendido gustosamente su viaje el 16 de julio, festividad del Escapulario, día de la Abogada del Carmelo. Mas en esta fecha, desgraciadamente, ningún avión hacía el recorrido que ellos iban a efectuar, por lo que se vieron precisados a emprender el vuelo en la víspera, día 15 de julio.

El aparato hubiera debido despegar, normalmente, a las 23:3O; pero, por retraso, no había salido hasta después de las 12 de la noche y, por lo tanto, ya era el 16 de julio de 1953. El deseo de ambos jóvenes se había visto cumplido.

Esta fue la primera de las muchas gracias que les deparó su Madre Celestial.

* Seamus es el nombre familiar, irlandés, de Santiago y se pronuncia "Schemas"

 

¿Quién era Alfonso Lambe?




Cuando el 24 de junio de 1932 la mujer del humilde jornalero Lambe trajo al mundo, en la pequeña ciudad irlandesa de Tullamore, a su octavo hijo, nadie presagiaría un gran futuro al recién nacido.

La casa se hallaba situada en las afueras de la ciudad. La familia era estimada de todos cuantos la Conocían. En el hogar se respiraba aquella atmósfera de piedad cristiana que, todavía hoy, es fácil encontrar en Irlanda. Es una piedad que sabe corresponder, de manera muy sencilla y humilde, a todo requerimiento de Dios; nada tiene en sí de empalagosa o afectada.

Cuando el pequeño y pálido Alfie, que era un niño delicado, pero muy listo, supo leer, sus hermanos se reían de él porque, desde un principio, gustaba de recrearse con la lectura de libros piadosos.

Pero Alfie estaba muy lejos de ser un mojigato. Sus compañeros le encontraban siempre de broma. Se alegraba extraordinariamente cuando su padre lo llevaba a cazar liebres. Acompañado de su perro, que se distinguía más por su fidelidad y sagacidad, que por su genuinidad de raza, marchó por los campos de la llanura patria. El joven nunca dio indicio alguno de temor, pero tampoco podía soportar la violencia y brutalidad.

"Una vez le acompañé a un partido de fútbol", cuenta su hermano Jack. "Ante la puerta hubo una pelea y uno de los jugadores pegó a otro. Alfie casi se desmayó, pues decía que no podía aguantar que una persona golpeara a otra".

Cuando Alfie contaba 15 años, manifestó que deseaba ser Hermano de la Congregación "Irish Christian Brothers" (Hermanos Cristianos).

"Todavía no puedes saber lo que quieres. Aún eres demasiado joven".

"¡Ya lo creo que sé lo que digo!"

La familia intentó apartarlo de su propósito, pero él no cedió, consiguiendo al fin lo que quería.

Alfie era el benjamín de la casa y a su madre le resultaba extremadamente doloroso separarse de él. Los ojos de la buena mujer se hallaban humedecidos por las lágrimas cuando una mañana, con su hijo más pequeño, subió al tren que los llevaría a Dublín, la capital, en donde los Hermanos Cristianos tienen su noviciado. No iban con frecuencia a dicha ciudad, así que, por este motivo, ello constituía un verdadero acontecimiento.

El 8 de septiembre de 1948, fiesta de la Natividad de María, Alfie fue admitido, con un grupo de 49 compañeros, en el noviciado de los Hermanos Cristianos, tomando el nombre de H. Ignacio.

Allí era muy feliz. Llamaba la atención por su piedad, pero, sobre todo, por su amor a la Virgen. Un Hermano, de aquel tiempo, cuenta que Alfie mostraba una especial veneración por la Inmaculada. Organizaba prácticas piadosas en su honor y había fundado, entre los novicios, una asociación, cuyos miembros se obligaban a determinadas oraciones marianas.

En el noviciado Alfie oyó hablar, por primera vez, de la Legión de María, apostolado de seglares, que había surgido en Dublín hacía 25 años y que se extendía por todo el mundo con admirable rapidez.

Al año siguiente visitó la Escuela Normal de Santa María. Interesante es el testimonio de un compañero suyo de entonces "Mi primera impresión de él fue confusa. Era, en algunos aspectos, un joven singular, pero siempre completamente normal. En los juegos en común nunca destacaba y no era fuerte; el tiempo libre lo empleaba, la mayoría de las veces, en leer en el salón de estudios. Nuestro Maestro de Novicios le trataba con algo más de amabilidad y consideración que a los restantes; más tarde vimos que existía razón para ello. Alfie era tímido y discreto; hablaba poco y apenas tenía amistades. Las tres cosas que más me llamaron la atención en él fueron: Primera, era completamente diferente a los otros; distinto, en la manera de ser. En segundo lugar, conseguía que sus parientes y amigos le regalaran muchos libros, que trataban, sobre todo, acerca de la Virgen. Lo tercero, sufría en los momentos de debilidad, que siempre acaecían cuando menos se esperaban, y le prosternaban en un estado de total desfallecimiento".

Cierto día, cuando mantenía una disertación, experimentó Alfie uno de esos desmayos. Se consultó a un médico, pero éste no se mostró muy optimista. "Alfie Lambe no está enfermo", diagnosticó el doctor, "pero sí débil. Es de suponer que no podrá sobrellevar la vida rigurosa de la Congregación. En el caso de que la siga, entonces se tiene que contar con el continuo peligro de la tuberculosis pulmonar".

Parecía despiadado enviar a su casa al joven que tan feliz se sentía en la Congregación. Los Hermanos le insinuaron, prudentemente, que debía permanecer por algún tiempo al lado de su familia. Acaso se restableciera, pudiendo así retornar de nuevo y de manera definitiva a la Congregación.

Pero Alfie no se hacía ilusiones. Para él esto era el fin de sus sueños. Apenas podía sobreponerse a tan triste realidad.

"Estaba extremadamente deprimido", narra su hermano mayor Jack.

"No volvimos a ver alegre a nuestro Alfie. Para distraerlo, iba con él a pescar truchas, pero, cuando más entretenidos nos hallábamos, se escurría de pronto y regresaba a casa".

Esto era tanto más sorprendente cuanto que Alfie tenía por naturaleza un carácter muy alegre.

Debía pensar en una profesión, y de ahí que se colocara de oficinista en un molino de Tullamore. El que hasta el momento había vivido en una atmósfera cristiana, conocería el moderno "ambiente de trabajo". De los empleados oía puyas y bromas obscenas; y de los operarios expresiones bravuconas y blasfemias. Para el delicado joven constituía esto un verdadero martirio. Frecuentemente manifestó a sus hermanos que aquello apenas lo podía soportar.

Un día supo Alfie que existía en Tullamore un Praesidium
* de la Legión de María. Conoció el nombre de este apostolado cuando estuvo en Dublín. Ya que ejercía una profesión que no le agradaba, quiso, al menos, emplear el tiempo libre en hacer algo por la causa de Dios.

Alfie ingresó en la Legión de María. Pronto vio que se trataba de mucho más que de una asociación piadosa. Con su no común y sagaz inteligencia y sensibilidad, el joven, que ahora tenía 18 años, reconoció que aquí se le ofrecía una posibilidad de vivir, hasta sus últimas consecuencias, la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo (y estas últimas consecuencias significaban: salvación para los demás y santificación para sí mismo).

El trabajo ordinario del grupo de la Legión en Tullamore apenas discrepaba del de otros grupos parecidos: Visitas a casas de enfermos, propaganda de asociaciones y organismos parroquiales, apostolado de prensa, conferencias para católicos retraídos o tibios. La única particularidad era la de hacer intenso apostolado entre los gitanos que, frecuentemente, se detenían en Tullamore y a los cuales se les visitaba en sus propios carruajes. Todo este trabajo no era realizado al tuntún, Sino con ayuda de una buena organización, que ofrecía protección ante la inseguridad, los errores o las imprudencias del individuo. La comprensión metódica y clara de Alfie se sintió fuertemente atraída por este apostolado tan sistemático. Aún más, le agradó el espíritu con el que este trabajo se desarrollaba. Los Legionarios de María no sólo debían obrar movidos por una vaga y común filantropía, sino que también debían ver y amar a Cristo en los compañeros de la Legión y en aquellos por quienes se preocupan; y esto, con los ojos y con el corazón de María.

Alfie amaba a la Virgen. ¡Qué magnífica oportunidad se le presentaba de consagrarse a la Madre de Dios, mientras que Ella, mediante su legionario, pedía preocuparse, cariñosa y maternalmente, del Cristo viviente, místico, "total" (en expresión de san Agustín), como en otro tiempo se había preocupado de su Divino lujo en Nazaret!

Alfie descubrió, pues, en esto, un ideal no menos noble que el ideal de una Orden. Esta espiritualidad se apoyaba, principalmente, en la doctrina de "San Luis María Grignion de Montfort" sobre la mediación de María en su puesto fundamental de Madre del Cuerpo Místico de Cristo. A través de la Legión de María, Alfie llegó a conocer esta doctrina, que le abrió horizontes imprevistos.

La transformación en él fue admirable. La tristeza y la postración desaparecieron; la alegría y la acción resurgieron de nuevo. Y con toda el alma se entregó a trabajar en la Legión.

Tener 18 años es la edad mínima que se requiere para poder pertenecer a un Praesidium de adultos. Alfie Lambe contaba 18 años y doce días cuando ingresó en la Asociación.

No tardaron en advertir sus colegas legionarios lo que en él se encerraba, y pronto atrajo el aprecio y la estima de ellos. Cuando Alfie hizo su promesa legionaria (tres meses después de su entrada, según prescriben las Constituciones), ya había penetrado más a fondo en la esencia de esta Asociación que muchos otros que llevaban años en ella.

A su madre le había dicho: "Yo creo que puedo hacer en el mundo más bien que en una Orden".


*
Véase la explicación de los términos legionarios (p Ej.: Curia, Concilium, Tessera...)



Seamus Grace y sus equipos de propaganda




La Legión de María es el único apostolado actual de seglares que ha sido formado por seglares y se propaga, casi exclusivamente, por seglares. Es singular el entusiasmo que levanta en sus miembros. Estos se obligan, en un principio, sólo a la reunión semanal y a un trabajo mínimo de dos horas por semana. Pero pronto el apostolado se apodera de ellos de tal manera que, siempre y en todas partes, se hallan "en estado de alerta". Esta es también la finalidad propia de la Legión: Las dos horas de trabajo semanal activo son, en cierto modo, las horas de formación que luego se han de hacer notar en la vida cotidiana. Con el tiempo, los miembros experimentan el deseo de propagar el apostolado al que ellos mismos tanto deben.

Así comenzaron los legionarios, ya a principios de los años treinta, a dedicar sus fines de semana y sus vacaciones (o, por lo menos, una parte de éstas) a la propaganda en favor de la Legión de María. Iban de parroquia en parroquia (la mayoría de las veces en bicicleta) y difundían su apostolado.

El irlandés Frank Duff, que era genio y figura de la naciente Asociación, y que estableció las reglas de ésta en el llamado Manual, así como algunos de sus colaboradores más activos, viajaron a Inglaterra y Escocia y, más tarde, a Francia, Bélgica y Holanda, para conseguir el permiso de los obispos respectivos y poder introducir así el nuevo apostolado seglar.

En 1933, Mr. Oliver, rico americano católico, que se había enterado de los éxitos de la Legión de María, pidió que fuera enviado en seguida a los Estados Unidos un legionario experto con el fin de colaborar allí en la construcción de una casa para hombres desamparados, como ya se había hecho en Dublín hacia seis años. Se le contestó que el ocuparse en semejante construcción no dejaba de ser una de las muchas tareas de la Legión de María, pero que no era el verdadero fin de la misma, puesto que éste era el apostolado. Mr. Oliver respondió que, precisamente entonces, le interesaba aún más la Legión, por lo que efectivamente fue enviada una legionaria a los Estados Unidos. Pero ésta no podía permanecer allí por tiempo ilimitado y así, después de algunos meses, regresó nuevamente a Irlanda. Mr. Oliver quedó tan bien impresionado que manifestó que se hallaba dispuesto a cubrir los gastos de viaje de tres legionarios que instituyeran grupos de la Legión de María en todo el inmenso territorio. Estos tres legionarios, dos chicas y un chico, fueron los primeros enviados de la Legión", o sea, seglares enviados con la orden de fundar la Legión de María en un país determinado. Más tarde, el Concilium Legionis o Consejo Central de Dublín, mandarían enviados
* de esa clase a distintas naciones. El más conocido de ellos fue Edel Quinn *, la cual, a pesar de su delicada salud, propagó la Legión de María en el Este de África y, en 1944, sucumbió víctima de sus fatigas apostólicas en Nairobi; el proceso informativo de su beatificación fue introducido 12 años después de su muerte.

En 1950 ya había conseguido la Legión una admirable propagación en Dublín y en sus alrededores, así como en las ciudades más grandes de Irlanda. También se introdujo en las aldeas, pero las dificultades fueron aquí más numerosas. Se alegaba constantemente que la Legión de María no era necesaria en el país: que allí casi todos iban a la iglesia y que se conocían demasiado bien unos a otros.

Seamus Grace tenía sólo algunos años más que Alfie Lambe; sin embargo, aquél había pertenecido a la Legión de María desde los albores de la juventud y conocía a fondo su sistema. Su capacitación y eficiencia fueron sorprendentes y así, ya en su edad juvenil, llego a ser Presidente de una de las Curiae, de la ciudad de Dublín.

En 1950, durante las vacaciones de verano, se decidió Seamus a difundir la Legión de María en las comarcas rurales distantes. La idea de pasar las vacaciones de esta forma no era nueva. Pero Seamus se propuso llevar consigo en este viaje a sólo legionarios hombres, siendo su mira principal el fundar Praesidia masculinos. Formó un equipo de cuatro legionarios.

El párroco, P. Ryan, sacerdote entusiasta de la Legión de María, puso su coche a disposición del pequeño grupo, ofreciéndose incluso él mismo como conductor. Visitaron el condado de Donegal. Para el párroco, P. Ryan, eran éstas las vacaciones de su infatigable labor al servicio de las almas, pero no titubeó en pasarlas con igual esforzado empeño en pro de la Legión de María.

"Aún hoy me sonrojo, cuando pienso en lo que hicimos de sus vacaciones", escribió Seamus Grace más tarde. El P. Ryan era ciertamente el hombre para salir al paso de cualquier prevención frente a los grupos rurales de la Legión. En su parroquia de Scariff (condado de Clare), aldea de 1129 almas, tenía ocho Praesidia, cuatro para adultos y cuatro juveniles, con un total de 120 miembros activos. Manifestó asimismo que, si llegaba a reunir más miembros, podría dar a cada uno suficiente trabajo. Seamus Grace era efectivamente de Dublín, pero uno de sus colegas legionarios procedía de una villa y otro de una aldea.

Dos semanas duró el recorrido. Fue agobiador. Los legionarios no sólo visitaban a un obispo y a una serie de párrocos, sino que también hablaban a muchos seglares: a los hombres en el campo, a las familias en sus casas. En la católica Irlanda se podía hacer esto sin temor a que, por ventura, no fuese católico el oyente.

Cuando se lograba una fundación, los legionarios permanecían en el lugar donde había sido realizada más tiempo del hasta entonces acostumbrado; a los legionarios recién alistados los introducían en el trabajo y los acompañaban en las visitas a domicilio.

El éxito fue arrollador. Se constituyeron varios nuevos grupos. Medio año más tarde éstos pudieron ser reconcentrados en una Curia, que tenía su sede en West-Raphoe, condado de Donegal.

Para más de uno hubiera sido esto el fin de la empresa y se hubiera quedado satisfecho de brazos cruzados. Pero Seamus Grace era un hombre que no se contentaba tan fácilmente.

¿No sería este éxito un aviso? ¡Cuántas comarcas rurales de Irlanda no tenían todavía la Legión de María! Aún más; ¡cuántos Praesidia se hallaban en lugares distantes y apartados, privados del gran influjo vital de la Legión y no pudiendo ser atendidos debidamente!

Una golondrina no hace verano. Uno solo poco consigue. Quien desea obtener buenos resultados, en el tiempo actual, debe activar y organizar.

Seamus Grace supo entusiasmar con sus ideas al personal del Concilium, y éste le encomendó la organización de la campana propagandística en las vacaciones".

Durante todo el año se dedicó a buscar legionarios dispuestos, que quisieran consagrar diez días de vacaciones a la Legión de María.

En el verano de 1951 instituyó diez equipos, formados por tres legionarios cada uno; estos equipos disponían de coche. Se comenzó con un día de permanencia en Dublín; a la mañana siguiente tuvo lugar, después de una Misa general, el "envío de los misioneros". Cada equipo estuvo ausente durante diez días y cubrió, por término medio, un recorrido de 1600 Km. Se crearon veinte nuevos Praesidia y se hicieron las oportunas gestiones para otras muchas fundaciones.

Un año más tarde, Seamus contaba con cien legionarios, que fueron repartidos en treinta equipos; casi la mitad se hallaban motorizados; los demás hacían los viajes en bicicleta. La restricción a sólo legionarios hombres hubo de ser pronto abandonada. Chicas y mujeres querían prestar su colaboración, y Seamus se sirvió de ellas gustosamente.

Hoy día, el sistema de los equipos de propaganda es practicado con gran éxito en todo el mundo. Seamus Grace les había dado una fuerza decisiva.


*
Advertencia de la Editorial Kanisius: Uno de estos enviados era también la señorita Hilde Firtel, autora del presente libro. Ha sido enviada para Alemania y Suiza.

* V
éanse las biografías aparecidas: Edel Mary Quinn, una heroína del apostolado seglar, Suenens. Desclée-Verbo Divino, 3ª. Ed. 344., Págs., y
Edel Quinn, Frank Duff. Verbo Divino. 2ª. Ed. 32 Págs.


El aprendiz de legionario





Alfie tuvo suerte al ingresar en la Legión de María.
El Praesidium de Tullamore no sólo era muy activo y emprendedor; también contaba con un magnífico miembro de Dublín: Tom Cowley, veterano de la Legión. Era un hombre como de granito, que unía la más extremada sobriedad y objetividad con un gran celo apostólico. Tom Cowley vivía, transitoriamente, en las cercanías de Tullamore y tomaba parte, por eso, en el trabajo del grupo de la Legión allí establecido.

Tomó al novicio bajo su cuidado y lo inició en el trabajo. En la Legión de María las visitas domiciliarias deben ser siempre realizadas conjuntamente por dos miembros, y Tom Cowley se valió de esa oportunidad para acompañar a Alfie.

Así pues, ambos salieron juntos: el joven de 18 años y el hombre maduro, que hubiera podido ser su padre. Es hermoso ver en la Legión de María que jóvenes y ancianos, pobres y ricos, hombres y mujeres, negros y blancos trabajan íntimamente unidos. La unión en María y en Cristo no tiene presentes las diferencias de raza, estado y sexo.

Alfie había creído que Tom Cowley se encargaría de hablar en las visitas que iban a efectuar, pero no fue así. Llegados a la primera casa, Tom tocó el timbre, mas no pronunció ni la más mínima palabra, viéndose entonces Alfie precisado a comenzar, bien o mal, la conversación. La mujer del piso estaba sola y manifestó que su marido trabajaba en Inglaterra y que le mandaba el sueldo semanalmente, cosa muy frecuente en Irlanda.

El diálogo resultó muy ameno, pero Alfie quedó tan perplejo, que, cuando, en una segunda ocasión, otra vez una mujer abrió la puerta, él miró a Tom en demanda de ayuda, pero éste se encerró en su silencio y Alfie balbuceó desorientado:
"¿Vive todavía su marido con Ud.?"

Cuando el Praesidium celebró su próxima reunión, en la que había que informar obligatoriamente de trabajo realizado, a todos hizo gracia cuando, sonrojado, habló de su falta.

Pronto, sin embargo, fue el joven un maestro en la técnica de las visitas domiciliarias. Con una sonrisa o una frase simpática, sabía cómo entrar, rápidamente, en contacto con la gente.

Tom Cowley no era sólo un diestro legionario, sino también un gran conocedor de las almas y, por eso, no tardó en descubrir las magnificas dotes de Alfie. Un día que Tom estaba en Dublín, se encontró con Seamus Grace, que se dedicaba precisamente a formar equipos para su segunda campaña de propaganda.

"Yo sé de un buen muchacho para ti", dijo Tom. "Un estupendo legionario. Te alegrarás cuando lo conozcas. Yo ya le he hablado y él está dispuesto a colaborar".
"¿Crees tú que se le podría nombrar jefe de grupo?"
"¡Ya lo creo que sí!"

Cada uno de estos equipos de tres o cuatro legionarios actuaba bajo las órdenes de un jefe responsable, que daba las oportunas normas y elegía colaboradores para una tarea determinada. Alfie fue, pues, nombrado jefe de grupo.

Pocos días antes de comenzar esa actuación de propaganda, Seamus Grace se hallaba sentado en el despacho del Concilium (la Central de la Legión en Dublín). De pronto, se abrió la puerta y entró un joven. Llevaba un sombrero verde, adornado graciosamente por una pequeña pluma, y, tras sus lentes de montura color castaño, aparecían unos azules y candorosos ojos. La primera impresión fue de atrayente alegría y cordialidad.

"Buenos días. Yo soy Alfie Lambe", dijo el joven. Seamus quedó sorprendido. ¿Era ese Alfie, el mismo al que había elegido para jefe de grupo?
"¿Qué edad tiene Ud.?"
"Dieciocho años.

Era demasiado joven. ¡No, no se le podía confiar tal cargo!

Seamus hizo a última hora algunos cambios. Como jefe de grupo nombró a otro en lugar de Alfie; al joven de Tullamore lo destinó al grupo que él mismo presidía.

También en esta ocasión el párroco, P. Ryan, se ofreció juntamente con su coche. Al grupo pertenecían, además, otros dos jóvenes. Durante más de medio mes el pequeño grupo trabajó incansablemente en el obispado de Killala.

Alfie dio pronto muestras de sus buenas cualidades. Poseía en alto grado la virtud de entusiasmar a los demás. Sólo quien es fervoroso puede enfervorizar a los otros, y Alfie ardía en llamas de fervor. Tenía, además, un talento especial que asombraba a cuantos le conocían. El éxito tenía que ser, pues, arrollador.

Al verano siguiente, Alfie había adquirido tanta experiencia, que Seamus pudo nombrarle jefe de grupo. Alfie contaba 19 años y se le confiaron, naturalmente, compañeros jóvenes. Ninguno de los cuatro camaradas tenía más de 20 años. El campo de acción fue, esta vez, el obispado de Lismore. Alfie demostró sus magníficas cualidades como organizador y el grupo se portó maravillosamente.

Un pequeño incidente ocurrió en este viaje. Ya por salir la gasolina o la comida más caras de lo previsto, ya por la escasa importancia que los jóvenes legionarios, dado su idealismo, daban al aspecto material, resultó que les faltaba dinero. Se calculaba: tantas comidas, tantas noches fuera de casa... Hasta los más inexpertos en cuestiones monetarias no podían menos de darse cuenta de que aquel dinero que llevaban no era suficiente. ¿Qué hacer? ¿Telegrafiar a Dublín? Esto sería bochornoso. Los legionarios se dirigieron entonces a Alfie, pues para eso era él jefe de grupo.

"¿Qué debemos hacer?"
"Muy sencillo: Dormir en el coche los cuatro días que aún nos quedan".

Prueba inequívoca del espíritu que animaba al grupo fue que todos asintieron. Todos consideraron natural semejante proposición.

Hacía tiempo que Alfie deseaba ir a Dublín. Allí había cientos de Praesidia, especializados en cada una de las actividades del apostolado; allí había también diecisiete Curiae, y Presidente de una de ellas era Seamus, al que Alfie amaba y admiraba como podían otros jóvenes amar y admirar a un divo del fútbol. Además, estaba en Dublín el Consejo Central, el cual dirigía la Legión de María en todo el mundo. ¡Cuánto se podría aprender allí!

Cuando la empresa en la que trabajaba Alfie tuvo que dejar cesante un parte del personal, a causa de la mala marcha de los negocios, y nuestro joven fue despedido, él consideró esto como algo providencial.

Se trasladó a Dublín. Era muy feliz.



¡Primero, la prueba!




Diariamente pensaba Alfie que en la Legión de María había encontrado su verdadera vocación. De esto a la fase siguiente Sólo había un paso. Alfie nunca hacía las cosas a medias.

"Hace tiempo vengo pidiendo a Dios que me ilumine", escribió a Frank Duff, "y creo que éste es el momento de ponerme al servicio del Concilium y de trabajar a las órdenes del mismo; ahora estoy libre; por eso, me apresuro a presentar este ofrecimiento. Por mí mismo nada puedo hacer, pero, tanto en las tareas habituales de la Legión, como en el trabajo de propaganda, yo sé que todo lo puedo, si Cristo me envía.

La labor de propaganda, realizada durante el verano, había hecho necesaria una infinidad de actividades complementarias. También se subrayó la conveniencia de atender mejor a los grupos de la Legión más distantes, pues sucedía a menudo que éstos interpretaban a su arbitrio las disposiciones de la Legión o las modificaban totalmente; por lo que se pensó en Alfie para poner el oportuno remedio.

Preocupación constante del Concilium era encontrar a legionarios idóneos para la función de enviado de la Legión y Alfie era, sin duda, el que mejores condiciones reunía para ello; pero, a un joven de 19 años y que pertenecía a la Legión desde hacía sólo doce meses, no se le podía confiar tal misión. Primero, debía capacitarse convenientemente, lo cual se conseguiría mediante una buena preparación. Naturalmente nunca dijeron a Alfie los proyectos que sobre él se hacían.

Todas las semanas Alfie debía informar por escrito de su trabajo a Seamus Grace y éste le debía orientar y aconsejar en todas las cosas.

Nada más grato para Alfie. Dependía de su amigo con afectuosa admiración. "¡Si yo fuera como Seamus!..., se lee en alguna de sus cartas.

No era, pues, de extrañar que los escritos semanales de Alfie a su consejero rara vez se limitaran a los meros hechos, para constituir, más bien, mensajes de lo más escondido de su corazón.

Quien se lamenta de la "superficialidad de la juventud de hoy", debía leer alguna vez esta correspondencia epistolar entre un joven de 19 años y un amigo de poca más edad; habría para llenar casi un libro. Citaremos algunos párrafos.

"Estoy más convencido que nunca: Los que viven la Legión viven con más devoción la vida de la Virgen; y cuanto más uno se entrega a la Legión, tanto más se entrega a María".

"Vivir la Legión", expresión que se encuentra con frecuencia en las cartas de Alfie, significa para él no sólo practicar exteriormente las reglas de la Legión, sino realizar, en sí, su espíritu. Esto, empero, no se logra sin lucha. Alfie no nació santo.

"¡Cuán lejos me hallo de lo que, en su "perfecta devoción a María", llama San Luis María Grignion de Montfort "vivo retrato de la Virgen!" Si María es alabada, ella alaba a Dios; cuanto más se la enaltece, tanto más se humilla. La oruga, sobre la hoja de la col, se asemeja mucho, mucho más, a la regia mariposa, que yo a la Madre de Dios. Orgullo y respeto humano impregna, de tal forma, cuanto digo y hago, que, varias veces, he intentado abandonarlo todo para no insultar más a María. Yo sé, sin embargo, que mi retirada de nada aprovecharía a las almas; por eso, he de esforzarme para que el reinado de María se realice; sí, para que María reine en todos los corazones. Debemos rezar mucho y pedir también a otros que recen para que María impere, como Reina, en nuestro propio corazón".

En otra carta declara: "Soy ciertamente muy débil, pero sé que la Madre de Dios protege a los hombres débiles para demostrar su poder. Me he acostumbrado, desde hace algún tiempo, a repetir diariamente, al fin de la Misa, la promesa legionaria. Cada línea de ella es de pleno consuelo para los hombres débiles".

Hemos trascrito estos fragmentos de cartas al principio de nuestra obra para destacar el espíritu que animaba a Alfie en sus acciones.

Pero no olvidemos que estas confidencias fueron hechas a su amigo más íntimo. Solamente en algunas ocasiones levantó Alfie el velo de su interior. Años más tarde, no hará ya, en sus cartas, semejantes manifestaciones.

En su trabajo convencía más por sus obras que por sus palabras. El éxito de sus viajes, según se desprende de los informes que mandaba a Seamus, superó todas las esperanzas. Conquistaba a los hombres por el brío de su entusiasmo, no arredrándose ante sacrificio alguno.

Cierta vez visitó a un párroco en una remota aldea, distante unos 15 Kms. de Killarney, al SO. de Irlanda, en donde Alfie permanecía algún tiempo. El párroco le manifestó lacónicamente que él no deseaba la Legión en su feligresía.

"¿Puedo visitarle de nuevo mañana?", preguntó Alfie.
"No hay inconveniente. Pero me parece que no conseguirá Ud. nada."

Alfie montó en su bicicleta y volvió a recorrer los 15 Kms. hacia Killarney. Llovía a cántaros.

A la mañana siguiente estaba nuevamente ante la puerta de la casa parroquial.

"Entre Ud.", le dijo el párroco. El día anterior había despedido a Alfie en la misma puerta.

El sacerdote le ofreció asiento. "He cambiado de opinión", afirmó.

Alfie le miró como interrogándole.

"Ud. se acercó ayer aquí con humedad y barro, y luego regresó a Killarney, distante 15 Kms., en medio de un chaparrón. Hoy se digna estar otra vez aquí. Los comunistas trabajan solícitamente, pero Uds. no lo hacen menos. He pensado en esto durante la noche, y me he decidido a fundar dos Praesidia en mi parroquia.

Alfie se lo comunicó a su amigo, y añadía: "Ojalá que todo chubasco produjera semejantes rosas para la Virgen".

Era diplomático de nacimiento. Siempre supo tratar a los hombres.

La propaganda en favor de la Legión y la formación de nuevos grupos no eran para él precisamente las tareas más difíciles. Era mucho más difícil velar por aquellos Praesidia que se tomaban ciertas libertades frente a la Regla. Alfie no sólo era muy joven en años; también llevaba poco tiempo en la Legión. Las personas a las que debía orientar eran, con frecuencia, mayores que él, y pertenecían a la expresada Asociación desde hacía mucho más tiempo. ¿Permitirían que les diera lecciones semejante bisoño?

Cierto día, fue enviado a un grupo, dirigido por algunas señoritas de cierta edad, que se negaban a dejar su cargo; ningún hombre más joven que ellas podía imponérseles. La Regla de la Legión prescribe que nadie puede estar en un puesto más de seis años. Después de tres años, se hace una nueva elección: pero se permite prorrogar la permanencia en el cargo por tres años más. Pasados seis años, debe de haber, forzosamente, un cambio.

Aquellas legionarias habían menospreciado esta prudente regla, so pretexto de que no había personas jóvenes capaces. Cuando oyeron decir que iría a visitarlas un joven legionario de Dublín, comenzaron en seguida a intrigar contra él.

"Dublín nos manda un inspector", cuchichearon. "¿Qué saben los de la ciudad de las cosas del campo? ¡Nada absolutamente! Sin embargo, ¡quieren gobernarnos!"

Sus intrigas fueron eficaces. Cuando Alfie se presentó, le recibieron con un silencio seco.

La reunión siguió su curso. Alfie, sin decir nada, enumeró, con los dedos, las faltas que habían sido cometidas por las legionarias. No fue suficiente una mano y, después tampoco la otra. Cuando la junta tocó a su fin, había contado hasta quince faltas.

"¿Desea decirnos algo nuestro visitante de Dublín?", le dijeron fríamente las legionarias, después de rezar la oración final. Alfie se puso alerta al tono de la palabra "Dublín". Al instante comprendió la situación.

"Sí, con mucho gusto", contestó. "Ante todo, quisiera explicar un mal entendido: Yo no soy de Dublín".

Las legionarias quedaron estupefactas, pero Alfie no les dio tiempo para que le interrumpieran.

"El Concilium nunca les enviaría a un legionario que es de una capital y que no conoce a los Praesidia del campo. Yo soy de una aldea y conozco, por eso, a la perfección, las dificultades y problemas de un Praesidium rural".

El hielo se había derretido. Se trabó una conversación que, cada vez, se hizo más amena. Después de media hora, las legionarias ¡expresaron su conformidad!

Inmediatamente fueron destinados a ocupar sus puestos algunos jóvenes legionarios. Alfie les dijo como habían de obrar y se aseguró de que no cometerían las faltas de sus predecesoras. Sucedió todo tan rápido, que las anteriores casi no se dieron cuenta de lo que había pasado.

EI párroco, que en un principio se había mostrado con desconfianza, tomó aparte a Alfie y le dijo: "Estoy convencido de que a Ud. sólo le mueve el deseo de ayudarnos. Nos gustaría que viniera a vernos más a menudo; haremos cuanto Ud. nos diga.

Con frecuencia se le preguntaba a Alfie a qué era debido su idealismo, y él contestaba seriamente: "Nosotros los legionarios hacemos todo para servir maternalmente al Cuerpo Místico de Cristo".

Era una vida esforzada, pero feliz. Todas las semanas Alfie informaba, con verdadera alegría, al amigo de Dublín, el cual sabía aconsejarle y dirigirle magníficamente.

Pero, un día, esta felicidad se nubló. De Dublín llegó la noticia de que Seamus Grace se había ofrecido al Concilium como enviado. Trabajar durante las vacaciones le parecía poco. Poseía amplios conocimientos del español y había hecho, incluso, un viaje a España. Por tal motivo, fue destinado a Sudamérica, para donde tenía que partir dentro de pocos meses.

Estaba Alfie como si le hubieran arrancado el alma. No podía vivir sin su amigo.



Un sueño convertido en realidad




Seamus Grace se preparaba solícitamente para su gran misión. Siempre que era posible, hablaba con amigos que podían ayudarle. De este modo, John Murray, que había estado en los Estados Unidos más de doce años como enviado, de la Legión y había visitado a Méjico y dominaba bien el español, puedo dar a su joven colega valiosos consejos. Pero, principalmente, se relacionó éste con Frank Duff, que había sido, desde un principio, el alma de la Legión de María, y conocía perfectamente su espíritu. Asimismo poseía un conocimiento admirable de la situación de la Iglesia Católica en los distintos países del mundo. En aquel entonces, había sido elegido de nuevo Presidente del Concilium. Según estaba ordenado en la Legión, era preciso que transcurriera, después de los seis años de ocupación del cargo, un espacio de tres, por lo menos, para poder desempeñar nuevamente el puesto de Presidente.

Cierto día, salía Seamus con el Sr. Duff de una junta de la Curia, de la que aquél era Presidente. Por el camino le preguntó el Sr. Duff:
"Seamus, ¿llevarías contigo a Alfie a América?" Sorprendido y feliz, Seamus asintió sin titubeos.

"Es aún muy joven. Debe primeramente trabajar contigo un año. Luego, podrá, quizá, trabajar independientemente".

El 11 de febrero, festividad de la Virgen de Lourdes, recibió Alfie carta de Seamus. Dos días más tarde contestaba:
"No necesito decir que soy indigno y completamente inepto para realizar semejante labor. A pesar de ello, deseo fervientemente poder llevarla a cabo, pues sé que Dios será honrado por medio de mis esfuerzos".

¿Cómo le sentaría esta noticia a la madre de Alfie?

Para ella Alfie era él predilecto: también él profesaba a su madre un gran cariño. Desde que el padre había muerto, los dos se hallaban íntimamente unidos. Cuando Alfie iba a Dublín, su madre accedía de buena o mala gana; pero, ¿cómo consentir ahora un viaje semejante?

Sin embargo, la sencilla mujer de Tullamore nunca resistía a la gracia. "Mi madre ha contestado a la carta en la que yo le notificaba mi partida. Dice que no es de su agrado el que me marche tan lejos, pero que debo hacerlo, pues es evidente que así lo quiere la Virgen, y los deseos de la Madre de Dios deben siempre ocupar el primer lugar".

En la reunión del Concilium Legionis de abril de 1953, Seamus y Alfie fueron nombrados oficialmente enviados de la Legión de María.

Afortunadamente se dispuso que, en los meses siguientes, vinieran, desde Iberoamérica a Dublín, dos celosos sacerdotes de la Legión. En mayo llegó el P. Félix Mujica, Fundador y Director Espiritual de la Legión en Caracas (Venezuela). Estaba ilusionado por poder saludar pronto, en su país, a un legionario. Ambos jóvenes le fueron presentados.

"¿A cuál de los dos escogería Ud. como enviado?", le preguntó el Sr. Duff medio en guasa.

"A Grace", repuso el Padre Mujica, sin un momento de reflexión.
"¿Y por qué no a Lambe?"
"En Venezuela hay muchos tigres. Si llegaran a ver a un cordero, lo devorarían al instante".

Esto lo dijo porque el nombre de Lambe significa "Cordero". Mucho se bromearía aún acerca del apellido de Alfie.

Un mes más tarde llegó el P. Jiménez, Provincial de los Padres Montfortianos de Colombia y fundador, allí, de la Legión de María. Ambos sacerdotes se quedaron varias semanas en Dublín. Ellos pudieron dar a los dos futuros enviados muchos consejos útiles y proporcionarles la ocasión de poder ejercitarse en el idioma español.

Así llegó, más pronto de lo que se creía, el 15 de julio. Por la mañana, nuestros dos viajeros, con sus parientes y amigos, así como algunos legionarios de la Junta Directiva del Concilium, abandonaron Dublín en tres coches.

Al mediodía, se descansó en la célebre abadía cisterciense de Roscrea. El abad, antiguo amigo de la Legión de María, bendijo a los dos enviados. Después de comer, se continuó hacia Limerick. La pequeña caravana se había aumentado con cuatro coches más.

En Limerick, que no estaba lejos del aeródromo de Shannon, habían preparado los legionarios de dicha ciudad un entusiasta recibimiento. Fueron ofrecidos refrescos y se pronunciaron discursos. Hacia las diez de la noche se emprendió el camino al aeropuerto. Ahora eran ya doce coches: una vistosa caravana.

Sin embargo, esto no era nada en comparación con la multitud de legionarios venidos de todas las partes de la nación, que esperaban en el aeropuerto. Todos, conocidos o desconocidos, querían estrechar la mano a los dos legionarios que se iban, desearles todo bien y prometer les la ayuda de sus oraciones. Entre los conocidos más apreciados se hallaba el párroco. P. Ryan. el cual había acompañado a Seamus en aquel viaje de vacaciones.

"¿Lo recuerdas aún, Seamus? ¡Quién lo hubiera pensado entonces!"

Ahora todo esto había ya pasado. Los pensamientos de los jóvenes se anticipaban al vuelo del avión. ¿Qué les traería el futuro?

El día había sido fatigoso y los dos se quedaron dormidos en seguida. Fue una noche larga, pues el avión salía rumbo a occidente; por la mañana aterrizaron en New York.

Al pisar por vez primera el Nuevo Mundo. les invadió una emoción especial. Varios legionarios de la ciudad habían acudido al aeropuerto para saludar a los dos enviados.

Una semana permanecieron éstos en New York, en donde fueron llevados de una reunión a otra; todos los legionarios querían conocerlos. Asimismo, visitaron las casas de todas las Ordenes Religiosas que tenían centros afiliados en Sudamérica. Todos les dieron cartas de recomendación. Habían recibido también una del Cardenal D'Alton. Arzobispo de Armagh y Primado de Irlanda, para que se pudieran presentar a los obispos iberoamericanos.

Nueva York era interesante y excitante. pero Seamus y Alfie se sentían atraídos hacia su propio campo de apostolado. Estaban contentos cuando, una semana más tarde, tomaron el avión para Bogotá, capital de Colombia.



La mies es mucha, pero. . .




Cuando el aparato aterrizó en el aeropuerto de Bogotá, les esperaba un grupo, sólo un poco más pequeño, que aquél que había acudido a despedirlos, en Shannon. Cuando los dos legionarios descendieron de la escalerilla, pudieron escuchar el himno entusiasta:

"¿Quién es ésta que va subiendo cual aurora naciente?" Era otra vez la Catena Legionis o cadena de la Legión, la misma oración que les había despedido en Irlanda y que ahora les acogía en el país de su destino.

Entre los legionarios que esperaban se alzaba la figura del P. Jiménez, quien, como se recordará, había estado en Dublín hacía muy poco tiempo. Esto hizo que hubiera un cordial saludo y un apretón de manos.

Los dos enviados, sin embargo, no se dirigieron en seguida a la ciudad. ya que aguardaban la llegada inmediata de otro avión, procedente de Lima, capital del Perú. En él venía una menuda y briosa chica que ardía en expectación: era Joaquina Lucas, hasta entonces la única enviada de la Legión en aquel inmenso continente.

Joaquina era oriunda de Manila, capital de Filipinas y, aun siendo muy joven, ya ejercía una cátedra en la Universidad de aquella capital. Juntamente con su amiga, la joven abogado Pacita Santos, se había
hecho miembro de la Legión de María, cuya institución fue llevada a cabo en Manila por un sacerdote español, poco antes de estallar la segunda guerra mundial.

Las dos celosas y capacitadas muchachas ocuparon pronto cargos directivos de la Legión. Cuando los japoneses se apoderaron de Filipinas, prohibieron la Legión de María; a pesar de lo cual, siguió floreciendo en secreto, e incluso llegó a extenderse fuera de Manila.

Después de la guerra se descubrió que los Praesidia habían aumentado de ocho a ciento veinte, y luego, la Legión había crecido con gran rapidez. En lo sucesivo surgía, por término medio, un grupo cada día; hoy cuentan las Filipinas con más de seis mil Praesidia.

Pero ya en el año 1947 se decidió Joaquina Lucas a ofrecer sus servicios al Concilium Legionis. Alegremente abandonó su puesto en la Universidad. Todavía le vivía su anciano padre, del cual cuidaba. ¿Debía dejarlo solo? Este pensamiento le hacía titubear: pero su amiga Pacita resolvió la situación, llevándose consigo al padre de Joaquina.

Esta fue inmediatamente destinada a Méjico, en donde John Murray, enviado con anterioridad a los Estados Unidos, tenía ya preparado el terreno. Pero Joaquina debía esperar todo un año para conseguir el visado mejicano; (la guerra acababa de terminar y existían todavía una serie de dificultades en los viajes). El tiempo de espera lo pasó en Colombia, en donde, con ayuda del P. Jiménez, formó los primeros grupos de la Legión.

Casi todos los países de Iberoamérica comenzaron pronto a pedir un enviado. Joaquina viajó sucesivamente a Colombia, Méjico, Chile, Argentina y Perú.
La enjuta y pequeña mujer desplegó una actividad pasmosa.

Últimamente había permanecido en Perú y allí había creado unos 100 Praesidia.

Joaquina era la primera enviada que nunca había estado en Dublín. Por eso, constituía para ella un verdadero acontecimiento el encontrarse con gente del "Cuartel General".

En cambio, ella era de gran ayuda a los dos jóvenes.

Los tres enviados comenzaron en seguida una actividad febril. Tanto el Arzobispo de Bogotá, como el Nuncio de Su Santidad en esta capital, los recibieron en audiencia. Todos los días los enviados asistían a las juntas de la Legión.

Un día, los tres enviados tuvieron una importante deliberación. ¿Hasta qué punto estaba difundida la Legión en Sudamérica?

Joaquina había fundado en Colombia doscientos cincuenta Praesidia, repartidos en 18 diócesis. En el Perú, había en cinco obispados. En la Argentina, sólo dos diócesis habían abierto sus puertas a la Legión; en Chile, tres; el número de los grupos, en estas dos naciones, no era muy elevado. El inmenso Brasil, casi tan grande como Europa, tenía algunos grupos esparcidos y ninguna Curia. En este país, nunca había estado un enviado, como tampoco en Venezuela, en cuya capital, Caracas, existía, en cambio, una Curia muy activa. Bolivia, Ecuador, las Guyanas: Holandesa, Británica y Francesa; Paraguay, Uruguay y las pequeñas Repúblicas de América Central (con excepción de Panamá) no contaban todavía con ningún Praesidium.

Por falta de clero, gran parte de la población católica de estas naciones estaba muy abandonada. La ignorancia en asuntos religiosos era enorme; y de ahí que el pueblo llegara fácilmente a ser atraído, o por los pastores protestantes, que venían en gran número de aquende los Estados Unidos, o por los comunistas, que trabajaban incansablemente en sus planes. El Brasil, particularmente, estaba abocado a este peligro. Era, empero, evidente que la Legión era capaz de frenar el distanciamiento de la Iglesia, de descubrir manantiales ocultos de energía religiosa y de rodear, con una pléyade de celosos laicos, a sacerdotes y religiosos.

Nuestros tres enviados se enfrentaron con todo interés a los problemas de orden espiritual en cada uno de los países de Sudamérica y se repartieron el continente entre sí. A Joaquina le correspondió el Brasil, lo que fue debido a consideraciones lingüísticas. Para Seamus no hubiera sido aconsejable (y para Alfie mucho menos todavía) confundir sus defectuosos conocimientos de español con un portugués asimismo imperfecto.

Para Joaquina, en cambio, el español era su segunda lengua madre (la primera era el tagalog, idioma aborigen de Filipinas), y no sería difícil para ella aprender el portugués, tan parecido al español.

Seamus Grace se encargó del norte del continente, con Venezuela y Colombia, y de las Repúblicas de América Central. El campo de acción de Alfie sería el sur del continente: La Argentina, Chile, Paraguay y Bolivia.

Pero esto estaba aún por venir. Alfie debía dedicarse, ante todo, a perfeccionar su español. Cuando iba con Seamus a visitar a los sacerdotes o a los grupos de la Legión, dejaba hablar casi siempre a su amigo y él se conformaba con escuchar.

La lengua española tenía para Alfie sus intríngulis.
En la escritura le parecían las palabras completamente distintas a como se pronunciaban. Podía captar bastante bien el sentido de una noticia de periódico, pero no le resultaba tan fácil entender una conversación, puesto que los sudamericanos hablaban tan a prisa, que le daba vértigo escucharlos.

Era obvio que aún no se le podía dejar trabajar solo.



La acción en Colombia




Este gran país tropical se halla situado en el ángulo NO. de América del Sur, entre el Pacífico y el Mar Caribe. En las zonas bajas del norte y oeste de la nación, en donde se planta caña de azúcar, cacao, arroz y plátanos, pero en donde hay inmensas selvas vírgenes, el clima es tórrido y malsano.

El oeste del país es montañoso; allí se levantan picos de hasta 5000 metros de altura. En algunos se asientan volcanes activos. Entre los 1000 y 2000 metros de altura se experimenta una temperatura saludable y no tan calurosa. Existen aquí extensos bosques montañosos y se cosecha café y maíz. A 2000 metros comienza la zona templada, en la que se produce trigo, cebada y patatas. La nieve se encuentra a 4500 metros.

Bogotá, la capital, está a más de 2611 metros de altitud y tiene alrededor de 1.188.000 habitantes.

Alfie se interesó vivamente por todo lo nuevo. Siempre tenía sus ojos muy abiertos. Las altas palmeras y los frondosos bejucos, las maravillosas y multicolores orquídeas y las grotescas formas de los cactos, vegetación tan distinta a la de su escabrosa patria, le parecían provenir de un país de hadas. En sus cartas hablaba entusiasmado del mundo admirable que le rodeaba. Nada había demasiado pequeño o insignificante que no lo describiera lleno de amor.

"Algunos mosquitos se han familiarizado con nosotros", escribió en un principio. "Me gustaría atrapar a uno para examinarlo minuciosamente, pero no lo consigo".

Puesto que Seamus era ya enviado, el Sr. Duff se encargó de la correspondencia con Alfie. Se había dispuesto que Seamus trabajara solo en las ciudades más grandes de Colombia y que Alfie permaneciera con Joaquina. De ella especialmente pudo aprender más español que de su amigo.

Era una de esas relaciones amistosas, tan frecuentes en la Legión, entre personas al parecer completamente dispares. La académica de Filipinas (que por su edad podía ser madre de Alfie) y el joven campesino de Irlanda no tenían más en común que su entusiasmo por la Legión de María; pero, precisamente por eso, tenían mucho que darse mutuamente. La desigual pareja recorrió el país, fundó, nuevos Praesidia y dos Curiae y participó de las mismas alegrías y sufrimientos.

Alfie escribió a Irlanda diciendo que consideraba su encuentro con Joaquina como lo más hermoso que le podía haber acontecido en el comienzo de su vida como enviado. Que la maternal colega le cosiera los botones o le remendara los calcetines, era un motivo más para apreciarla.

Joaquina, cuyo rasgo más característico era el de ser extraordinariamente jovial, relató por su parte los viajes y aventuras pasados en común. Una vez, por ejemplo, les acometió una plaga de mosquitos. "El pobre chico ha sangrado tanto", escribió Joaquina al Concilium, "que yo le he advertido que no le quedará sangre para sufrir el verdadero martirio".

Alfie hizo, pues, rápidos adelantos en el español. El 2 de noviembre de 1953, no transcurridos aún los cuatro meses de su salida, dirigió, lleno de satisfacción, a John Murray la primera carta redactada en esta lengua.

Alfie aprendió pronto su oficio. No tardó en ponerse de manifiesto que ya no necesitaría de un ángel tutelar.

Así pues, Joaquina recibió la orden de dirigirse a Brasil, su país de destino. Antes, hizo todavía un viaje al Perú para visitar, una vez más, los Praesidia por ella fundados. A fines de noviembre de 1953 se despidió de su joven amigo. "Esta semana la estoy pasando completamente solo", escribió Alfie a Dublín. "Joaquina ya no está conmigo".

El Sr. Duff le contestó: "Así es la vida. Las cosas se nos regalan para darlas de nuevo. Pero no todo lo damos: el valor queda en nosotros".



¡Y ahora, a hablar español!




El idioma es la clave para conquistar a las almas. Alfie había tomado parte, desde un principio, en el trabajo ordinario de los Praesidia. Esto no era absolutamente fácil, cuando, en las primeras semanas de su permanencia, dejaban bastante que desear sus conocimientos de español. Pero Alfie tenía el don especial de comunicarse. Sonreía y gesticulaba con la cabeza y las manos, y, aunque no siempre se entendía con quien hablaba, pronto surgía el común acuerdo.

En cierta feligresía, se hallaban ocupados los legionarios en confeccionar el fichero parroquial. Visitaban a todos los feligreses e intentaban establecer buena amistad con ellos; también se observaba si cumplían con sus deberes particulares.

Una vez Alfie fue a visitar con un compañero (las visitas domiciliarias siempre se hacían en la Legión de dos en dos), a un matrimonio. Apenas llegaron a la casa y expusieron que iban por orden del párroco, cuando el marido se desató en graves improperios. A él no le gustaban los párrocos, decía, porque sus relaciones con ellos no habían sido buenas. Luego comenzó a enumerar una serie de ultrajes, reales o imaginarios, que suponía le habían causado los párrocos. Por último se fue de la habitación encolerizado. Entonces la mujer confió a los visitantes que ella no compartía con su marido tal actitud, sino que, por el contrario, rezaba para que se convirtiera a Dios.

"Hoy le ha visitado a Ud. la Virgen", dijo Alfie a la mujer. "A ella le gustaría que Ud. la honrase desde hoy no sólo mediante la oración, sino también mediante el sacrificio". Los legionarios le explicaron luego en qué consistía la consagración a María según San Luis María Grignion de Montfort y le dieron sabios consejos para que supiera llevar a buen camino a su marido.

"Cuando nos fuimos de la casa", escribió Alfie, "la mujer nos consideró como sus mejores amigos".

En Salamina, no lejos de Bogotá, fundó Alfie un Praesidium en un colegio de monjas. La mayoría de las alumnas procedían de acomodadas y distinguidas familias. Pero, en la misma ciudad, existían también casas inmorales en las que las chicas de igual edad que las de aquellas honestas jóvenes, llevaban una vida escandalosa y apartada de Dios. ¡Qué estupendo sería que las primeras trataran de convertir a las segundas!

Alfie sostuvo un largo diálogo con la Superiora, Madre Margarita, y encontró en ella pleno apoyo.

Las llamadas "muchachas de buenos principios" no pueden, frecuentemente, ejercer una auténtica labor de apostolado, toda vez que se las mantiene cuidadosamente alejadas de todo lo que no está "en consonancia con la buena educación. De aquí que su entusiasmo apostólico se esfume necesariamente con el tiempo.

La Madre Margarita se daba perfecta cuenta de ello, pero prometió a Alfie que constituiría un Praesidium para esta difícil tarea.

La primera reunión que tuvo el nuevo grupo transcurrió normalmente. Pero, cuando se hizo la distribución del trabajo, las muchachas se miraron unas a otras: "¿Cómo debemos proceder?"

Alfie se dirigió a la Madre Margarita. "¿Qué recomienda Ud., Madre?", le preguntó.

La buena Superiora no faltó a su palabra. "Vamos a visitar a los hoteles de mala reputación", repuso.

Las jóvenes apóstoles asintieron entusiasmadas. Esto hacía recordar los primeros años de la Legión de María en Dublín. En aquel entonces los legionarios visitaban a los sectores más infames de la capital irlandesa y convertían a centenares de prostitutas.

A las once de la mañana del día señalado se reunieron en el colegio todas las legionarias del nuevo Praesidium. Antes de que éstas comenzaran a actuar, Alfie les contó todo cuanto había aprendido de sus antiguos colegas acerca del trabajo en los primeros tiempos de la Legión (aquellas cosas habían sucedido diez años antes de que Alfie naciera). El grupo rezó para que su trabajo fuera fecundo y, a continuación, todas se pusieron en camino.

A cada casa fue destinada una pareja. Alfie se llevó a dos muchachas, pues, en Sudamérica, se hubiera considerado con cierto recelo el que una chica fuera sola de paseo con un joven.

Alfie y sus colaboradores llamaron en una casa. Les abrió la puerta una doncella, a quien preguntaron en seguida por la patrona, que no tardó en aparecer. Su prodigiosa corpulencia parecía querer estallar el vestido amarillo, estampado, que lucía; era fuerte como un hombre.

"¿Qué desean Uds.?", preguntó.

"Nosotros somos legionarios de María. ¿Podemos contarle algo de la Legión y de nuestro trabajo?"

Les mandó que tomaran asiento. Durante más de media hora hablaron de su organización y de las tareas apostólicas más corrientes: el interés por los obstinados, la legitimación eclesiástica de matrimonios nulos, los esfuerzos por bautizar a los niños que aún no lo estaban.

La mujer quedó manifiestamente impresionada.
"Muy bien, joven", dijo. "¡Muy bien!"

"Nos gustaría hablar con cada una de las personas de la casa", alegó Alfie con arrojo.

El permiso fue concedido en el acto. Lo que ahora se presenciaba, parecía una confesión general. Cada visitante se tomó aparte una muchacha. En un tono de confianza (pues las chicas debían tener la impresión de que podían exponer abiertamente sus problemas), los tres legionarios trataron de ayudarlas. Las muchachas fueron haciendo sus manifestaciones de buen grado: hablaron de las dificultades, de la indigencia espiritual y material, y también de la frivolidad y del pecado. Evidentemente les había favorecido el poder sincerarse así.

He aquí el punto de ataque de los visitantes. Si para esas chicas suponía un desahogo revelar su intimidad a personas que no podían sino escuchar y dar su consejo, ¿qué no harían con una buena confesión? Las muchachas podrían así ser absueltas y recibirían la gracia, al mismo tiempo que comenzaban una nueva vida.

De primer intento tropezaron los legionarios con un no rotundo, pero, cuando dijeron que vendrían a buscarlas para llevarlas a confesarse con un sacerdote benévolo, casi todas mostraron su conformidad; hasta esperaban con ansiedad ese día.

La patrona pidió a las dos legionarias que, a la semana siguiente, fueron de nuevo. También las otras parejas habían conseguido éxitos parecidos. Dieron las nueve de la noche antes de que todas regresaran de sus visitas.

Una muchacha de 19 años, que había acompañado a Alfie, manifestó: "Si hubiéramos conocido antes la Legión, habríamos participado en ella hace ya mucho tiempo".

Cada pareja de legionarios llevó aquella semana a confesar a varias chicas y el domingo las acompañaron a oír la santa misa.

En las parroquias se hacían las visitas de casa en casa. Alfie no dejó de llamar a una sola puerta. Cuando llegaron al domicilio de un pastor protestante, Alfie tocó el timbre resueltamente y entró.

Los dos conversaron más de dos horas sobre la Virgen, tema en el que Alfie estaba más que instruido. "El pastor dijo", relata Alfie cumplidamente, "que mi diálogo con él había resultado el más interesante y también el más ameno de cuantos había sostenido con un católico".

Alfie era todo menos un anacoreta. No amaba a los hombres sólo teóricamente, como conjunto, como "humanidad", sino que también demostraba interés por cada uno en particular, y, por eso, se hallaba a gusto entre ellos. Con sus camaradas legionarios le unía, especialmente, una amistad personal. Tenía invitaciones a menudo, y siempre aceptaba de buen grado. Su humor y su gracia le constituyeron en alma de toda reunión.

Alfie era también músico. Tocaba el tiple, guitarra colombiana. En poco tiempo aprendió una serie de canciones del país del que fue huésped. Cuando las cantaba con su voz queda y armoniosa y se acompañaba con la guitarra, enardecía de entusiasmo a sus oyentes y éstos no se cansaban de escucharle.

Se le recibía con gusto en todas partes. Jóvenes y ancianos buscaban su compañía.

"Después de la reunión del Praesidium", escribió al Sr. Duff, "los legionarios solían pedirme que dijera unas palabras en inglés, mi lengua materna. Yo no estaba muy de acuerdo y les contestaba que Irlanda tenía un idioma mucho más bello que el inglés. Les decía que mi verdadera lengua materna era la única en el mundo que designaba a la Virgen con un nombre especial
*. Entonces les hablaba un poco en irlandés. Cuando vieron mi misal escrito en este idioma, dijeron que las letras eran góticas".

El nombre de pila, Alfonso, era corriente para los legionarios sudamericanos. Al principio le resultaba un poco raro a Alfie que le llamaran "Don Alfonso", pero pronto se acostumbró a ello. El apellido no era tan fácil de entender.

"¿Lambe significa algo?"
"Sí, es la forma arcaica inglesa de Lamb y significa cordero".
"¡Ah, cordero!"

Alfie fue pronto conocido por "El Corderito". El apodo le quedaría mientras ejerciera el apostolado en América del Sur.

*
María se dice "Muire" en irlandés.



Enviado por cuenta y riesgo propios




Seamus no había dudado en formar grupos de propaganda en el país de su labor actual, Colombia. El hecho de que en Sudamérica hubiese muchas mujeres sin colocación, le favorecía. No era difícil encontrar legionarias que estuvieran en disposición de ofrecerse para este trabajo durante uno o dos meses. Pronto experimentó Seamus que su apostolado lograba un éxito admirable. Instituyó Praesidia en ciudades que, desde hacía tiempo, carecían de sacerdotes. La archidiócesis de Cartagena (Colombia), por ejemplo, posee 40 sacerdotes diocesanos para una población, de 1.500.000 habitantes. Unos 30 sacerdotes religiosos están para prestar ayuda en caso de necesidad; así que un sacerdote corresponde a 20.000 católicos. La Legión de María tenía aquí una gran labor. Seamus se decidió a trabajar con todo empeño. Cuando Joaquina se hubo marchado, Alfie estaba dispuesto a trabajar con su amigo, pero un nuevo destino le esperaba. 

El Papa Pío XII había declarado el año 1954, Año Mariano. Con tal motivo, se habló de hacer algo especial para honrar del mejor modo posible a la Virgen.

Semejante proposición fue llevada a cabo por la Sede episcopal de Ambato (Ecuador). Uno de los que contribuyeron a este acuerdo había oído hablar del trabajo realizado por la Legión de María. Habiéndola recomendado con fervientes palabras, concluyó diciendo que este apostolado debería ser introducido en el Ecuador, en donde aún no era conocido.

El Obispo Mons. Echeverría, solícito pastor de la diócesis de Ambato, quedó entusiasmado. Si lo que acababa de oír era verdad, no sólo honraría a la Madre de Dios con la institución de la Legión de María; se haría también algo concreto para solucionar aquellos problemas espirituales que más afectaban a los católicos de la diócesis, a saber: la tibieza progresiva, la ignorancia supina y el declive constante de las grandes masas.

Mons. Echeverría escribió en seguida una carta a Dublín. ¿No le podrían mandar un buen legionario para que instituyera la Legión de María en su diócesis? El Concilium no dudó en acceder. 

"El enviado ya está en camino", fue la respuesta. "Alfonso Lambe llevará la Legión de María al Ecuador".

La Navidad de 1953 la pasaron juntos en Bogotá Seamus y Alfie. Ayudaron a las tres misas de ese día y fueron de excursión a los Andes. Conservamos una fotografía de los dos: están sentados en una cima y contemplan satisfechos a Bogotá y al país de sus fatigas apostólicas. Se muestran tan alegres y felices, que podemos creer muy bien en las palabras de Alfie: A él "este trabajo no le costaba el más mínimo esfuerzo, sino que era la cosa más natural del mundo".

El mes de enero de 1954 fue de intensa labor. Alfie preparaba su viaje. Últimamente había perfeccionado mucho sus conocimientos de español. Y meses más tarde, ya no se distinguía en el habla de un sudamericano nativo.

El Nuncio de Bogotá le dio una carta de recomendación para el Cardenal De la Torre, Arzobispo de Quito (Ecuador).

El 2 de febrero, fiesta de la Purificación de María emprendió el vuelo hacia Quito. Un grupo de legionarios salió, una vez más, a despedirle. Seamus no se encontraba allí. Estaba agobiado de trabajo en la costa caribe. El P. Jiménez, en cambio, se hallaba presente. De camino para el aeropuerto, rezó el rosario con los legionarios.

Tres días más tarde, Alfie mandó su primer informe desde el Ecuador. En Quito no perdió el tiempo, antes, por el contrario, conoció rápidamente la situación religiosa y los principales problemas del país. El Cardenal De la Torre le recibió en audiencia y le otorgó el permiso de instituir en su archidiócesis la Legión de María. También fue recibido por el Nuncio Apostólico el cual manifestó su gran interés por la Legión: "Téngame al corriente de los progresos de su labor", le dijo al despedirle.

El Ecuador limita al norte con Colombia, pero es más pequeño que ésta. El país recibe su nombre de la línea ecuatorial, que la atraviesa por el norte. En las zonas bajas, llenas de espesas selvas vírgenes, domina un clima tropical malsano. Por otra parte, la nación es muy montañosa; está atravesada, como Colombia, por la Cadena de los Andes, llamada también Cordillera. En ella se levanta el célebre pico Chimborazo, de 6310 metros, así como el más alto volcán activo del mundo: el Cotopaxi, de 5943 metros de altura.

La agricultura se explota, principalmente, en las zonas más templadas de las faldas orográficas.

De los 4.396.300 habitantes que cuenta el país, una tercera parte son indios y más de un cuarenta por ciento mestizos; un diez por ciento son negros y otro diez por ciento blancos.

Se pueden entrever claramente los problemas que laten en una población tan heterogénea. Los ecuatoriano son en su mayoría católicos; pero, debido a la carencia de sacerdotes y a la ignorancia religiosa existente en una gran parte de la nación, la religión está tan infeccionada de superstición y de prácticas paganas, que muchas veces no tiene de cristiana más que el nombre. El país, por lo demás, está muy poco habitado: 4.400.000 personas pueblan un territorio bastante extenso.

El campo de acción hubiera asustado a cualquiera, pero no a Alfie. Desde Quito escribió a su patria:

"En los pocos días que llevo aquí se me ha hablado mucho del "gran problema indio". Porque nunca se ha hecho nada por esta gente, se cree que nada puede hacerse por ellos; porque la gente no está dispuesta a hacer nada por los indios, piensa que nadie debe hacer algo. Las historias que me han contado desde mi llegada a esta tierra me han animado todavía más a desarrollar la labor que se me presenta.

Me parece tan evidente y cierto que la Legión de María realizará un magnífico papel en todas las partes de este país, que no necesito hacer un acto de fe. Tengo la convicción de que nada hay imposible".

En esta carta vemos cómo Alfie se descubre a sí mismo. Considerados llana y superficialmente, sus relatos son, desde ahora, cada vez menos "piadosos". Casi nunca habla de la tendencia a la propia perfección. Sus palabras ponen de manifiesto un sobrio positivismo y una confianza tranquila. Pero este positivismo y esta confianza se han de entender sobrenaturalmente. En sus, a veces casi rutinarios, informes, se siente, sin embargo, la llama que le abrasa. Alfie había logrado llegar a un punto en donde lo sobrenatural era para él, por decirlo así, completamente natural.



Un comienzo esperanzador en el Ecuador




En la fiesta de la Virgen de Lourdes, el 11 de febrero de 1954, llegó Alfie a Ambato, situado al sur de Quito. Aquí principiaría él su actividad.

Su primera visita fue a Mons. Echeverría, que había manifestado su deseo de acoger a un enviado. El Obispo había admirado, ya desde un principio, a la Legión de María, pero su entusiasmo inicial había ido en progresivo aumento.

"¿Por dónde quiere Ud. comenzar?", preguntó a Alfie. "Mañana fundaré dos Praesidia, uno para hombres y otro para mujeres. Yo empezaré inmediatamente a trabajar con ellos".

"¡Así me gusta!", repuso sonriente el Obispo. "Mucho trabajo y pocas palabras. Y, ¿cuánto tiempo piensa permanecer Ud. en Ambato?"

"Hasta que haya fundado una Curia."

El Obispo estaba encantado de esta sinceridad tan ingenua. "Casi me abrazó", "escribió Alfie al Sr. Duff.

Alfie no formulaba promesas vanas. Con ayuda del párroco, que había recomendado previamente la Legión, fundó, en efecto, los dos grupos. Entre los diez miembros del Praesidium, constituido por hombres, había un senador, un auditor provincial y un maestro. Los miembros restantes eran obreros y empleados humildes.

Siempre ha sido don peculiar de la Legión de María obviar oposiciones sociales y raciales. Personas que en el mundo jamás llegarían a tratarse, se reúnen armónicamente en los Praesidia de la Legión. En los Estados Unidos, como en África del Sur, los legionarios se sobreponen alodio y separación raciales, y admiten indistintamente en sus grupos a negros y a blancos. En la India consiguieron mermar el sistema de castas, que incluso había cundido en los medios católicos.

Alfie aprovechó todas las ocasiones para relacionarse con los demás (él, ciertamente, poseía la facultad especial de ponerse en inmediato contacto con todos).

Al día siguiente de la fundación de los dos Praesidia, entró en un café para tomar un pequeño refrigerio. En, la mesa de al lado platicaba un grupo de campesinos. El joven extranjero excitó la curiosidad de ellos y más de una vez le dirigieron miradas escudriñadoras. Alfie sonreía cabizbajo.

"¿Entenderá el español?", se decían unos a otros los hombres.

Alfie oyó el apagado diálogo: "Sí yo hablo español" replicó. En seguida le invitaron a su mesa con auténtica hospitalidad meridional. Deseaban saber de dónde venía y qué hacía en Ambato.

Alfie contestó a sus preguntas y en un momento les explicó, en forma sencilla, las condiciones necesarias para ingresar en la Legión de María. Los meridionales son fáciles de entusiasmarse. Aún no había terminado de hablar Alfie, cuando todos comenzaron a decir alborozadas: "¡Algo así necesitamos nosotros aquí!"

" ¿Cumplirán Uds. su palabra?"
"Naturalmente".

"Bien, pues comenzaremos el próximo sábado, si el párroco no tiene inconveniente."

¿Si no tiene inconveniente?... Alfie escribió: "El párroco sintió tal emoción, que por poco se cae de la silla".

En otra ocasión contaba: "Encontré a un obrero que
deseaba fundar un Praesidium en su pueblo. Luego, conversé con otro trabajador y, más tarde, con una muchacha de unos 16 años, que vendía periódicos comunistas. Los periódicos procedían de Budapest, pero estaban escritas en español"

Alfie tenía tiempo, además, para describir el paisaje y las costumbres. "El invierno de aquí me recuerda mucho a la primavera de Irlanda", decía. Otra vez hablaba entusiasmado de la "fiesta anual del agua", en la cual el pueblo del Ecuador se divierte en derramar agua desde las ventanas y en salpicar con ella a la gente que pasa por la calle.

Trabajaba infatigablemente en instituir nuevos grupos. El 28 de febrero, dos semanas escasas después de su llegada a Ambato, tenía en proyecto la fundación de cuatro Praesidia más.

Le importaba, sobre todo, formar grupos entre los numerosos indios. "Esta no puede conseguirse; ellos no hablan español", se le decía.

"Pues, ¿qué hablan?"
"Existen diversos idiomas indias; por ejemplo, el guaraní y el aimará. Pero el noventa por ciento de los indios hablan aquí el quechua".

"Bien, pues aprenderé quechua." Así como lo dijo, lo practicó.

Después de algunas indagaciones, encontró Alfie a una monja que dominaba a la perfección el quechua. Le pidió que tradujera al idioma de los indios las oraciones de la Legión.

No era corriente en este caluroso país trabajar a semejante ritmo; los acontecimientos producían admiración general. El Obispo, que casi diariamente recibía noticias de la actividad desplegada por el joven irlandés (y no sólo precisamente de Alfie), estaba cada vez más entusiasmado y contento.

Alfie personalmente oyó los más lisonjeros elogios. Sin embargo, no se dejó impresionar demasiado por esto. Con su sentido objetivo escribió a Dublín:
"Tanto católicos como protestantes están estupefactos de que haya católicos que trabajen activamente por su Iglesia".



Alfie en la Conferencia de lo Obispos




Ya hemos visto cómo Mons. Echeverría se entusiasmó con la obra que crecía entre las manos de Alfie.

"¡Es un fenómeno!", se decía reiteradas veces el Obispo. "¡Debían conocerlo todos los obispos del Ecuador!"

El corazón del prelado se ensanchó cuando escribió lleno de gozo a Dublín una carta entusiasta dando gracias al Concilium por haber enviado a un hombre tan excelente.

Un día llamó a Alfie. "Esté preparado", le dijo. "Ud. vendrá conmigo a Quito".

"¡Muy bien, Excelencia! ¿Qué debo hacer allí?"
"Me acompañará a la Conferencia de los Obispos".
¡Un seglar a la Conferencia de los Obispos! Esto era
magnífico. Pero Alfie no se puso por eso fuera de sí. Si la Virgen lo disponía de este modo, lo veía muy natural.

El Obispo había concebido un profundo afecto a Alfie, con quien se podía hablar de todo, a pesar de ser tan joven, y que daba respuestas tan inverosímil mente maduras y sobrias.

En Quito visitaron, en primer lugar, al Nuncio Apostólico. Mons. Echeverría le manifestó que tenía el propósito de exponer una iniciativa en la Conferencia que se iba a celebrar en fecha fija. Estamos dentro del Año Mariano. ¿Qué cosa mejor para honrar a la Virgen que la institución de una asociación mariana?

El Nuncio escuchó todo esto con gran benevolencia. Sabía "la opinión que se tenía en Roma de la Legión de María", dijo, "y nada le podía ser más grato".

Algún tanto turbado y perplejo se quedó Alfie cuando entró en la sala de la reunión y vio que todos los obispos se saludaban unos a otros, permaneciendo en animado coloquio.

Pronto se hizo silencio. El Cardenal de Quito dio la señal de comenzar la Conferencia.

Todos se levantaron. El Cardenal entonó solemne mente el himno del Espíritu Santo: "Veni, Creator Spiritus, mentes tuorum visita"... ¡Ven, Espíritu Creador, e ilumina nuestras mentes... Los obispos tomaron asiento. El Cardenal les saludó en breves palabras y declaró abierta la Conferencia.

"Nuestro Reverendísimo Hermano Mons. Echeverría es el primero que desea tomar la palabra", anunció.
Mons. Echeverría se puso en pie.

"Sí", exclamó, "yo quisiera hacer una proposición: ¡Instituir en todo el país la Legión de María!" Seguidamente expuso, con fervientes palabras, la actuación y la estructura de este apostolado.

"Y ahora, Excelencias Reverendísimas, pregunto: ¿Cómo deberá hacerse esto? ¿Quién convencerá a sacerdotes y a seglares? ¿Quién formará los grupos? ¿Quién se preocupará de que éstos trabajen, fieles a su consigna? Nosotros, los obispos, no disponemos de tiempo para ocuparnos de ello. Permítanme, entonces, que les presente y recomiende a D. Alfonso Lambe, a quien ven a mi lado. A pesar de ser tan joven, no sólo posee pleno conocimiento de la organización de la Legión de María, sino que también tiene la cualidad de saber hablar de ella a los demás y de conquistarlos para esta obra. Desde hace algunas semanas viene actuando en mi diócesis, y lo que yo he visto ha superado con creces mis esperanzas; (antes nunca había considerado esto como posible). No obstante el poco tiempo, está claro que no se trata de una pasajera ilusión; todas las pruebas pregonan que será algo permanente. El Sr. Lambe ha fundado en mi diócesis la Legión de María y, en pocas semanas, ha dado tan buenos resultados, que él podría instituirla en otros territorios.

Yo quisiera animar a que, en memoria del Año Mariano, se estableciera la Legión de María en todas nuestras diócesis y se procurara instituirla en toda la nación".

El Obispo se había expresado con efusión. Luego se sentó nuevamente.

El Cardenal De la Torre sonrió. "No hay oposición",
dijo.

Dirigiéndose luego amablemente a Alfie, le dijo: "¿Tiene Ud. algo que observar?"

Alfie se levantó. Con sencillez y tranquilidad comenzó a hablar. No mostró ningún "miedo al público" y permaneció tan natural, que nadie apreció en él cosa alguna especial. Sin embargo, si reflexionamos que un seglar de 20 años habló a las más altas autoridades eclesiásticas de un país, en un idioma, incluso, que hacía sólo un año había comenzado a aprender, nos quedaremos estupefactos.

"Excelencias", empezó a decir Alfie, "les agradezco de corazón el interés y la cordialidad con que han acogido a la Legión de María. La determinación que Vuestras Excelencias acaban de tomar es, para todo el Ecuador, de gran trascendencia. Yo me permito advertirles que condición previamente indispensable para el éxito interior y exterior de la Legión de María es el cumplimiento exacto de sus reglas. Sólo así ella garantiza un resultado feliz.

Mi ocupación más próxima será formar grupos legionarios y enviarlos a todas las partes de la nación, para que la hagan conocer y obren conforme a su espíritu y método. Nosotros estamos a disposición de Vuestras Excelencias para llevar a cabo esta empresa".

Los prelados se quedaron maravillados. Todos se decidieron a instituir la Legión de María (con una excepción). Un triunfo absoluto podía crear un riesgo para la humildad.

Pero esto le preocupaba poco a Alfie por el momento. Todo un país le franqueaba sus puertas; ¿qué le importaba; que le hubiera fallado por ahora una sola diócesis?



A la conquista del Ecuador




Tan pronto como hubo regresado Alfie a Ambato, convocó a sus legionarios.

"Yo exijo de vosotros algo más", les anunció. "Hasta el presente habéis trabajado por las almas sólo dos horas a la semana. Pero ahora yo propongo a aquellos que puedan, que se consagren durante más tiempo al servicio del Señor. ¡Debéis de propagar la Legión de María por todo vuestro país! ¡Debéis de ser los portaestandartes de un movimiento que tiene el poder de transformar totalmente al Ecuador! ¡Qué vocación más excelsa!"

En seguida se hizo un silencio absoluto. Algunos tímidos preguntaron:
"¿Cómo extenderemos la Legión de María si apenas la conocemos? Pertenecemos a ella hace tan sólo cuatro semanas".
"Comprenderéis mejor la Legión de María cuando intentéis exponerla a otros; además, en el trabajo habitual de la Legión no estaréis solos, sino que tendréis la ayuda de un compañero. Formaremos equipos y yo mismo trabajaré can algunas de vosotros y os dirigiré en vuestra actuación".

Todavía se hicieran algunas preguntas más. Finalmente se ofrecieran tres legionarios para realizar esta labor durante algunas semanas.

"Pero nuestra trabaja se halla paca respaldada; no tenemos ni una sala Curia".

Era la última objeción que se ponía.

"Esta no tardará en lograrse", replicó Alfie. "En la festividad de la Anunciación de María, el 25 de marzo de 1945, funda ramas la primera Curia del Ecuador. Yo deberé quedar hasta ese día aquí, según he prometida al Obispo".

Hasta el 25 de marzo faltaban escasas semanas. AIfie las aprovechó para trabajar intensamente. Aún
serían instituidos allí algunas Praesidia. Pero antes era precisa que las legionarias fueran adiestradas y dirigidas en su obligación y responsabilidad.

En esto, Alfie siempre demostró tener un sentido práctica. Una vez, la Presidenta de un Praesidium le
confesó, sonrojada, que ella no recibía los sacramentos con la frecuencia que es propia de las católicas fervorosas.

"Bien, comience Ud. a recibirlas", fue la respuesta, breve pero concluyente, de Alfie.

En su apostolado, se ponía en contacta con toda clase de personas y le sucedían casas singulares. Un día, en una visita domiciliaria, se encontró con un hambre que le dijo con la mayor naturalidad:
"Ud. es enviada de Dios, ¿no es cierto? Y Ud. trabaja también para Dios. Pues yo soy enviada del diablo y trabaja para el diablo".

Cuando Alfie la llegó a conocer más de cerca, comprendió que se trataba de un católico empedernida, que había inclusa pertenecido anteriormente a la Tercera Orden de San Francisco. Luego ingresó en la secta de los sabatistas, de la que se jactaba. No se podía platicar con él; pero, en la Legión de María no se habla nunca de "casos desesperados". Para Dios no hay casa imposible y su gracia puede conseguir la que el esfuerza humana no puede lograr. Alfie encargó a sus legionarias que velaran por aquel hombre.

Por fin llegó el día que coronaría el trabaja de Alfie en Ambato: el 25 de marzo. Los Praesidia, en la ciudad, (exactamente seis semanas después de la llegada de Alfie) eran ocho.

Como Presidente de la nueva Curia, fue designado aquel senador que había pertenecido al primer Praesidium. No sólo era el hombre más capacitado para ocupar dicho cargo; sino que, además, había pertenecido a la Legión de María dos o tres semanas más que los restantes miembros.

El acontecimiento llenó de alegría y confianza a todas los participantes. Mons. Echeverría estaba contentísima. Alfie había cumplida su promesa puntual y formalmente; no podía permanecer ya par más tiempo en Ambato. Inmediatamente después, de la fundación de la Curia, Alfie visitó a sus compañeras; y he aquí que otros tres se habían decidida a trabajar, durante algún tiempo, en pro de la Legión de María; ahora contaba con seis colaboradores. ¡Con ellas ya podía actuar!



El joven conquistador




Los días y las semanas, los meses y los años, que entonces siguieron, fueron testigos de una actividad que nos haría sonreír escépticamente si no tuviéramos tantos testimonios de ella. Como río que después de una larga contención rompe todos los diques e inunda el territorio, así también el celo apostólico de Alfie se abrió camino con la fuerza de una gran marea, y le impulsó a realizar en cuatro años una labor, que sería sobrehumana para una larga y meritoria vida.

Es difícil seguirle de cerca en sus viajes: Apenas oímos que ha comenzado a trabajar en una región, cuando al poco tiempo ya se encuentra a miles de millas. Sin embargo, en ningún sitio deja nada a medias; en todos los lugares quedan, definitivamente formados, grupos de la Legión de María que pueden subsistir por sí mismos. Necesitan, sÍ, una dirección; pero, cuando él no se la puede dar, manda a sus ayudantes, que en gran número se agencia en todas las naciones.

Por una parte, parece que Alfie supiera que no le restaba mucho tiempo para dedicarse a la obra de su vida, y que debía llevar a cabo en pocos años lo que otros en décadas; por otra parte, el ritmo palpitante de su actividad habrá contribuido a su temprana muerte. ¡Dormir cada día en una cama distinta, tomar cada día distinto alimento! Con frecuencia no le quedaba tiempo ni para comer, y nunca podía hacerlo con regularidad. Sólo una persona de extraordinaria salud podría sobrellevar una vida así.

Sin embargo, es singular esto: Recordamos cómo Alfie tuvo que abandonar en otro tiempo la Congregación de los Hermanos Cristianos, porque parecía estar atacado de tuberculosis (se opinaba que no podría resistir aquella vida). Lo que hacía ahora era diez veces más penoso que lo que hubiera podido hacer en dicha Congregación; y, no obstante, nunca le había atacado la enfermedad que se temía contrajera: la tuberculosis pulmonar. A menudo se encontraba muy fatigado, tenía la tensión demasiado baja y experimentaba dolores de estómago (¡no era extraño en un género de vida semejante!), pero nunca oímos decir que padeciera de los pulmones.

La conversión de una serie de famosos comunistas, debida al trabajo de la Legión en el Ecuador, promovió manifiesta admiración. La prensa comenzó a hablar del joven que había despertado una nueva fuerza en el país.

Un periodista de un célebre diario fue a verle. Con la misma tranquila naturalidad con la que se había expresado en la Conferencia de los Obispos, se mostró en la entrevista que ahora concedía al reportero.

Este en seguida describió la impresión que le había causado Alfie.

"Sus ojos son serenos y azul-claros; miran al visitante amablemente, pero con cierto aire de seriedad. Tiene el semblante de un niño y al mismo tiempo la cara de un asceta; es medio ángel y medio combatiente".

Alfie contó luego algo de su vida para los lectores del diario. El periodista, finalmente, formuló varias preguntas:
"¿Cómo debemos preparar a nuestros jóvenes para que puedan acabar con el problema del comunismo?"
"En el Ecuador no existe tal problema", replicó Alfie categóricamente; "sólo hay el problema del catolicismo". (Nosotros añadiríamos: ¡Y esto no sólo en el Ecuador!).

"¿Qué hará Ud. cuando ya no sea enviado de la Legión?"

"Me dedicaré a trabajar en bien de la juventud".
"¿Qué haría Ud. con los jóvenes?"

"Los enviaría, como mensajeros de la Legión, a Irlanda y a los Países Escandinavos".

A continuación, el reportero le hizo algunas preguntas sobre Irlanda. Alfie no tenía tiempo para sentir nostalgia. "Amo a todas las ciudades por las que paso", escribió una vez; "bajo cada cielo me siento como en mi país". Sin embargo, su amor más grande era para la patria.

Cuando hablaba de ella, sus palabras salían de lo más hondo del corazón.

"¿Cómo caracterizaría Ud. a los irlandeses comparados con otros pueblos?", le preguntó su interlocutor.

"He leído una vez, que Dios se manifiesta a cada pueblo según la peculiaridad de cada uno de ellos: A los alemanes les muestra su poder; a los ingleses, su justicia, a los franceses su infinito orden interior y armonía; v a los irlandeses les muestra sólo su sonrisa".

A una edad en la que otros todavía no están maduros y apenas saben lo que quieren, este joven ya había conseguido una certeza de criterio y un conocimiento del mundo que hubieran sido notables en un hombre mucho mayor.

Es indudable que podemos hablar aquí de una obra maravillosa de la gracia, que pudo desarrollarse tan magníficamente porque Alfie siempre correspondió a ella con fidelidad. Esto sólo, sin embargo, no explica esta extraordinaria precocidad. Cuanto más nos ocupemos de Alfie, tanto más nos admiraremos de que, a la gracia, vaya unida una marcada fuerza creadora. En este sentido, Alfie era un genio.



El campo de acción se ensancha inmensamente




La traducción de las oraciones de la Legión a lenguaje quechua había sido realizada oportunamente; Alfie la podía mandar a la imprenta. De este modo sus deseos se verían cumplidos y podría instituir grupos entre los indios; lo que no tardó en conseguir, como en seguida veremos.

Alfie marchó en primer lugar a Quito, en donde tenía permiso, desde hacía ya tiempo, para fundar la legión; allí formó algunos grupos.

Con tal motivo, el Cardenal De la Torre le dio una carta de recomendación para todos los obispos del Ecuador.

Luego se dirigió a Guayaquil, al SO. de la nación, en donde fue recibido por el prelado. No es fácil impresionar a los obispos. Las muchas propuestas e iniciativas que diariamente les llegan, les hacen adoptar una cierta dosis de sano escepticismo. Por eso suponía mayor testimonio para Alfie, el que hubiese quedado prendado de él el Obispo. Este le invitó a que le acompañara en un inminente viaje que iba a emprender para conferir la confirmación y le animó a que instituyera Praesidia en todas las parroquias que visitasen.

Alfie no esperó, naturalmente, a que se lo dijera dos veces. Con Su habitual tranquilidad aceptó la invitación y subió al coche de Su Excelencia. A cada parroquia que llegaban, el Obispo se encargaba de alentar al párroco para que fundara la Legión de María. De esta forma pudieron quedar instituidos una serie de grupos, los cuales aún necesitaban de cierta vigilancia. Varios párrocos pidieron les fuera concedido un plazo para reunir miembros activos. Aquí era necesario un enorme trabajo suplementario, pero Alfie no podía ejecutarlo, porque se le requería urgentemente en Quito.

Así pues, reunió por vez primera a sus agrupados y los envió a Guayaquil, en donde visitaron y afianzaron los Praesidia por él instituidos y realizaron las fundaciones ya previstas. Pero no se limitaron a eso sólo. sino que también intentaron conquistar a otros sacerdotes para la Legión de María; lo que consiguieron en cuatro ocasiones.

Alfie, mientras tanto, había regresado a Quito. Pero él no se conformó con visitar allí a los párrocos. Quería llevar a todos la Legión de María, pero en particular a los réprobos de la sociedad humana. Estos. ciertamente, necesitaban más que otros la convicción de que su vida ante Dios no era vana o despreciable, sino que aún podía producir buenos frutos para la eternidad. Dar un nuevo contenido a su vida, fue desde un principio una de las principales tareas de la Legión de María.

Al desecho de la sociedad pertenecen los leprosos y los presos.

A Alfie lo encontramos con los leprosos ante los muros de Quito. En estos lisiados, siempre vio la imagen de Cristo crucificado. Con inenarrable ternura y cariño se consagró a ellos. Primero conquistó, entre los enfermos, a muchos legionarios auxiliares y, más tarde, fueron formando entre ellos tres Praesidia.

A su madre, que siempre esperaba las cartas de su hijo con ardiente ansiedad, un día casi se le paralizó de susto su corazón cuando en una carta de Alfie leyó: "He visitado durante algún tiempo una leprosería. Estas pobres y pacientes criaturas necesitan nuestra compasión y ayuda. Desde luego, nosotros no les debemos nunca hacer notar lo mucho que nos duele su desgraciado estado. No tengas miedo, madre, la lepra no es tan contagiosa como la gente cree".

De la misma manera que no temía a las úlceras corporales, tampoco a las morales. Los primeros a quienes llevó su mensaje fueron los moradores de la cárcel de Quito. Se presentó a la Dirección y supo persuadir a ésta de tal modo, que los presos fueron convocados, y a él se le dio la oportunidad de poder hablarles. Estuvieron presentes 250. La mayoría de los reclusos tenían largas condenas; algunos incluso cadena perpetua. Entre ellos se encontraban muchos ladrones y asesinos.

Alfie los trataba con el respeto que le inspiraba el rostro de Cristo, si bien en la mayor parte de los culpables este rostro estuviese ultrajado o desfigurado.

En fervientes palabras les explicó el sentido y objeto de la Legión de María y les manifestó claramente que también ellos tenían obligación de ejercer el apostolado como miembros bautizados y confirmados de Cristo. El apostolado, empero, no es tanto un deber como un privilegio; es nuestra oportunidad de intervenir en el proceso de la redención y, por ende, en la historia universal. ¡Hombres como vosotros pueden convertir al Ecuador!", terminó diciéndoles.

Los encarcelados correspondieron dócilmente a la llamada de la gracia. Alfie esperaba que se presentaran quizá diez personas para formar un grupo. Se presentaron 115.

Naturalmente, éstos eran muchos para constituir un solo Praesidium y Alfie decidió que debían ser creados dos. Pero pronto llegaron a ser tres y más tarde incluso cuatro. Algunos de los presos no se habían acercado todavía a recibir la primera comunión; otros estaban alejados de la Iglesia desde hacía tiempo. Un año después de esta fundación, pudo escribir Alfie: "Hace dos semanas los cuatro grupos de la cárcel de Quito tuvieron su gran día. Por primera vez desde los comienzos de dicha cárcel, todos los presos, hombres y mujeres, asistieron a la santa misa, y más de 300 se confesaron y recibieron la sagrada comunión. Ahora se ha determinado que cada mes se celebre en la prisión una misa especial para ellos".

Cuando oímos hablar así de los pobres reclusos, que rebosan de felicidad haciendo algo por el servicio de Dios, no dudamos en ponerlos en parangón con muchos "buenos cristianos" europeos, a quienes el milagro económico les ha hecho perder el sentido de lo sobrenatural. Están plenamente absorbidos en lo terrenal. y aunque están dispuestos a "comprar" su prestigio de cristianos incluso con donativos considerables para construir iglesias, nada puede moverles a dar lo que Dios quiere únicamente de ellos: ellos mismos.

Una de las primeras legionarias de Quito fue Rosa Ponce, hija de un gran terrateniente. Se entusiasmó tanto con el nuevo movimiento, que se dispuso a cumplimentar los deseos de Alfie: Fundó un grupo, por ella presidido, entre los agricultores indios de la granja de su padre. Esto era algo sensacional. De otro modo, los "señores" hubieran tenido sólo con sus operarios el contacto requerido para el más fácil desarrollo de la agricultura.

"Es casi un milagro de primer orden, el que los miembros de la alta sociedad colaboren con los indios", escribió Alfie.

Los indios de la granja de la familia Ponce declararon a su vez: "Hasta se ha vuelto buena la hija del patrón".

Desde entonces fueron en aumento, cada vez mayor, los grupos constituidos entre los indios. Como dato curioso, transcribe Alfie, en una carta dirigida a Dublín, algunas palabras en quechua del temario de la junta de la Legión:
Tucui Socioscuna
Tondarishca Cacpi

"¡Qué divertido resulta!", escribía luego. Pero Alfie nunca se detuvo en lo superficial. "He aquí algo muy interesante", comunicaba al Sr. Duff. "La Santa Sede ha enviado al este del Ecuador a un grupo de científicos. Estudian los distintos dialectos indios y han descubierto que todos ellos podrían ser reducidos a dos raíces principales. Estas raíces guardan afinidad con el idioma polinésico".

Sin embargo, la mayoría de las cartas contenían informes referentes a su actividad apostólica. "Los días y las semanas y los meses son demasiado breves", lamentó Alfie escribiendo a Dublín.

En todas las partes del territorio se instituyeron praesidia. El 27 de junio fue fundada la primera Curia en Quito, a la cual estaban adscritos once grupos. Las reuniones tenían lugar en el Palacio Arzobispal.

Pocos días antes, Alfie había cumplido 21 años. ¡Ahora, por lo menos, era mayor de edad!

Interesante es el siguiente detalle: Para hacer posible que los encarcelados, que, como hemos dicho. formaban varios grupos, participasen algunas veces en las juntas de la Curia, éstas se celebraban de cuando en cuando en la misma prisión. Exactamente igual se proyectó hacer en las leproserías, pero las autoridades no lo permitieron.

Alfie había prometido al Nuncio Apostólico del Ecuador tenerle al corriente de su trabajo, por lo que fue a visitarle para informarle breve y objetivamente, según era peculiar en él, acerca de las fundaciones efectuadas.

El Nuncio quedó manifiestamente entusiasmado.

"¡Un momento!", exclamó, y se dirigió al teléfono. Llamó al Obispo de Ibarra, diócesis situada al norte de la nación, el cual se hallaba casualmente en la capital.

"Excelencia, venga por aquí, pues debo hablarle", le dijo.

Pronto hizo acto de presencia el Obispo, y Alfie narró una vez más su historia.

"¡Esto es magnífico, joven!", dijo el Obispo cuando Alfie hubo concluido. "Venga Ud. a mi diócesis tan pronto pueda e instituya en ella la Legión de María".

La misma invitación tuvo Alfie del Obispo de Bolívar. Debía, pues, abandonar Quito nuevamente. Lo cual no era precisamente un contratiempo para él.

"Estoy muy contento de mi trabajo", escribió al Sr. Duff, "y me he encariñado mucho con la gente de aquí. No podría ser de otro modo; el legionario que se ha compenetrado de la doctrina del Cuerpo Místico, siente que todo el mundo le pertenece; cuando marcha a otro lugar, va a su propiedad".



Cómo se conquista no país




Una gran ayuda llegó cuando menos se esperaba: Tres experimentadas legionarias de la vecina Colombia se habían ofrecido para trabajar en el Ecuador. Cada una de ellas estaba dispuesta a realizar este trabajo durante tres meses completos. Más tarde se presentó también una cuarta.

Los legionarios de Quito, bajo la dirección de AIfie, dispensaron a sus colegas de allende las fronteras una acogida en extremo cordial.

El Cardenal De la Torre las recibió y se hizo fotografiar con ellas. Se organizó una pequeña reunión en su honor, y, por fin, fueron "enviadas" solemnemente, al igual que en otro tiempo lo habían sido los equipos de propaganda en Irlanda.

Alfie señaló la ruta que debían seguir las jóvenes. Era preciso conquistar a tres nuevas diócesis.

"Yo siento una responsabilidad abrumadora", decía en una carta al Sr. Duff, "pero soy feliz porque puedo cargar con esta responsabilidad. La Virgen se alegra ciertamente al ver mi preocupación".

Ahora comenzaba la gran campaña que, en pocos meses, debía invadir todo el país de una red de grupo.; de la Legión; y en efecto, fue todo el país.

No queremos entretener demasiado al lector con detalles de las distintas fundaciones; las parejas se habían separado; Alfie emprendió el viaje con dos de las legionarias de Colombia.

Seis Obispos y tres Vicarios Apostólicos habían invitado a los legionarios. Esmeraldas, Bahía, Manta, Portoviejo y Guayaquil, todas ellas en la costa del Océano Pacífico, fueron conquistadas una tras otra, lo mismo que Ibarra Guaranda, Riobamba, Cuenca y Loja, situadas en el interior del país. Para nosotros no son otra cosa que nombres exóticos; pero ¡qué llenos de vida eran y cuánto significaban para Alfie!

Mientras él trabajaba con sus colaboradores en la costa, llegó de Quito la noticia de que la Curia de allí había constituido cinco nuevos Praesidia sin ayuda. La semilla que él había plantado, estaba viva e infundía vida.

De esta actividad tan impetuosa, sólo podemos entresacar unos cuantos puntos capitales, tomados, sobre todo de las cartas de Alfie.

Cuando su grupo se hallaba trabajando en Portoviejo, el Obispo de esta ciudad llamó a Alfie y le pidió que hablara a los sacerdotes de la misma, que acababan de hacer Ejercicios y estaban todavía allí congregados. Alfie expuso a los sacerdotes el espíritu y funcionamiento de la Legión de María y les dijo finalmente: "Mientras Uds. han practicado los Ejercicios, han sido instituidos en su diócesis catorce Praesidia".

En Bahía se fundaron veinticuatro Praesidia en dos semanas. "De no haber aprendido esta técnica de expansión", escribía Alfie, "no hubiera sido de ninguna utilidad para la Legión".

Esta formulación podrá ser un tanto exagerada, pero, sin duda. hay en ella una dosis de verdad. Los enviados de la Legión, que habían comenzado su labor antes de que el sistema de propaganda por equipos se hubiera desarrollado, debían hacerlo todos solos y tenían que luchar con mucha más dureza.

En Ibarra no fue fácil para Alfie la labor. "Ibarra es considerada como la parte "más católica", del Ecuador, y, por esta razón, la gente de allí opina que no se necesita trabajar en favor de la Iglesia", escribió Alfie irónicamente.

En Guayaquil, puerto principal del país, con 275.000 habitantes (actualmente 365.000), había mucho que hacer.

"Guayaquil tiene muchos y difíciles problemas religiosos. En los últimos diez años dio tan sólo una vocación al Seminario Conciliar. En cambio ¡hay 10.000 prostitutas! En más de un noventa por ciento de las familias, los padres no están casados. En una ciudad así, me gustaría pasar el resto de mi vida. Aquí podría uno salvar almas, no una que otra, sino a cientos".

Los resultados apostólicos de la Legión en Guayaquil fueron comparados por algunos observadores con un Pentecostés. En muchas parroquias sin párroco, los legionarios realizaban toda clase de actividades permitidas a los laicos y celebraban novenas todos los domingos, a fin de que los fieles que no podían oír misa, se reunieran por lo menos para rezar.

En Bahía no faltaron las aventuras. Fue Alfie con sus dos compañeras a una pequeña aldea, situada no lejos de la ciudad, en donde habían creado un Praesidium. Diez de sus miembros eran analfabetos. Pero no por eso eran menos apostólicos, ni estaban menos capacitados que sus compañeros y compañeras mejor formados. Ya en las primeras visitas; se animó a quince parejas, que estaban casadas civilmente, a contraer matrimonio por la iglesia. Los miembros habían aprendido de memoria el catolicismo; en sus visitas a domicilio, tomaban aparte a los niños y los instruían. Esto era más que necesario en un país en el que, por carencia de sacerdotes, apenas se enseñaba la doctrina en las escuelas, a las cuales ni siquiera concurrían muchos niños.

Al día siguiente, debían los tres (Alfie y sus dos colaboradoras) marchar a Bahía para fundar una Curia. Pero carecían de medios de transporte; la nación tiene pocos ferrocarriles y los autobuses no ofrecen facilidades.

El alojamiento también era un problema. No había hotel o pensión, y los campesinos y jornaleros pobres no poseían ninguna "habitación de huéspedes".

Al fin pudieron dar con alguien que les ofreció un cuarto, en el que tan sólo había un miserable camastro. ¿Era aquello penoso? Para los legionarios, no. Los tres durmieron vestidos: Alfie se acostó sobre una estera de coco que extendió en el suelo y las dos muchachas se acomodaron en el camastro. Los tres estaban tan cansados, que durmieron profundamente durante toda la noche.

Al día siguiente, se levantaron a las seis de la mañana y caminaron a pie hacia Bahía, distante unos 20 kilómetros. A las dos de la tarde estaban allí, ¡a tiempo precisamente para fundar la Curia!

Pero esto era nada, en comparación con la aventura que vivió Alfie en un autobús de línea que iba de Cuenca a Riobamba (recorrido de unos 150 Kms.). Escuchémosle a él mismo:
"Estoy convencido de que nada hay en el mundo que no pueda suceder a un enviado de la Legión. A las cinco de la mañana salí de Cuenca en autobús. Junto a mí se sentó una joven india de unos 16 años. Cuando llevábamos de viaje dos horas aproximadamente, se desmayó de repente, casi sobre mí. Pensé que podría haber sufrido un colapso, pero, cuando cayó al suelo, alguien me dijo que la india iba a tener un hijo. Yo no sabía lo que debía hacer. En efecto, ella dio a luz, en el mismo lugar y sitio, a un niño. La dejamos en la aldea más próxima.

Poco, después tuvo nuestro autobús un choque, pero afortunadamente nadie sufrió heridas. Los dos conductores llegaron a la discusión de quién había sido el culpable y comenzaron a reñir el uno con el otro. Con tal motivo, hice las voces de policía, los separé y les ordené que regresaran a sus autobuses.

El recorrido duró desde las cinco de la mañana hasta las seis y media de la tarde. Para que el viaje tuviera un feliz término, animé a cantar a todos los del autobús. Uno de los indios llevaba consigo una guitarra".

Relato más breve y real apenas puede hacerse, pero ¡cuántos comentarios nos ofrece! Alfie "no sabía qué hacer", cuando la muchacha se encontraba en aquel apurado trance. Para él era completamente natural el no quedarse impasible; siempre era el hombre que emprendía algo; ya fuera para separar a los conductores que discutían, ya fuera para hacer más llevadero el largo y cansado viaje. En cambio, nada dice, en absoluto, de cómo obrarían en su débil y delicada constitución aquellas trece horas y media en un incómodo autobús.

Así transcurrían, sin sentir, los días y las semanas. "El año en el Ecuador, me parece como unas cuantas semanas", escribió.

Se llegaron a formar tantos grupos de legionarios, que el Sr. Duff, le advirtió: "En la Legión de María se considera siempre, primero, la calidad; y luego, la cantidad".

Pero Alfie había actuado siempre con tiento. Todo se desarrollaba con regularidad. Cuando él solo no podía atender a los grupos, enviaba a sus ayudantes para socorrerlos en su labor.

El Obispo de Ambato, Mons. Echeverría, declaró a la Legión de María, Acción Católica oficial de su diócesis. Los restantes obispos del país proyectaban en principio lo mismo, pero determinaron clasificar la Legión de María como "recuerdo perenne del Año Mariano".

En la radio, le fue dedicado a la Legión de María un espacio.

El folleto "La Legión de María y la voz de la Jerarquía", fue publicado en español.
*

Tarea principal fue la de editar el órgano de la Legión, lo que se llevó a cabo en breve tiempo. La revista irlandesa "Maria Legionis" fue traducida totalmente al español, se publicó incluso un "Suplemento para Sudamérica" y fue impreso tres meses más tarde en Quito, con la misma cubierta.

Obispos, sacerdotes y seglares no se cansaban de demostrar su entusiasmo. "Los obispos manifiestan aquí", escribía Alfie, "que la Legión es lo más adecuado para el Ecuador. El Presidente de la Curia de Portoviejo pasó ayer el día conmigo y me habló de la magnífica labor que realiza allí la Legión. También en Manabi se convalidaron cientos de matrimonios. El Obispo de Guayaquil es un entusiasta adicto de la Legión".

El Obispo de Riobamba, Mons. Proaño, que era Director Espiritual de dos Praesidia, declaraba: "Espero confiadamente que la vida católica se renovará en Riobamba, gracias a la Legión de María".

En términos parecidos se expresaban los otros prelados.

¿Y Alfie? ¿Se le subió a la cabeza el triunfo? Veamos lo que dice: "En el Ecuador, el trabajo le ha sido demasiado fácil a la Legión. Transcurridos apenas tres meses de su fundación, los obispos la han elogiado y bendecido. Pero la Legión requiere dificultades, oposición y lucha; así es cómo puede conquistar méritos y demostrar su valía".

*
Actualmente dicho folleto se está preparando en la Editorial Verbo Divino, para su 2.° edición, que aparecerá corregida y aumentada.



Intermezzo peruano




A pesar de estos enormes esfuerzos, Alfie no se dejaba nunca congestionar por el trabajo. Aquellos escollos, en los que muchas veces fracasan sacerdotes y fervientes seglares, fueron superados por él felizmente: Nunca se dejó "devorar" por su trabajo, nunca llegó a aquel estado de atormentada prisa que, con el tiempo, asfixia forzosamente la vida interior. Siempre conservó, interior y exteriormente, la tranquilidad de ánimo; siempre demostró interés y empeño por las cosas, constantemente nuevas y exóticas, que le salían al paso. Así, por ejemplo, se alegraba como un niño de su "poncho", prenda de vestir india, hecha de un trozo de género cortado cuadrangularmente y con una abertura en medio; por ésta se mete la cabeza; el poncho cae de forma caprichosa y pintoresca y además tiene la ventaja de abrigar.

Placer especial para Alfie lo constituía la caza (y, conforme a las circunstancias, la caza de grandes venados). ¡Qué diferencia entre ésta y la caza de liebres, a la que antaño le había nevado su padre! "Aquí hay jabalíes, tigres, lobos y culebras; y, nosotros disparamos contra todo", cuenta satisfecho: Eran cuatro los que habían ido a cazar.

Alfie mató a una serpiente. Mandó disecar la piel y la conservó como trofeo. A sus amigos íntimos les enseñó varias veces la pieza.

¿Cuándo salía a cazar, si sus días estaban agobiados de trabajo? Desde las nueve de la tarde hasta las cuatro de la mañana.

No es extraño que su salud se resquebrajara debido a tales fatigas. No se sentía bien y en poco tiempo adelgazó cuatro kilos.

La auscultación médica arrojó el resultado de que Alfie padecía una disentería amibiásica. Al igual que la malaria, esta enfermedad tropical vuelve siempre de nuevo, una vez que se ha contraído.

El análisis de sangre puso de manifiesto bastante ácido úrico y la tensión era más baja de lo normal. El médico prescribió una dieta rigurosa. Alfie se resignó a guardada, pero, ¿de qué serviría esto, si tomaba sus comidas de dieta con la misma irregularidad que las de antes?

En la primavera de 1955, no sólo había sido introducida la Legión de María en todas las diócesis del Ecuador; sino que quedó firmemente establecida y alcanzó un gran florecimiento. Por aquel tiempo, se reunieron en Quito los Nuncios Apostólicos del Ecuador, Colombia y Bolivia.

El último dijo a Alfie: "Necesitamos urgentemente de Ud. en Bolivia. ¿No podría venir? Aquí su trabajo ya puede considerarse finalizado".

Alfie mostró su conformidad. El Nuncio le aconsejó que escribiera en seguida al Arzobispo de La Paz. Este contestó a vuelta de correo: "Venga Ud. junto a nosotros; le recibiremos como a un enviado del Señor y del Concilium".

Alfie comunicó sus planes al Cardenal de Quito, que, entretanto, había llegado a ser un padre para él.

"Está bien, hijo mío", le dijo, "pero antes me gustaría que viniera conmigo a Río de Janeiro. Ud. sabe que, en este verano, se celebrará allí el Congreso Eucarístico. Abrigo al propósito de recomendar la Legión a todos los obispos de Sudamérica; por eso yo desearía tenerle a Ud. en Río". Nada hubiera podido ser más grato para Alfie. Pero también pensó efectuar un viaje a Uruguay, que no quedaba lejos de Río y en donde los obispos habían declinado la fundación de la Legión de María. Quizás el Congreso Eucarístico fuera un buen trampolín para ello.

El viaje del Ecuador a Bolivia obliga a pasar necesariamente por el Perú. Se aconsejó a Alfie que hiciera en el Perú un pequeño descanso, después de su intensa labor de apostolado en el Ecuador. Desde luego, podía visitar los Praesidia y Curiae allí existentes; esto, sin embargo, no sería tan dificultoso como los trabajos iniciales del Ecuador.

Alfie expresó de buena gana su aquiescencia. El 26 de abril de 1955 tomó el avión rumbo a Lima, capital del Perú. Veinte legionarios le acompañaron hasta el aeropuerto.

¿Días de descanso en el Perú? Ningún enviado de la Legión puede tener vacaciones, cuando se sabe quién es. "¡A Ud. le esperábamos desde hace tiempo!" "¿Puede ayudarnos en nuestra labor de expansión?" "¡Tenemos muchos problemas; sin duda conoce Ud. una solución!" Así sucedía a todos, así sucedió también a Alfie.

"En el Ecuador me alegraba de la perspectiva de mi viaje al Perú; me figuré que tendría vacaciones, pero la semana pasada he trabajado con más agobio que 
nunca...

¿Con más agobio que nunca? ¿Qué significaba esto en Alfie? Ninguna noche se acostaba antes de las doce.
Frecuentemente se sentaba a cenar alrededor de esa hora.

"Sin embargo, Ud. no puede imaginarse la alegría tan grande que hay en este trabajo", escribió.

El 29 de mayo de 1955 ,declaraba en su informe semanal a Dublín: "Es la una y media de la mañana y ya no tengo energías para seguir escribiendo".

En un principio comunicaba a Dublín los detalles más mínimos, siempre que éstos fuesen interesantes, pero sus informes eran ahora breves y concisos. Antes, describía la fundación de cada Praesidium, el número y clase de los miembros; ahora, se contentaba con manifestar: "La semana pasada he constituido seis Praesidia". Las cartas largas necesitan tiempo, y lo que menos tenía Alfie era tiempo.

Para todo el mes de junio organizó una campaña, a la que llamó a participar, como de costumbre, a sus ayudantes.

Mientras que el Ecuador lo conocía tan bien que podía dibujar de memoria un mapa del país, con el Perú tenía aún que familiarizarse. Si bien esta nación guardaba cierta semejanza con el Ecuador (clima tropical malsano en las zonas bajas, altas montañas de los Andes, territorio cultivado en las regiones templadas), la fijación de los itinerarios de viaje y la distribución de equipos suponían un enorme trabajo, prescindiendo de los viajes que Alfie hacía personalmente.

Estas fueron sus primeras vacaciones.



Enviado desaparecido




Hacía más de cinco semanas que no tenían en Dublín noticias de Alfie. Hasta el presente, había mandado fiel y regularmente todas las semanas su informe, aunque éste fuera más breve últimamente.

Se comenzaron a tener serias preocupaciones. ¿Le habría sucedido algo al enviado? Alguien le hubiera querido mandar un telegrama: "Cablegrafía si estás bien". Pero no se tenía idea del paradero del joven.
No quedaba más remedio que esperar y confiar.

Y, al fin, llegó una gruesa carta de avión con un sello brasileño. Los ánimos se tranquilizaron cuando se pudo ver la corta, pero decidida, firma de Alfie.

La carta decía: "Seguramente habrá pensado Ud. que he desaparecido del globo. No sé ya cuántas semanas han pasado desde que le escribí la última carta; tan sólo sé que las últimas semanas han sido de enorme trabajo y de solícita actividad. He viajado por todo el Perú en avión, ferrocarril, autobús, carromato y a pie. De vez en cuando, la canícula del sol tropical de la costa peruana nos ha hecho pasar mucho calor; y luego, apenas hemos podido resistir el frío intenso de los Andes. Reiteradas veces he estado a pocos pasos de la nieve perenne de los mismos, a más de 4000 m. de altura. En un viaje nocturno, crucé el lago sagrado de los Incas, el Titicaca, a 3812 m. sobre el nivel del mar. He viajado de día y de noche, pero, gracias a Dios, mi salud no ha sufrido menoscabo.

El resultado neto de nuestros esfuerzos ha sido el siguiente: Nuevas Curiae en Trujillo, Cuzco y Puno (Perú) y la primera Curia de Bolivia en La Paz. Unos veinte nuevos Praesidia han sido fundados en Lima, y las Curiae de Arequipa y Chimbote han sido visitadas y consolidadas.

Un inesperado incidente sucedió cuando estaba en Cuzco y allí fundé la Curia. Una conferencia telefónica me llamó urgentemente a Puno. Subí en Cuzco a un carromato y me llevó más de dos días llegar a Puno, en donde fundé también una Curia.

La institución de la primera Curia boliviana se verificó en la capital, La Paz, en medio de favorables circunstancias. El Arzobispo de esta ciudad tomó parte en la primera junta. Pronunció una alocución y mostró su profunda admiración de que la Legión se hubiera decidido a realizar tan buena labor en Bolivia. El Obispo, que también estuvo presente, asumió la Dirección Espiritual de las nuevas Curiae".

¿Había motivos para estar enojado con Alfie? Entregado de lleno al trabajo, ni siquiera había pensado que podían estar preocupados por él.

Más adelante leemos: "En este momento, me encuentro volando sobre los nevados Andes bolivianos, a una altura de 5000 m. aproximadamente. Hace veinte minutos abandoné, en compañía de Mons. Untiveros, de Lima, el aeropuerto de La Paz. Vamos al Congreso Eucarístico de Río. Una gran multitud de legionarios de La Paz ha acudido a despedirnos y nos ha regalado sendos ramos de flores. Redacto este informe en avión, pues éste es el único momento que tengo libre".

¡No, no podía uno estar enfadado con él!



El Congreso Eucarístico Mundial de Río



La enviada Joaquina había desplegado su trabajo en el Brasil; pero no tardó en convencerse de que, en este inmenso país, había tarea para muchos legionarios. Hacía poco, se había puesto a disposición del Concilium una joven maestra irlandesa, llamada Mary Clerkin, que había sido, igualmente, destinada al Brasil. Su partida se fijó de tal modo, que llegó precisamente para el Congreso Eucarístico Internacional, el cual se celebraría en Río de Janeiro en el mes de julio de 1955.

Con ella viajó la holandesa María Diepen, la cual había introducido en su patria la Legión de María y ahora era destinada, como enviada, a las Guyanas Holandesa y Francesa.

Con Joaquina, que estaba ya en el Brasil, y Alfie, que venía de Bolivia, eran cuatro los enviados que asistían al Congreso.

¡Qué alegría más grande experimentó Alfie al encontrarse de nuevo con Joaquina! Pero los papeles se habían invertido sin notarlo. Antes, había sido la experimentada mujer quien había enseñado muchas cosas al joven principiante, y ahora, era Alfie quien daba iniciativas a su maternal amiga. Joaquina no había aprendido la técnica de los grupos de propaganda (había sido enviada mucho antes de que éstos comenzaran su actuación). Sólo los conocía de referencias y estaba convencida de que tal sistema podría desarrollarse perfectamente en Irlanda, pero no en Sudamérica. Los éxitos de Alfie, sin embargo, le demostraron lo contrario. 

Los enviados trabajaron diariamente en el bonito stand que los legionarios de Río habían construido y que atrajo a miles de personas.

Nuestros cuatro enviados dominaban, en conjunto, siete lenguas, por lo que podían fácilmente informar a casi todos los concurrentes que lo desearan. Manuales, Tesserae (tarjetas con las oraciones de la Legión), así como otros libros que versaban acerca de ésta, podía obtenerlos el público en distintos idiomas; y allí se dieron cita legionarios congresistas de todo el mundo.

Alfie no cesaba de moverse. A todos cuantos encontraba, fueran seglares, obispos o sacerdotes, sabía ganarlos para la Legión de María. 

Conservamos muchas fotografías de aquellos días: Alfie con los otros enviados; Alfie con el Nuncio Apostólico del Brasil, con el Cardenal-Arzobispo de La Habana, con el Cardenal D'Alton de Armagh (Irlanda), etc. No pretendía con esto inmortalizarse en compañía de altas dignidades; lo que era secundario, no le interesaba. En cambio, lo que él buscaba era la ocasión de hablar con los obispos y cardenales presentes, sobre la Legión de María. ¡Había tantos en cuyas diócesis la Legión no había sido introducida!

Adónde llegó la actividad de Alfie, nos lo dice mejor una de sus cartas:
"El Congreso Eucarístico fue, en verdad, un grandioso acontecimiento. Yo asistí a todas las ceremonias nocturnas. Durante el día, trabajé en el despacho de la Legión y sostuve muchas conversaciones con cardenales y obispos. Las solemnidades nocturnas del Congreso finalizaban ordinariamente, con la Bendición Eucarística, alrededor de las once y media de la noche, excepto la vez en que se celebró la Misa de medianoche para hombres. Quinientos mil hombres recibieron en esa ocasión la Sagrada Comunión. La Misa fue celebrada por el Cardenal Spellman. A éste le encontré por vez primera en el aeropuerto y la segunda vez en casa del Cardenal de Bahía. Ya no recuerdo los cardenales y obispos con los que hablé durante el Congreso. Conocía a casi todos, menos a unos obispos brasileños.

Tan pronto como Su Excelencia Mons. Echeverría Ruiz, Obispo de Ambato, llegó al aeropuerto, me dijo: "La Legión de María prospera maravillosamente en mi diócesis; ahora son cuarenta Praesidia los que en ella trabajan".

El Obispo Auxiliar de Trujillo (Perú) trajo la noticia de que, poco antes de salir, había sido fundada allí una Curia. Fui el primero que di la bienvenida a Mons. Landázuri, Arzobispo de Lima.

Durante uno de los actos, el Arzobispo Mons. Bertoli, Nuncio Apostólico de Colombia, puso su mano en mi brazo y me dijo: "Quisiera hablar con Ud. mañana, á las siete y media de la tarde". Cuando estuve con él, me presentó al Nuncio de Haití, el cual elogió calurosamente la labor realizada allí por nuestra enviada Delfina Madill. Dijo que yo debía pedir al Concilium que la señorita Madill fuera enviada de nuevo a Haití. Mons. Bertoli me contó que se había enterado, por el Nuncio del Ecuador, de los admirables progresos que allí hacía la Legión. A dicho Nuncio, Mons. Rossi Opilio, también llegué a conocerle. Me dijo que la Legión se estaba difundiendo en el Ecuador mucho y me preguntó cuándo volvía. De igual modo, encontré a Mons. Ryan, O.P., Arzobispo de Trinidad (Indias Occidentales); gran amigo de la Legión.

Un obispo venezolano, en cuya diócesis trabajó por algún tiempo nuestro hermano Seamus Grace, me indicó sus propósitos de hablar sobre la Legión en la Conferencia de los Obispos. El Cardenal de Bahía (Brasil) conversó largamente conmigo acerca de la Legión y me pidió un Manual. También su secretario mostró gran interés. Estando yo hablando con el Cardenal, me preguntó si podía encontrar a alguien capaz de introducir la Legión en su diócesis. Le repuse que iríamos allí tan pronto consiguiésemos completar un grupo de propaganda. Del Cardenal-Arzobispo de Sao Paulo, Mons. Vasconcellos y Motta, recibí asimismo la aprobación por escrito, de la Legión. Me recomendó que estableciese contacto con uno de sus obispos auxiliares para redactar los planes sobre la labor de expansión.

También el Arzobispo de Guatemala expresó su deseo que la Legión fuera introducida en su obispado. Me dijo que había encargado a un sacerdote que estudiara el Manual. "La Legión de María debe ser fundada en Guatemala", manifestó. El Cardenal Arteaga y Betancourt, Arzobispo de La Habana (Cuba), alegó que no ignoraba la magnífica labor que podía hacer la Legión y que sería una gran bendición, el que pudiera extenderse por toda Cuba.

El Cardenal-Arzobispo de Quito (Ecuador), Mons. De la Torre, se alegró de la rápida difusión de la Legión en el Ecuador y prometió recomendarla al Cardenal-Arzobispo de Sao Paulo.

EI Obispo de Bucaramanga (Colombia) dijo que la Legión obraba maravillas en su diócesis. El Obispo de Buenaventura se reunió con un grupo de prelados para hablar acerca de la Legión y todos llegaron al acuerdo de que fuera instituida en sus obispados. En dicha reunión, el Obispo de Buenaventura subrayó la espiritualidad de la Legión y puso ejemplos del extraordinario trabajo por ella realizado en Colombia. Después, Mons. Echeverría elogió calurosamente a la Legión del Ecuador y dejó asombrados a los presentes, cuando afirmó que los prelados del Ecuador habían hecho de ella, el apostolado oficial de los seglares. Esta junta transcurrió en medio de una atmósfera espiritual admirable. Mons. Echeverría fue, durante todo el Congreso, el Apóstol de la Legión. Todos los días hablaba de ella con diversos prelados y por la tarde se reunía con éstos a fin de dársela a conocer".

Se dijo que, en la Conferencia General de Obispos Sudamericanos, varios cardenales, arzobispos y obispos prodigaron las más grandes alabanzas al apostolado ejercido por la Legión en América del Sur.

También tomaron parte en aquel Congreso Eucarístico Internacional muchos fieles amigos de la Legión de María, como por ejemplo, los Cardenales Tisserant y Piazza, Mons. D'Alton, Arzobispo de Armagh, y Mons. Ryan, Arzobispo de Trinidad, todos los cuales dieron su voto en favor de la Legión. Pero sigamos escuchando a Alfie. 

"En el aeropuerto", prosigue Alfie, "encontré también a Dom Helder, uno de los Obispos Auxiliares de Río y me dijo que, habiendo terminado ya el Congreso, debía celebrar una entrevista con él".

Estas cartas parecen escritas a golpe de reloj; brotan explosivamente de la pluma de Alfie; se observa el gran esfuerzo que hace por no olvidar ninguno de tan importantes encuentros, aunque sólo pueda dedicar a cada uno pocas palabras.

En el Congreso Eucarístico Mundial de 1960 en Munich, que habrán visto en persona o por televisión muchos de nuestros lectores, el Altar Mayor representaba el Tabernáculo de Dios. En el Congreso Eucarístico Internacional de Río, había sido igualmente escogido un símbolo: El Altar Mayor figuraba la Barca de Pedro: Desde la Cruz a orillas del mar, la gran nave, que de noche parecía estar formada de luz, se reflejaba en la indescriptiblemente bonita bahía de Guanabara. Al otro lado de ésta, se extendían las colinas guarnecidas de luz y realzadas por el famoso Pan de Azúcar. Era un espectáculo de lo más bello e impresionante que uno pudiera imaginarse. acerca del sagrado acontecimiento.

La Legión de María gozó en sus actuaciones, de extraordinaria reputación. Así Alfie y otro joven legionario llevaron sendos estandartes de la Legión (llamados Vexillum) a ambos lados del Santísimo, en la magna procesión eucarística. En la última Bendición Sacramental, con la que se clausuró el Congreso, estuvieron de nuevo los dos estandartes ante el Altar Mayor, junto a las banderas pontificia y brasileña. ¡De cuánta alegría y de cuánto orgullo llenó esto a los legionarios!



Labor de apostolado en el Brasil




Este inmenso país, casi tan grande como toda Europa, tenía, como se recordará, sólo unos cuantos grupos de legionarios y una Curia en la entonces capital, Río de Janeiro. Hacía unos meses que la enviada Joaquina había viajado por el país, pero ¿qué podía hacer una persona en semejante territorio?

Afortunadamente, Mary Clerkin acudió en ayuda de Joaquina.

Las dos convinieron en que ésta, más acostumbrada, por su país filipino, a soportar el clima tropical, actuase en el norte del Brasil. Esta parte del territorio, dominada por la cuenca del Río Amazonas y atravesada por el ecuador, es muy difícil de soportar para un europeo. Mary Clerkin debía, por lo tanto, trabajar en el sur del país.

Cuando, después de cinco años, Mary regresó a Irlanda, su patria, tenía el Brasil dos Senatus, unas sesenta Curiae y 1700 Praesidia, a lo que había que añadir un promedio de uno más por día.

El noventa y siete por ciento, aproximadamente, de los 60.000.000 de habitantes de la población son católicos; pero la lamentable carencia de sacerdotes es causa de que, tanto aquí como en los restantes países sudamericanos, centenares de miles sólo sean católicos de nombre. Además de la propaganda de los comunistas y de las distintas sectas, existe aquí el gran peligro del espiritismo, que ha calado en una gran parte de la población y que arrastra, continuamente, a la apostasía a muchos católicos. Un detalle divertido: Alfie habla de un grupo d espiritistas que se habían impuesto el nombre de "Legión de María".

Ahora él era un legionario experto y de ahí que quisiera hacer más llevadero el trabajo a su compatriota Mary Clerkin. Le serviría, indiscutiblemente, a Mary, de gran ayuda el que, por lo menos en un principio, Alfie le asistiera. He aquí esa gran urbe que es Silo Paulo, de dos millones de habitantes y todavía sin un solo Praesidium.

Cinco legionarios de Río estaban dispuestos a acompañar en este viaje a los dos enviados: Alfie y Mary. De esta forma, ésta podría familiarizarse con la organización de los grupos. Ya Alfie, durante el Congreso Eucarístico Mundial, había conseguido el permiso del Arzobispo de Sao Paulo para instituir la Legión de María. Así pues, estos siete hombres se propusieron conquistar a la ciudad de dos millones de almas.

El éxito fue enorme. En un mes se fundaron veinticinco Praesidia.

Que se trató, no de un florecimiento efímero, sino de una obra consistente y firme, lo demostró el desarrollo ulterior.

Entre los grupos de esta ciudad, había también un Praesidium de rito oriental. Por primera vez en su carrera de enviado de la Legión, instituyó Alfie tal grupo; para ello, debía recibir de Dublín especiales consignas.

Los Praesidia de rito romano se reúnen en torno a una imagen de la Virgen y rezan el rosario en el principio de su junta. En los Praesidia de rito oriental, la imagen es sustituida por un icono y, en lugar del rosario, se reza el llamado "Akathistos". Es ésta una letanía de María muy difundida en las iglesias orientales; está repartida en doce partes, en las que se intercalan sendas antífonas, y su rezo dura aproximadamente como el de nuestro rosario. La palabra "Akathistos" es griega y significa que uno no se sienta, es decir, que la oración debe hacerse de pie. Este himno también es rezado por los cristianos ortodoxos, cuya liturgia es muy parecida a la de los orientales.

La Legión de María ha recibido de la Santa Sede el singular privilegio de que en sus grupos puedan también ingresar los cristianos ortodoxos; además le ha sido autorizado fundar Praesidia entre los ortodoxos. Con ello se espera un gran paso hacia la reunificación de las Iglesias; lo que sólo producirá su pleno efecto, cuando el telón de acero se levante y si se logra la fundación en gran escala de Praesidia, conjuntamente católico-ortodoxos o sólo ortodoxos.

Sao Paulo cuenta con una gran colonia rusa; el número de los cristianos ortodoxos que viven allí, es de unos trece mil. Era el primer contado de Alfie con la Iglesia Oriental. La expansión de la Legión de María en las Iglesias Orientales, y nominalmente en la misma Rusia, sería más tarde su pensamiento favorito, al que se consagraría con gran interés.

También entre los emigrados polacos de Sao Paulo instituyó un Praesidium. ¡Esto daba trabajo! En una carta de Alfie a Dublín leemos:
"Las dos de la mañana y todo en orden".
Estas palabras denotan que Alfie dedicaba las horas de la noche a su correspondencia. Otra carta la escribió en un autobús que corría a una velocidad de 80 Kms. por hora.

Joaquina escribió a Dublín: "Tanto Alfie como Mary Clerkin se matan a trabajar". No era extraño, siguiendo tal ritmo. Alfie apenas podía pensar en sí mismo. Sin embargo, a veces sentía de pronto que se encontraba en un país extraño.

"No me considero sentimental", escribió a Irlanda, "pero no he podido dominar mi emoción al ver por televisión, en una noche de la semana pasada, una película de la peregrinación a Croagh Patrick. ¡Sencillamente, me abrumaba!"

Croagh Patrick es el "monte sagrado" del Apóstol Nacional de Irlanda; aún hoy, grupos de peregrinos suben, cantando y rezando, sus desnudas y rocosas laderas.

Sí, algunas veces la morriña se apoderó de Alfie; pero esto no fue por mucho tiempo; tenía que trabajar demasiado y ¡disponía de tan poco tiempo!...

Un día, llegó un telegrama de Dublín: "Concilium recomienda campaña de propaganda en Argentina".

En el Brasil, no encontró la Legión de María especiales dificultades además, trabajaban allí dos enviados de gran valía.

En la Argentina, sin embargo, sucedió todo lo contrario. Joaquina había intentado allí desde hacía años probar suerte, pero una resistencia férrea se le oponía. Semanas y meses había trabajado sin obtener el más mínimo resultado. Obispos y párrocos habían declarado que la Argentina tenía su Acción Católica y que la Legión de María era, por lo tanto, completamente innecesaria. Sólo en la diócesis de Catamarca, al norte del país, pudo la Legión conseguir algo; el Obispo de allí (quizás porque era de origen irlandés) dio su aprobación y, de esta manera, Joaquina pudo fundar catorce Praesidia y una Curia en aquel obispado.

Ciertamente, la Argentina era una piedra de toque para todo aquél que hubiera osado luchar contra semejante oposición.

Alfie nunca preguntó por lo difícil o fácil de un deber: obedecía.

"Aquí, en el Brasil, tendría trabajo para diez años, pero mi presencia no es indispensable", escribió.

El 18 de octubre de 1955 pudo todavía ayudar a fundar una Curia en Sao Paulo.

Después, emprendió el viaje a la Argentina.



¡Argentina para Cristo!




Ninguna persona conoció al joven que, en un hermoso día de otoño de 1955, bajó en el aeropuerto de Eceiza de un avión del Brasil, para dirigirse a Buenos Aires, capital de la Argentina. Iba vestido con sencillez; y, con sus gruesas gafas y sus serios ojos azules, tenía Ud. aspecto insignificante. Sin embargo, este joven iba a hacer en la Argentina una revolución, que nadie hubiera creído posible; efectivamente, pocos años más tarde, los comunistas pedirían a gritos que se le despidiera del país.

Nada de esto, sin embargo, había de suceder por ahora. El joven (era naturalmente, nuestro Alfie) se puso en contacto con algunos legionarios de la capital. La institución de la Legión en las parroquias no estaba permitida; tan sólo algunos conventos habían recibido, por excepción, la licencia de fundar Praesidia con objeto de poder realizar las tareas supra-parroquiales; a éstos, sin embargo, les quedaba prohibida toda propaganda.

¡Una ciudad de 4.000.000 (actualmente 8.000.000) de habitantes y sin un sólo Praesidium parroquial! A cada legionario, le aguijonearía esta situación hacia un denodado esfuerzo.

Como de costumbre, Alfie buscó en seguida al Nuncio Apostólico. En él encontró plena comprensión, lo cual no tenía nada de extraño, pues, desde hace años, los Nuncios Apostólicos de todo el mundo son grandes amigos y patrocinadores de la Legión de María. Pero ningún Nuncio tiene la facultad de poder intimar un mandato cualquiera a los obispos de la nación en la que él representa a la Santa Sede. Puede, a lo sumo, dar un consejo, pero también esto lo debe hacer con diplomacia y sin compromiso de ninguna clase.

El Nuncio prometió a Alfie que, tan pronto se celebrara la Conferencia Anual de los Obispos, hablaría en favor de la Legión de María. Esto mismo prometieron el Vicario General y el Obispo Auxiliar de la diócesis de Buenos Aires, que recibieron a Alfie muy amablemente.

No obstante, se le dijo desde un principio, qUe el momento para instituir la Legión no era propicio: el país acababa de pasar una revolución. Se tenían, pues, otras preocupaciones que las de fundar una nueva asociación católica. Luego si Alfie insistía en su propósito, no le quedaba más remedio que esperar.

Alfie sabía muy bien que la Legión de María no era una asociación católica cualquiera, sino una acción esencialmente apostólica y también una escuela de santidad. No se dejó desanimar por nada. La Argentina era grande (es la segunda nación más grande del continente sudamericano) y tenía muchas diócesis; con todo, quizás otros obispos tenían actitud distinta.

El primer dignatario a que Alfie visitó, fue el Cardenal Caggiano, Arzobispo de Rosario. Aquí ya tuvo mejor. fortuna. El Arzobispo había oído hablar mucho de la Legión de María y admiraba su gran valer. El que ahora un legionario tan dispuesto como Alfie, cuya aptitud reconoció inmediatamente el Cardenal, quisiera fundar en la Argentina la Legión de María, le llenó de gozo.

"Para mí, la Legión de María es el apostolado ideal", escribió luego sobre ella; "es lo que la Argentina necesita".

El Cardenal Caggiano prometió a Alfie que, en la inminente Conferencia de los Obispos Argentinos, recomendaría encarecidamente la Legión de María. Hasta entonces, debía Alfie esperar y no visitar a obispo alguno, pues ninguno se decidiría a dar tal, paso.

Así pues, Alfie se dedicó tan sólo a formar y perfeccionar a los pocos legionarios activos de Buenos Aires. Siempre ha ayudado mucho más a la victoria permanente de la Legión, la fiel docilidad y el cumplimiento constante de los deberes, que la sonada propaganda o la protección de relevantes personalidades. Por eso, los legionarios de la capital Argentina tenían que realizar una labor irreprochable.

En el "apostolado del mar", en donde se hallaba en acción uno de estos Praesidia, existía la importante tarea de organizar una bonita Misa de Gallo para muchos marinos del puerto de Buenos Aires, que no irían quizás a una iglesia parroquia!. Para ello, se necesitaba también un coro. Se podía acudir a los legionarios para formarlo, pero ¿en dónde encontrar un director?

Se recurrió a Alfie. ¿No podía él dirigir el coro? Su lema era: "Nunca negar un favor".

"Mi último oficio: director de coro", escribió medio orgulloso y medio guasón a Irlanda. La Misa de Gallo se celebró con un éxito extraordinario. Es de advertir que la mayoría de los concurrentes no eran católicos.

Los Hermanos Cristianos de Irlanda tienen una casa en Buenos Aires. Allí encontró Alfie un pedacito de su tierra. Siempre que le pasaba algo, visitaba a sus compatriotas. Allí se podía expresar abiertamente, allí encontraba oyentes atentos y llenos de comprensión, cuando hablaba de sus alegrías o de sus chascos. Allí estaba también aquel Hermano que había sido compañero de Alfie en el noviciado de Dublín y que nos había narrado entonces sus impresiones. Escuchemos lo que dice ahora:
"Nos alegramos de que viniera. En los años que se sucedieron a contar de su abandono del noviciado, un cambio sorprendente se había obrado en él. La manera pueril de expresarse, la timidez y la dicción retraída habían desaparecido. Estaba transformado y hablaba con serenidad y persuasivamente, en especial, sobre la Legión; era cabalmente una fuente de saber y de experiencia. En pocos meses se había compenetrado de la situación en la Argentina; había comprendido a fondo, las circunstancias políticas del país; había logrado entender el carácter del pueblo y había conocido a la Iglesia y a sus necesidades, mejor que muchas personas mayores que él y que llevaban en la nación más años".

A pesar de este admirable cambio, Alfie permaneció silencioso y humilde. No fue nunca un "efectista". El mismo Hermano alega suspirando: "Yo creo que él fue justamente apreciado, sólo después de muerto".

Poco después de la Navidad, tuvo lugar la tan ansiosamente esperada Conferencia de los Obispos. Lo que se habló en ella, no lo sabemos. Una cosa, empero, es cierta: En Buenos Aires se mantuvo la negativa tan firmemente como antes de la Conferencia.

Pero ahora ya podía Alfie, por lo menos, visitar a otros obispos del país. En un año vio a casi todos, recorriendo desde el montañoso norte hasta los últimos confines de la lejana Tierra de Fuego.

Veintitrés horas duró su viaje a Viedma (Patagonia). Allí pudo hablar a los sacerdotes de la diócesis, que; con motivo de practicar los Ejercicios, se encontraban en el Palacio Episcopal. Luego, subió de nuevo al norte, hacia Catamarca, en donde ya existía una Curia y en donde Alfie pudo instituir la segunda; más al norte aún, está Salta, en donde, a fuerza de mucho trabajar, consiguió los primeros grandes éxitos en territorio argentino. Allí, finalmente encontró a un legionario que iba con él en viaje de apostolado.

Los nombres Santa Fe, Córdoba, Mendoza, Tucumán, Corrientes, Mercedes, San Nicolás y muchos otros figuran de continuo en las cartas de Alfie. Las distancias eran enormes: Por ejemplo, el recorrido existente entre Salta y Buenos Aires corresponde a la distancia que hay entre Dublín y Roma. "Siento no poder hallarme en varios lugares a la vez", escribía Alfie.

Desde hacía ya tiempo, tenía el propósito también de visitar al Obispo de la importante diócesis de San Luis, en el centro de la Argentina. De este prelado se había dicho que era un adversario de la Legión de María y una persona difícil de convencer. Pero semejantes afirmaciones no hicieron cambiar de rumbo a Alfie Un día, pues, a principios de 1956, tomó el tren para San Luis.

Un sacerdote entraba al poco rato en el departamento de Alfie y se sentaba frente a él. Este le miró con disimulo; ningún legionario se dejaría escapar semejante ocasión.

"Perdone Ud., Padre", comenzó diciendo. "¿Pertenece Ud. a una de las diócesis de Mendoza o de San Luis?"
Una mirada llena de asombro. "Yo soy de San Luis".

"¡Qué interesante! Entonces puede darme Ud. alguna valiosa indicación. Yo voy precisamente a San Luis, para ver a su Obispo".

En Sudamérica es muy corriente que los sacerdotes vistan de paisano, por lo que aquel sacerdote tomó a Alfie por uno de ellos. El no se podía imaginar que un seglar fuera a realizar un viaje tan largo, para visitar al obispo de una diócesis retirada.

"¿Así es que desea Ud. hablar con el Obispo? Sin duda, Ud. hace también una labor de sacerdocio. ¿Puedo preguntarle qué trabajo es el suyo?"

Alfie comenzó a hablar de la Legión de María y lo hizo con gran facundia; el tema era inagotable para él. Llevaría hablando un cuarto de hora aproximadamente, cuando el sacerdote se movió y cambió de postura. Alfie advirtió entonces, por entre el manteo, ojales rojos. ¡Luego era un Monseñor! Alfie le había tratado hasta ese momento como a "Padre". De todos modos, el "Padre" debía conocer bastante bien al Obispo; quizá fuera mucho en el obispado.

"Dígame, Padre, cómo es propiamente el Obispo de San Luis", preguntó Alfie resueltamente.

Ahora, el otro parecía entrar en un apuro. No sabía lo que debía contestar; después de titubear un poco, dijo riendo:
"Pues bien. no es tan malo como parece. ¿Qué opina Ud. de mí?"

Con esto estaba resuelto el enigma. Cuatro horas duró todavía el viaje y cuatro horas largas habló Alfie de la Legión de María. ¡No se podía haber deseado una audiencia tan extensa! Si el Obispo había tenido dudas, había sabido desecharlas. Cuando llegaron al final del trayecto, ya no existía disparidad de opiniones.

"Perfectamente, Excelencia, iré mañana a verle y llevaré un Manual".

"Ud. no vendrá mañana a verme; Ud. se quedará hoy conmigo".

Así fue cómo Alfie encontró hospitalaria acogida en el Palacio Episcopal. A la mañana siguiente, conversó una vez más con el prelado. Este nombró a cuatro de los párrocos más celosos de San Luis, a los cuales Alfie debía visitar por orden del Obispo y animarles a que instituyeran la Legión de María.

El prelado le mandó además preparar una charla sobre la Legión de María, que debía pronunciar en breve, en la emisión eclesiástica de Radio San Luis.

"Y Ud. puede dar la noticia de que la Legión de María será pronto introducida en toda la diócesis".



Sufrimiento y alegrías del legionario




"Argentina es la nación que más se parece a Irlanda de todas las que he visto", escribía Alfie a casa. "Las carreteras están orladas de hierba verde. Hay, sobre todo, muchos irlandeses; hablan un inglés bastante parecido al de mi abuelo".

Con esto, quería referirse Alfie a los muchos colonizadores irlandeses que se encuentran tanto en la Argentina como en la mayoría de los países trasatlánticos.

Irlanda no era tan fácil de olvidar.
"Dime cómo pasas las noches frías", leemos en una carta dirigida a su madre. "¿Tenemos todavía mucha turba en' el patio? ¿Se ve brotar ya la hierba? ¿Y levanta el viento de marzo olas en los campos, como la tempestad en un lago?"

Todo lo quería saber. Él, que "bajo cualquier cielo se encontraba como en su casa", según había escrito una vez, estaba enraizado en el suelo patrio con todas las fibras de su corazón. La sencilla mujer de Tullamore, que leía y releía cada carta de su hijo y hasta se las sabía de memoria, se enteró de muchas cosas que debían parecer singulares y extrañas.

"Tengo una nigua en mi pie. Es éste un pequeño insecto que se incrusta entre la piel y se convierte después en un gusano. Al principio creí que sería un mosquito".

La nigua o nihua es conocida perfectamente en toda América del Sur; es una especie de pulga de arena que se mete entre las uñas de los dedos del pie y allí pone sus huevos. El "gusano" del que habla Alfie es la larva del insecto. Si no se la descubre a tiempo, produce dolorosas inflamaciones.

A Alfie no se le pasaron inadvertidas las cosas pequeñas de la vida; pero tampoco éstas le hicieron olvidar las grandes.

En sus viajes observó la indigencia religiosa que latía en todas partes. Era cierto que ahora trabajaban dos enviados en el Brasil y que, por Seamus Grace, se oían cosas maravillosas de Venezuela, Colombia y las pequeñas Repúblicas de la América Central; pero, ¿acaso fueron éstas sólo gotas en el océano?

El Nuncio Apostólico de La Paz escribió varias veces a Alfie y le pidió que fuera a Bolivia. "El país lo necesita a Ud. ahora", le dijo: "mañana puede ser tarde". Esto era estremecedor; pero, ¿no le necesitaba la Argentina con el mismo apremio y quizás todavía con mayor urgencia?

Alfie escribió una y otra vez al Concilium de Dublín: "¡Enviad más legionarios! ¿No tenéis a ninguno? ¡Nosotros necesitamos aquí muchos más!"

Era más fácil decir esto que hacerlo. La Legión de María no es una Orden Religiosa que pueda mandar a sus miembros a cualquier país. Ella debe esperar a que se le presenten personas adecuadas. Puesto que rehúsa, por sistema, obligar a cualquiera a que abandone un empleo o una carrera, surgen ulteriores dificultades; además tampoco dispone de recursos, para enviar a un número ilimitado de enviados.

A pesar de esto, las súplicas de Alfie no debían quedar sin resultado. Se puso muy contento al saber que una muchacha de Wales, Oonagh Twomey, se había ofrecido como enviada y que pronto iría a Sudamérica, probablemente a Bolivia.

"Enviadla primero a Buenos Aires", escribió. Yo la acompañaré luego a Bolivia y le enseñaré algunas cosas".

Alfie no conocía una humildad falsa; él sabía muy bien que su experiencia como enviado podía prestar valiosa ayuda a cualquier principiante.

Como en todas partes, contribuyó eficazmente a formar a los legionarios y a capacitar a cada uno de ellos en la técnica de las visitas domiciliarias. Cuenta que a veces hacía visitas domiciliarias durante diez horas al día. Cuando los legionarios daban con un pecador empedernido, entonces recurrían a Alfie.

Si el tiempo se lo permitía, notificaba gustosamente a Dublín los casos más interesantes de apostolado. Una vez contaba de cierto hombre, que llevaba casado civilmente catorce años y que tenía varios hijos, pero que se resistía obstinadamente a casarse por la Iglesia. Como siempre, se pidió a Alfie que lo fuera a visitar. Señaló al hombre la responsabilidad que tenía de su mujer y de sus hijos, pero éste no se dignó contestar ni lo más mínimo. Entonces le habló de la salvación de su alma, le mencionó la eternidad y las postrimerías y sólo recibió la réplica: "¡Bah, eso son cuentos!".

Por fin le preguntó Alfie: "Si Ud. no quiere legitimar su matrimonio por todas estas razones, ¿lo haría por amor a la Virgen?"

Admirado se quedó Alfie cuando obtuvo esta respuesta:
"¡Sí, eso ya es otra cosa!".

Con motivo de este suceso, Alfie intercaló un tema muy espinoso, a saber, la devoción puramente sentimental y adogmática a la Madre de Dios, en muchos hombres del continente sudamericano. También en nuestras latitudes se trae frecuentemente a colación, que muchos pueblos de Sudamérica no conservan, de todo el catolicismo, más que la devoción a María. Este hecho, en sí exacto y deplorable, se toma como pretexto para subestimar el culto mariano en cuanto tal, lo que supone una errónea desviación hacia la dirección opuesta. Ciertamente es triste que existan hombres alejados de la Misa y de los Sacramentos; quizá lleven una vida pecadora, pero rezan devotamente a la Madre de Dios. ¿Sería mejor que ni siquiera hicieran eso?

Alfie se enfrentó con este problema a cada paso. Muchos misioneros lo discutieron con él.

"El remedio que se usa contra esta delicada situación es sencillamente, el siguiente: ¡A los fieles no se les habla de María!" Todo legionario coincidirá con Alfie en que de este modo no se ponía fin al mal. Él, en cambio, propuso lo contrario, o sea, conseguir que los fieles conocieran la "verdadera devoción a María", según San Luis María Grignion de Montfort. Esta les haría comprender el puesto de María en la economía de la salvación y de este modo se adquiriría paulatinamente una justa comprensión de la cuestión.

El verano, una vez más, había entrado en su patria; es decir, en la Argentina era invierno. El 21 de junio escribió Alfie desde Buenos Aires: "No creí que el frío pudiera ser tan frío". Ya estaba muy acostumbrado al clima tropical.

Al norte de la nación la situación era muy favorable. El Arzobispo de Salta tenía un gran concepto de él. Pudo morar en el Palacio Arzobispal, hacer todas sus comidas en compañía del prelado y hablar con éste de los muchos problemas que a él llegaban de todos los lados. El Arzobispo confió también sus serias preocupaciones al joven: En Salta, el cincuenta por ciento de los casados no habían contraído matrimonio y el número de los católicos prácticos era el de un doce por ciento.

Qué opinión se mereció Alfie del Arzobispo, nos lo dice una sobrina de éste que, juntamente con la madre de ella, se encargaba de llevar la casa:
"Vamos a tener un huésped", le dijo el Arzobispo a su sobrina, cuando Alfie estaba próximo a llegar a Salta.
"Pues, ¿quién viene?"
"Para mí, un santito", fue la respuesta.

Desde Salta se dirigió Alfie, todavía más al norte, a las fronteras bolivianas. Las ciudades de Tartagal, Orán, Tabacal y Pichamal tuvieron pronto varios Praesidia.

En un de esos viajes, formó también Alfie un grupo entre los emigrados alemanes. Se presentaron diecisiete, número no despreciable. Con todo, criticaron cada uno de los puntos del Manual y la reunión finalizó alrededor de la medianoche después de mucho discutir. Alfie soportó pacientemente el diluvio de preguntas y objeciones, pero en su interior no comprendía una actitud tan hipercrítica.

El tercer aniversario del año que partió desde Irlanda, el 16 de julio de 1957, lo pasó Alfie en medio del más activo trabajo.

"En vez de viajar, como antes, muchas horas en avión", escribió a casa, "recorrí a pie los 20 Kms. que haya Pocitos y regresé de nuevo".

Cuántas marchas forzadas de esta clase hizo en el transcurso de su actividad, sólo en el Cielo estarán escritas. De no haber sido precisamente el aniversario de su misión, nada hubiéramos sabido de lo que en este día había hecho.

Un gran dolor le sobrevino en aquel verano: Su más querido y admirado amigo Seamus Grace, que había realizado tan grandes obras en los tres últimos años, terminaba su misión como enviado y regresaba a Irlanda.

En ese año de 1957, se abrió el proceso de beatificación de la primera enviada al este de África, Edel Quinn, doce años solamente después de su muerte. Alfie profesaba un gran afecto a esta heroica muchacha, lo que notaron todos los legionarios. Cuando hablaba de Edel lo hacía casi con efusión. Contaba una vez, cómo en una situación difícil le había hecho una novena y había sido escuchado en todas sus peticiones.

Noticias consoladoras llegaron también del Ecuador, país de sus primeros esfuerzos independientes.

"Todas las cartas del Ecuador hablan de milagros de la gracia", escribió a casa.

En Ambato, primera diócesis en la que él había fundado la Legión de María, fue celebrado un Congreso de esta Asociación bajo la presidencia del Obispo de allí, Mons. Echeverría. Su Santidad Pío XII, se dignó mandar al Congreso un mensaje propio, en el que calificaba la Legión de María de "apostolado mariano tan exquisito".

Tales cosas hacían olvidar a uno las horas empañadas de tristeza.



La Legión en Paraguay




Oonagh Twomey fue destinada a Bolivia, en donde más de seis obispos habían pedido con urgencia un enviado de la Legión. Se dirigió inmediatamente en barco a Río de Janeiro, en donde Mary Clerkin la recibió, y luego siguió en avión a Paraguay.

En este país habían surgido, hacía poco, espontáneamente algunos grupos de la Legión en la parroquia de los Padres Redentoristas de Asunción, la capital. Era importante estimular y orientar a estos grupos y, tal vez, para una ulterior expansión. De aquí que Alfie hubiera recibido la consigna de encontrarse con Oonagh en Asunción, desde donde debía continuar viaje, después de una larga permanencia en la capital paraguaya, a su propiamente país de destino, Bolivia.

¡Qué feliz fue Alfie al recibir esta ayuda "de casa"! Suspiraba por iniciar a Oonagh en el trabajo y por comunicarle parte de su rica experiencia.

Juntamente con algunos legionarios de Asunción, salió Alfie al aeropuerto para dar la bienvenida a la viajera. ¿Cómo sería Oonagh? ¿Alta o baja, morena o rubia, delgada o llenita?

El avión de Río tomó tierra y se dirigió lentamente hacia el edificio principal del aeropuerto, ante el cual se detuvo. La escalerilla fue aproximada al avión y se abrió la portezuela. Muchos eran los ojos que, con la más fija mirada, aguardaban la aparición de la viajera, pero nadie estaba tan atento como Alfie.

"¡Esa es ella! ¡Esa debe ser!", exclamó de pronto, cuando se hizo visible una simpática muchacha de vestido verde claro. Alfie escribió expresamente a Irlanda, que Oonagh llevaba un vestido verde; el verde era el color nacional irlandés. Aunque Oonagh no era oriunda de dicha nación, sino de Wales (Inglaterra), Alfie consideró precisamente el vestido verde, como una atención hacia él. Otra alegría más, experimentada por Alfie, fue que Oonagh tenía exactamente la misma edad que él, por lo que muy pronto ambos congeniaron magníficamente. Conservamos una fotografía de aquel recibimiento: Alfie lleva galantemente, a Oonagh, la cartera de viaje, mientras el Director Espiritual de la Curia de Asunción y ocho legionarios sonríen satisfechos.

¡Qué alegría daba tener ahora una aprendiz con la que se pudieran compartir todas las experiencias costosamente adquiridas!

Los dos enviados hicieron inmediatas gestiones para poder ser recibidos en audiencia por el Arzobispo de Asunción, lo que les fue gustosamente concedido. El prelado les otorgó el permiso de instituir la Legión de María en todos los lugares de la diócesis, y se despidió de ellos con el deseo de que la expansión de esta forma de apostolado seglar se realizara pronto, no sólo en el obispado, sino también en todo el territorio.

Providencialmente, al día siguiente, se celebraba la Conferencia Mensual de los Arciprestes de Asunción en el Seminario Conciliar. Alfie fue invitado a hablar ante los sacerdotes sobre la Legión de María. Más de diez expresaron su voluntad de fundar Praesidia y se sirvieron de los dos enviados para que les ayudaran. También habló Alfie a los seminaristas.

Como era natural, se entrevistó asimismo con el Nuncio Apostólico, quien le manifestó que Paraguay necesitaba mucho de la Legión de María.

Lo más importante era visitar inmediatamente a los Praesidia de Asunción, para animarlos y dejarlos definitivamente constituidos. Los siete grupos de la ciudad, así como la Curia, pertenecían a una sola parroquia, que estaba regentada por Padres Redentoristas americanos. Uno de estos Padres, que había conocido en su Patria a la Legión, fue el fundador de dichos grupos, pero había sido trasladado, hacía poco, a otro lugar. Ninguno de sus hermanos de hábito conoció de cerca esta forma de apostolado y, debido a ello, quedaba la Legión en una crisis.

Para regocijo de los dos enviados, entre las legionarias de Asunción se encontraban algunas muy valiosas, que estaban inmediatamente dispuestas a colaborar en la propagación de la Legión. Oonagh fue con algunas a la vecina diócesis de Villarica, mientras Alfie fundó con las restantes les nuevos Praesidia de Asunción.

El tiempo transcurría velozmente y se avecinaban las Navidades de 1957. Los dos enviados decidieron pasar juntos estas fiestas, y, puesto que Mary Clerkin estaba al sur del Brasil, no lejos de la frontera, se entrevistaron también con ella. Concertaron celebrar una conferencia cumbre legionaria en la "convergencia de los tres países", esto es, en la ciudad, limítrofe, brasileña de Iguazú, en donde se tocan Brasil, Paraguay y Argentina. El río de igual nombre, que riega la ciudad, forma no lejos de ésta, la catarata de Victoria, que puede compararse en grandiosidad con las famosas del Niágara, a pesar de no ser tan visitada por los turistas como éstas últimas.

¡Qué horas más amenas y libres de cuidados pasaron allí juntos nuestros tres jóvenes héroes!

Hubo relatos y cambio de impresiones; Oonagh tenía grandes deseos de aprender. También hubo horas de solaz y alegría, contemplando el maravillosa paisaje. Se sacaron fotografías y los más bellos momentos quedaron grabados en celuloide; en él vemos a Mary, Oonagh y Alfie, cada uno por separado, y luego a los tres juntos, teniendo de fondo la gran cascada.

De Irlanda, habían llegado incluso golosinas, propias de Navidad.

"¡Qué buenas Navidades hemos pasado!", escribió Alfie a un amigo. "Hemos hablado de la patria, de nuestro trabajo y de todo lo que aún queda por hacer; y para eso, ¡disponemos de tan poco tiempo, de tan poco tiempo...! Nuestro estado de ánimo era, gracias a Dios, alegre. Y a mí me gusta esta vida. Me gusta el viajar, no por conocer nuevas ciudades, sino porque sé que hay mucho que hacer en ellas.

¿No es triste que tantos hombres en el mundo no tengan alguna vez una pequeña golosina de Navidad, como nosotros la tenemos, para endulzar un poco su vida? Y, sin embargo, si sólo tienen la gracia, ¡ya son ricos!"

Por vez primera se toca aquí, en las cartas de Alfie, un tema que no dejaría de salir a relucir.

"¡Tenemos tan poco tiempo, tan poco tiempo...!" ¿Sabía él cuán poco tiempo tenía en realidad?

En Navidades recibió felicitaciones de los Nuncios Apostólicos de Colombia, Ecuador y Perú, así como una tarjeta del Presidente de la República del Ecuador, Camilo Ponce. Esto demuestra el gran aprecio de que era objeto.

Después de las fiestas, llegó a la Argentina un seminarista de Panamá, para ayudar a Alfie en sus tareas de apostolado.

La Legión se propagó rápidamente. El Arzobispo de Asunción se mostró como fiel amigo y protector. En cierta ocasión, invitó a Alfie y a Oonagh a visitar con él a un párroco, al que había encarecido vivamente que fundase, cuanto antes, en su parroquia un Praesidium.

En enero de 1957, Alfie pudo todavía instituir en Asunción una segunda Curia, a la cual pertenecían doce Praesidia; además, fue con Oonagh a Villarica, en donde ambos fundaron asimismo una Curia.

Cuando abandonaron el país, regaló el Arzobispo de Asunción su fotografía a Alfie, con la siguiente dedicatoria: "A Don Alfonso Lambe, con nuestra bendición pastoral y nuestro reconocimiento del apostolado por el que él trabaja,
+ Aníbal Mena Porta Arzobispo de Asunción".

Algunos meses más tarde, el nuevo Obispo Auxiliar de Asunción, Mons. Bogarin, hacía la promesa legionaria en el día de su consagración episcopal. Alfie no hubiera podido desear ciertamente, un final más bello de su actualidad en Paraguay.



Encuentro con antiguos amigos 
Bolivia





Seamus había, regresado mientras tanto a Dublín y se había casado con una legionaria. Alfie se llevó una desilusión al ver que su amigo no había podido ir al Ecuador. Por eso, pidió permiso al Concilium para marchar a esta nación. ¡Era tan necesario visitar de nuevo a la Legión de allí!

Voló sobre Asunción y La Paz, en donde se detuvo por algunos días.

"Durante las primeras horas en La Paz, por poco me muero de frío", relata. "Mi sangre se había acostumbrado al calor de Asunción".

Lo que debió significar el cambio constante de clima y temperatura para un organismo que estaba ya minado por una traidora enfermedad, se comprende fácilmente.

En el Ecuador permaneció cinco meses (y tuvo meses de casi pura alegría). La cosecha había resultado admirable.

En todas partes había aumentado el número de Praesidia (y no sólo su número, sino también su celo).

La nación contaba ahora con cuatrocientos grupos. También habían sido creadas nuevas Curiae.

Todos los viejos amigos querían ver a Alfie, estrecharle la mano, preguntarle cómo se encontraba y confiarle sus preocupaciones y problemas.

Los obispos se alegraron mucho de volverle a ver. El Obispo de Riobamba, Mons. Proaño, por ejemplo, era Director Espiritual de no menos de tres Praesidia, y también de la Curia. Manifestó que la Legión de María hacía un gran servicio a la Iglesia, porque movía a los sacerdotes a explicar la doctrina del Cuerpo Místico de Cristo y enseñaba a los fieles lo que es la verdadera devoción a María.

En Loja le aguardaba a Alfie una sorpresa. La ciudad tenía un nuevo Obispo, precisamente el antiguo Director Espiritual de uno de los primeros Praesidia. Dicho prelado no necesitó ser convencido de la valía de la Legión. El mismo estaba organizando en su diócesis una magnífica campaña de propaganda.

En Cuenca, asistió Alfie a la llamada Acies, renovación anual de la consagración a María, en la que estuvieron presentes los Arzobispos de Cuenca y Guayaquil.

La Curia de Ambato había sido elevada al rango de Comitium y tenía ahora a su cargo cinco Curiae y dieciséis Praesidia.

En Quito, fue celebrado un Congreso de los que suelen tener de vez en cuando los consejos de la Legión y en los que se presenta a discusión general, un tema. El tema de aquella conferencia, en la cual tomaron parte 190 legionarios, fue ésta: "El Cuerpo Místico de Cristo".

En su camino hacia el norte del país, Alfie dirigió su marcha a través de El Oro, en la costa del Pacífico del Ecuador, en cuyo puerto estaba un barco noruego. Inmediatamente hizo una visita a bordo. Toda la tripulación era protestante, pero fue acogido con gran amabilidad.

Una desgracia cubrió de tristeza la permanencia de Alfie en el tan querido país: El Obispo de Ambato, Mons. Echeverría, su fiel y paternal amigo, fue víctima de un accidente automovilístico. La madre del prelado, que iba igualmente en el coche, ofreció su vida a Dios para que se salvara la de su hijo. Y, en efecto, la valerosa mujer no tardó en sucumbir a sus heridas, mientras el Obispo se restablecía de ellas.

Por lo que respecta a la Legión, Alfie tenía muchas más alegrías que preocupaciones.

"En poco tiempo la Legión ha logrado ser el movimiento católico más significativo de la nación", escribió a Dublín; "esto es más digno de mención si tenemos presente que el clero, en su mayor parte, es ecuatoriano. Apenas hay aquí sacerdotes extranjeros.

Si la Legión, durante los próximos cinco años, sigue trabajando por el recto camino, entonces el Ecuador estará en las mejores condiciones para convertirse en un auténtico baluarte de la Iglesia Católica en Sudamérica".

Después de una semana en el Perú, durante la cual Alfie asistió "únicamente" a la reunión del Comitium, a tres juntas de Curiae y a doce asambleas de Praesidia, prosiguió a Bolivia. Le acompañaron en su viaje y le ayudaron en su trabajo algunos seminaristas de Quito.

En La Paz no fue necesaria la intervención del decidido grupo; había ya una Curia muy activa e incluso trabajaba allí Oonagh. En cambio, se insinuó a Alfie que probara su suerte en Oruro. Esta ciudad, situada a 4000 metros sobre el mar, es el centro de la minería y, por lo mismo, está principalmente poblada de mineros, que extraen del suelo andino-boliviano las más estimables riquezas: metales preciosos, antimonio, zinc, volframio. La ciudad es considerada como un reducto del comunismo.

Era una tarea al estilo de Alfie. Escuchémosle: "Ayer visité a algunas familias comunistas. En uno de los casos, dos hijas, que eran obstinadas bolcheviques, ejercían cátedra en importantes centros docentes. Toda esta gente profesa el comunismo, porque nadie sabe lo que es el catolicismo. Toda la juventud se ha declarado en rebeldía contra la Iglesia y, en cierto modo, se podría decir que con razón. Su rebeldía, en efecto, no va propiamente contra la Iglesia como tal, sino contra una serie de cosas que suceden en nombre del catolicismo. Las dos muchachas, que acabo de mencionar, prometieron ayer que irían a Misa. Si la Legión trabaja semana has semana, en Oruro, será posible que la mayoría de estas personas retorne a la Iglesia y a los Sacramentos. Tan sólo se precisa enseñarles lo que es el verdadero catolicismo".

Más de dos semanas permaneció Alfie en Oruro y durante este tiempo fundó diez Praesidia. Como era costumbre, acompañó a cada uno de los miembros de estos grupos en las primeras visitas a domicilio. También pudo visitar a las escuelas de la ciudad y en ellas comprobó, para pena suya, que los alumnos de otras religiones estaban mucho más convencidos de sus creencias que los católicos. Pero la Legión ¡ya sabría solucionar esto con el tiempo!

Los informes de Alfie a Dublín eran siempre breves y concisos. Se disculpaba así: 
"¡Tengo correspondencia con tantos sacerdotes y legionarios del Ecuador, Perú, Argentina y Paraguay...!" 
Y añadía: 
"No puedo abandonar mis actividades de enviado en donde ahora tanto se debe trabajar." Este "ahora" lo había subrayado Alfie.



La conversión de Rusia




Alfie debía regresar urgentemente a la Argentina. Cuatro obispos le habían escrito y pedido su visita. El Obispo de Viedma (Patagonia) se había ofrecido incluso a costear todos los gastos de viaje de Alfie.

Retornó, pues, a la Argentina y se lanzó a desplegar una enorme actividad con el entusiasmo que era habitual en él.

Se hubiera podido pensar que estos, en verdad sobrehumanos, esfuerzos reclamaban continuamente a Alfie de tal manera, que él no tenía para otras cosas ni tiempo, ni interés. Sin embargo, no era así. Hemos hecho alusión ya, a cómo Alfie supo evadir el peligro de dejarse dominar por el trabajo; siempre fue el señor de la situación, siempre pudo frenarse a sí y a sus nervios.

Cuando estaba en Buenos Aires, se hospedaba en casa de una legionaria, que le prestaba el apartamento y pasaba esos días en casa de su hermana.

Después de oír misa temprano, iba al café, en donde tomaba su desayuno y leía la prensa del día. Alfie concedía mucha importancia a estar siempre al corriente de los acontecimientos políticos, y culturales. Con su inteligencia, agudizada por la fe, este joven sabía muy bien que la historia es siempre, en definitiva, historia de la salvación; a la luz de esto, seguía cada suceso con vivo afán.

No pensaba sólo en su inmediato campo de apostolado, o en el continente americano. Su interés se extendía a todo el mundo, lo cual significaba que su celo apostólico también abrazaba a toda la tierra.

En América del Sur trabajaban ahora, además de Alfie: Oonagh Twomey, Mary Clerkin, Joaquina Lucas y otros dos enviados más, que ejercían su actividad en Méjico y en América Central. Un amigo de Alfie, Patrick Stenson, había ido, hacía poco, a África, en la que ya actuaban algunos enviados. Tampoco se debían olvidar los países asiáticos, ni pasar por alto a la vieja Europa, en donde casi todas las naciones habían tenido su propio enviado. Pero, ¿qué se hacía con la inmensa Rusia? El pensamiento de este territorio, en el que los hombres debían de estar tan hambrientos de Dios, ya no abandonó a Alfie, sino que fue precisamente para él como una obsesión.

Ya en marzo de 1956, había comunicado al Sr. Duff que estaba aprendiendo ruso. Se había procurado un curso fonográfico y, de este modo, mediante libros y discos, pudo conocer por sí mismo el idioma. Adelantó tanto, que, según manifestación propia, dominaba mucho mejor el ruso que el español cuando arribó a Sudamérica.

Pero esto no era todo. En Buenos Aires existía una gran colonia rusa. Eran, en su mayoría, rusos blancos emigrados. Alfie consiguió ponerse en contacto con algunos de ellos y granjearse su amistad. Así tuvo ocasión de practicar y perfeccionar sus conocimientos de ruso.

El primer paso fue procurar la traducción a este idioma del Manual de la Legión. Esta tarea había sido ya, muchas veces, emprendida. En París radicaba un Praesidium de lengua rusa y también en los Estados Unidos se hicieron ensayos en este sentido.

Pasó largo tiempo antes de que Alfie encontrara un traductor adecuado; luego, cooperó en el trabajo tan bien como podía. Instruyó a sus amigos rusos en el sistema de la Legión. Indudablemente, Alfie se preparó a ejercer una actividad, propia de enviado, en la Unión Soviética.

Finalmente, no quedaba más por hacer, que la realización práctica. Alfie fue a la Legación rusa y preguntó con arrojo si podía adquirir un visado. Se le dijo que únicamente podría ir a la Unión Soviética en un viaje organizado colectivamente, pero no solo.

"Si yo consigo de la Legación rusa un visado", escribió al Concilium, "¿me dejarían Uds. marchar?"

Alfie había pensado en todo. En su actual pasaporte constaba su actividad misionera. En el caso de un viaje a la Unión Soviética, quería procurarse un nuevo pasaporte, en el que se indicara su profesión como "estudiante".

Entabló una larga correspondencia. El Concilium opinó razonablemente, que un viaje colectivo a Rusia sería muy caro, debido a la gran distancia; y que apenas habría ocasión de practicar la más mínima labor apostólica. Se citó el ejemplo de una joven estudiante irlandesa que hablaba con igual facilidad el ruso, y que, hacía poco, había ido a Moscú en un viaje colectivo y no había podido relacionarse con el pueblo.

Alfie no se dejó, sin embargo, convencer tan fácilmente. Sus cartas fueron cada vez más apremiantes.

"Si nada hacemos con respecto a Rusia, entonces es como si implícitamente reconociéramos que existe una dificultad a la cual no podemos vencer. Esto sería una falta de confianza en Dios y en su Santa Madre.

Si decimos que el tiempo no es propicio, esto casi implicaría que nosotros culpábamos a Dios de que nada le importa la salvación de las almas de la generación presente. Si siempre aguardamos, nos moriremos y el trabajo quedaría sin hacer, hasta que otros lo realicen".

El Sr. Duff se debió seguramente sonreír cuando recibió estas líneas, pues, lo que Alfie expresaba en ellas eran los pensamientos que él mismo había insertado en el Manual de la Legión de María y en muchos artículos. La Legión cree firmemente en la palabra del Evangelio de que, para Dios, no hay nada imposible: entre los miembros existe la persuasión de que toda imposibilidad se puede dividir en treinta y nueve grados todos y cada uno de los cuales son posibles. Si nosotros tachamos algo de imposible, creamos con ello los supuestos sicológicos que lo hacen, precisamente, imposible. Si damos valientemente el primer paso, aunque en ese momento sea muy pequeño y parezca incluso que carece de sentido, entonces se nos mostrará un segundo paso y después un tercero, hasta que, finalmente, encontramos el medio de hacer posible lo imposible.

No era, sin embargo, voluntad de Dios que Alfie fuera a Rusia.

Pero él no era hombre que, por la paloma que estaba en el tejado, olvidara a los gorriones que tenía en la mano.

Como se recordará, la Legión de María tiene la facultad de fundar Praesidia entre los cristianos ortodoxos o de recibir ortodoxos en sus grupos católicos. Alfie se relacionó en seguida con el Obispo local de los fieles ortodoxos que vivían en la Argentina y lo conquistó rápidamente en favor de la Legión. Varios meses duraron los preparativos; primero se creyó que Alfie fundaría un Praesidium católico de lengua rusa; luego prevaleció de nuevo la esperanza de instituir un grupo ortodoxo.

Sólo el Cielo sabe cuánto esfuerzo y trabajo fueron necesarios, para que al fin, el 12 de diciembre de 1957, se celebrara la primera junta de un Praesidium ortodoxo. Era un Praesidium de sólo hombres y todos los miembros eran sirios.

El Arzobispo ortodoxo asistió a esta primera junta y pronunció la Allocutio, breve discurso que en cada reunión se dirige a los miembros, para dar les una buena formación espiritual.

"La Legión de María es una bendición del Cielo y un instrumento, evidentemente providencial, de una verdadera Iglesia", dijo el Arzobispo. Luego, enalteció con grandes elogios a la Legión, "porque ella sabía forjar a hombres como el Sr. Lambe".

Era la coronación de prolongados esfuerzos, pero también un nuevo comienzo. Alfie invitó en seguida a sus hermanos ortodoxos, a hacer propaganda para la Legión entre sus correligionarios y les señaló la responsabilidad que tenían de difundir desde ahora dicho movimiento.

"Nosotros estamos separados unos de otros, por eso hacemos tan poco bien", le dijo un legionario ortodoxo. Los cristianos ortodoxos estaban desunidos entre sí: sirios, rusos, ucranianos, griegos; todos formaban grupos pequeños, aislados unos de otros. La Legión de María debía enseñarles a pensar en términos de amplia visión católica.

Alfie animó a un legionario romano, a quien había conocido en Buenos Aires, a que tradujera a su lengua nativa, el Manual de la Legión.

Estaba lleno de planes; el mundo era, en verdad pequeño.



El triunfo en la Argentina




La ciudad de Buenos Aires, con cuatro millones de habitantes, constituía una sola diócesis. Se hacía, pues, muy difícil atender debidamente a un obispado tan extenso. Se decidió, por eso, dividirlo en varios sectores: El Arzobispo de Buenos Aires abarcaría el núcleo central de la ciudad, mientras que en las demarcaciones circunvecinas se crearían cuatro nuevas diócesis. Una de ellas tenía a un salesiano por Obispo, el cual se había mostrado favorable a la Legión desde hacía años. Al momento dio el permiso para que ésta fuera instituida.

Inmediatamente se fundaron Praesidia que, como siempre, hicieron un excelente papel; al poco tiempo, pudo ser instituida una Curia, que tanto se distinguió por su celo, que, cada semana, creaba unos o dos Praesidia más. Los legionarios de estos nuevos grupos trabajaron en Lomas de Zamora, uno de los recientes obispados erigidos en los alrededores y que comprendía un barrio muy industrial de Buenos Aires. Todos los legionarios eran aquí obreros y se decidieron resueltamente a efectuar las visitas domiciliarias en sus colonizaciones "rojas". El éxito no se hizo esperar.

También los otros dos Obispos de las diócesis colindantes procuraron fundar inmediatamente grupos de legionarios; el éxito era demasiado ostensible para no querer reconocerlo.

En un año fue rodeado del núcleo central de Buenos Aires, de una corona de florecientes Praesidia y Curiae, pero aún faltaba el permiso para trabajar en el centro de la ciudad.

Cuando un día Alfie se disponía a ir de viaje, se encontró en la estación con el Arzobispo.

"¡Ah!, dijo en tono de exclamación al joven irlandés, "¡ya veo que Ud. está decidido a cercar la capital federal!"

"Sí, es cierto", repuso Alfie, "y espero confiadamente que la capital federal no tardará en pertenecer a este cerco".

El 9 de diciembre de 1957 le fue concedida la autorización a Alfie, para que instituyera la Legión de María en la capital federal de la Argentina.



Empieza el trabajo en Uruguay




Con el comienzo del año 1958 se lanzó Alfie, como siempre, a desarrollar una actividad extenuante. Las invitaciones se multiplicaban, las exigencias eran cada vez más poderosas.

Él quería, ante todo, llevar a cabo la visita que, desde hacía tiempo, había proyectado hacer a Uruguay. Así pues, el 20 de enero de 1958, mandó por vez primera una serie de grupos de propaganda a las distintas zonas de la Argentina, sin que él participase en la acción; Alfie se dirigió a Uruguay.

Este país, el más pequeño del continente sudamericano, que se halla situado al norte de la desembocadura del río de La Plata, tiene el más alto grado de civilización y ejerce un formidable influjo en las demás naciones iberoamericanas. No en vano se encuentra el centro de propaganda de la URSS para toda Sudamérica, en Montevideo, capital de Uruguay.

También allí tenía la Legión de María, al principio, una posición difícil. Salvo algunos grupos de la capital, que en su mayor parte habían sido organizados por misioneros extranjeros, no había absolutamente nada.

Al norte del país, en la diócesis de Salto (no se confunda con Salta, en el norte de la Argentina), vivía, hacía tiempo, una familia emigrada de Austria: el conde Auersperg con su mujer y sus cuatro hijos. Un pariente del conde era director legionario en Viena. Había enviado hacía ya años, a Uruguay, libros y escritos sobre la Legión. La agraciada e inteligente dama estaba cautivada por este apostolado. Los dos se dirigieron a su Obispo pidiéndole les autorizara para instituir la Legión, pero sin resultado. Entonces, toda la familia, incluidos los niños, se constituyeron en miembros auxiliares de la Legión. Todos los días rezaban fielmente sus oraciones y, en su parroquia, trabajaban cuanto les era posible. La señora, particularmente, realizó una labor heroica y la ofrecía toda en favor de la Legión de María.

Por cierto, las constantes oraciones y sacrificios de esta pía mujer contribuyeron mucho a obviar dificultades y a preparar el camino a la Legión.

Como siempre hacía Alfie cuando llegaba a un nuevo país, su primera visita fue al Nuncio Apostólico. Siempre podía contar con él como aliado. Tampoco en la presente ocasión sufrió un desengaño. El Nuncio de Uruguay había conocido, en París, a la Legión de María. Muchas veces la había recomendado a los sacerdotes de Montevideo, pero ellos nunca se decidieron a instituirla, quizá porque carecían de personal propio para ocuparse de esta cuestión y para cooperar activamente en la fundación.

El Arzobispo de Montevideo otorgó gustosamente el permiso a Alfie para establecer la Legión. Una vez más pudo presentarse en una reunión de sacerdotes y hablar allí sobre la Legión de María. En seguida recibió una serie de invitaciones. Más tarde visitó a algunos otros párrocos y todos ellos le dispensaron un excelente recibimiento.

También acudió Alfie a los conventos. Fue acogido amablemente por los Padres Pasionistas, entre los que pudo formar pronto un Praesidium. Luego, se enteró de que los Hermanos Cristianos de Irlanda tenían en la ciudad una casa.

Se dirigió, pues, a ella y preguntó por el Superior. Le hicieron pasar a un recibidor y le mandaron sentarse. En los conventos hay que esperar, frecuentemente, algún tiempo a que aparezca la persona deseada.

Chirrió una puerta y Alfie se volvió. "Hermano Superior... "
"¡Alfie!"
¿Sería posible? El que estaba delante de él, era su antiguo profesor de Física del convento de Dublín. ¡Cuánto tenían que contarse! En medio de Sudamérica, había encontrado Alfie un pedazo de su patria. Huelga decir que también fundó pronto un Praesidium en la casa de los Hermanos Cristianos.

Alfie no podía permanecer largo tiempo en Uruguay; ahora que le estaba permitido actuar con libertad en la Argentina, tenía allí su trabajo, apremiantes exigencias. Por otra parte, no podía abandonar el tan esperado comienzo en Montevideo; había fundado ya, en dicha ciudad, ocho Praesidia y otros estaban en perspectiva. Así, terminó por desplazarse continuamente de un país a otro. Todavía asistió a la primera Acies de Montevideo. Diez Directores Espirituales tomaron parte en ella. El 15 de junio de 1958, fue erigida la primera Curia con veintitrés Praesidia. Los informes de cada uno de los grupos fueron más que estimulantes. Así, por ejemplo, se había formado un Praesidium que quería trabajar, particularmente, por la conversión de los judíos. Uno se había ya convertido y otros doce mostraron interés. Poco después se fundó también un grupo para el apostolado entre mujeres públicas.

La familia Auersperg había oído que estaba en el país un representante del Concilium y en seguida trató de ponerse en comunicación con él. Nada más llegar, tuvo Alfie una llamada telefónica. Los interlocutores quedaron en verse y el matrimonio visitó a Alfie en Montevideo. Le hablaron de sus esfuerzos, de los muchos miembros auxiliares que habían conquistado y también, de la actitud de su Obispo.

Alfie tenía el don de ser muy comunicativo, pero, a esta familia se sintió particularmente unido, porque compartía en todo, con él, sus ideales.

Desde entonces, acudía cada mes a la reunión de la Curia en Montevideo. Allí experimentó muchas alegrías.

Un adicto ferviente de la Legión, Mons. Corso, fue nombrado, en el otoño, Obispo Auxiliar de Montevideo. Al igual que otros prelados sudamericanos antes que él, hizo públicamente promesa legionaria, en el día de su consagración episcopal.

Poco a poco fueron abriendo sus puertas a la Legión de María los otros obispos del país y, después de algunos meses, se decidió también a hacer lo mismo el Obispo de Salto. Los Auersperg eran felices, en especial doña Gitta, quien mostró vivo interés por que Alfie fuera para fundar los primeros Praesidia; a lo que él accedió con mucho gusto. Se convino en que iría a Salto en la segunda mitad del mes de enero de 1959.

Dios no lo quiso así: En la tierra, estas dos grandes almas no se encontrarían ya más.



Apostolado hasta el final




Ya en febrero de 1958, cuando Alfie regresó por vez primera de Montevideo, debía haber guardado cama durante una semana. La disentería amibiásica que él había contraído en el Ecuador, le hacía sufrir cada vez más. Con frecuencia tenía dolores de estómago. Sus amigos le aconsejaron que se cuidara, pero él siempre respondía:
"¡Ah, ésa es la enfermedad profesional de los enviados de la Legión! Después de unos días a leche, se pasará".

Lo primero era totalmente cierto. El cambio constante de alimentación y de manjares a los que se está desacostumbrado, el hecho de que se toman las comidas con irregularidad y de que se hacen, frecuentemente de prisa, es causa de que muchos enviados de la Legión, pasados algunos años, padezcan del estómago o del hígado. En cambio, no era cierto que Alfie recobrase la salud después de unos días a rigurosa dieta. El trabajo en la Argentina (prescindiendo en absoluto del de Uruguay) comenzaba a restar fuerzas a Alfie.

Por vez primera se quejaba así: "¿No podría yo tener un coche propio? La verdad, ya no sé cómo debo corresponder a las demandas que me llegan de todos los lados. Diariamente salgo de casa a las siete de la mañana y regreso a medianoche".

Se le aconsejó que debía procurar ser "legionario de sillón", es decir, que se limitara sólo a trazar itinerarios y tareas a sus equipos de propaganda, como si desempeñara el papel de general o jefe mayor que dirige el ataque, pero no toma parte activa en él. Pero esto no lo podía hacer Alfie. Los legionarios argentinos eran muy sacrificados. Desde febrero de 1958, tenía tres que estaban a disposición de él en todo momento, para realizar el oportuno trabajo. Diez más esperaban sólo a que se les avisara, para dedicarse por algún tiempo a las faenas apostólicas.

Alfie indicaba a todos ellos las rutas que debían seguir y la obra que debían desarrollar, pero siempre querían que él les acompañara. En todas partes se pedía al "Corderito". Como era natural, él se reservaba las empresas más delicadas o difíciles, como cuando se trataba de conquistar aun obispo, de hablar en un seminario o de convertir a un comunista.

Cuán vertiginoso era el ritmo de los viajes de propaganda, se infiere de un informe que habla de la fundación de veinte nuevos Praesidia en sólo diez días; y en cada fundación, en cada exposición que hacía en favor de la Legión de María, perdía fuerzas, pues únicamente se puede entusiasmar a los hombres, cuando uno se consagra o se dedica enteramente.

Pero Alfie cada vez se sentía más débil, al menos físicamente. "Estoy tan acostumbrado a sentirme cansado, que ya ni siquiera reparo en ello", escribió. Una mañana se desmayó en el cuarto de baño. Esto, empero, no le impidió ir a su trabajo tan pronto como se repuso.

Gran cantidad de nombres nuevos aparecen en sus informes: Mar de la Plata, Concordia, Paraná, Federal, Chajari, Colón, San José, Villa Elisa, Basavillaso, San Roque; la lista se podría alargar a discreción.

Repetidas veces le decían de casa que debía trabajar menos y cuidar su salud. Pero la urgencia de las tareas tiraba siempre por tierra, todos estos planes.

En la capital federal de la Argentina, sobre todo, debían ser fundados los numerosos Praesidia que no habían podido ser creados anteriormente, si bien el párroco deseaba, desde hacía tiempo, valerse de este apostolado. La demanda era enorme. El 4 de agosto de 1958 pudo ser instituida, al fin, una Curia en el núcleo central de Buenos Aires, a la que fueron encomendados 23 Praesidia.

"¡Cuánto he anhelado poder dar esta noticia!", escribió Alfie, lleno de gozo. La nueva Curia fue, desde un principio, extremadamente activa y creció con asombrosa rapidez.

Los éxitos sobrepujaron a todas las esperanzas. En todos los lugares surgió una nueva vida católica. Alegría especial la constituyó la fundación del primer Praesidium en la Universidad de Buenos Aires, sede del comunismo; entre los miembros más fieles de aquel Praesidium, se encontraron pronto algunos comunistas convertidos.

La juventud quiere lucha; quiere un ideal para vivir y morir por él. Cuando el catolicismo se convierte en una especie de piadosa sociedad de seguro a la que se paga como prima el mínimo absoluto de actividad religiosa, para asegurarse en el más allá, "por si la cosa resultara ser verdad", la juventud no tarda en apartarse de esta caricatura de la religión. Si, pues, el comunismo es el único movimiento que osa exigir sacrificio de tiempo y dinero, el único que posee incentivo, pronto conquista a la juventud.

Las reuniones de la Legión en la Universidad de Buenos Aires, eran celebradas en una habitación a la que todos tenían libre acceso. Frecuentemente, los estudiantes iban por simple curiosidad; sobre todo, para divertirse con la "devota asociación"; pero, los que no mostraban su adhesión, desistían al menos de reírse.

Que estas cosas no eran aceptadas, sin más, es fácil de comprender. Los comunistas propusieron la iniciativa de expulsar a aquel "molesto extranjero".

Desde hacía algún tiempo, Alfie recibía llamadas telefónicas. Siempre era una voz de mujer:
"¡No insista! La Legión no podrá ser instituida en Buenos Aires".
"¿Quién es Ud.?"
En lugar de dar una respuesta, la que llamaba por teléfono colgaba el auricular. Al día siguiente se repetía exactamente lo mismo.

Alfie no se dejó impresionar. Siguió trabajando constante y metódicamente; envió grupos y grupos de propaganda e invadió el país de Praesidia.

Sólo sus fuerzas físicas se iban debilitando cada vez más. Se sentía nervioso. Su tensión, ya algo baja, decrecía angustiosamente. A pesar de ello, Alfie no moderó el ritmo de su trabajo; esto no lo permitía él, en manera alguna. En dos días pronunció cuatro charlas.

Escribió lacónicamente: "Cuando hablo media hora, pocas o ningunas fuerzas me quedan. Mi charla a los seminaristas duró dos horas".

¡Si pudiera recibir ayuda! Pidió, pues, urgentemente, que fuera mandado un segundo legionario a la Argentina. Había mucho que hacer y debía hacerse inmediatamente.

Grande fue su gozo al oír que un joven compatriota irlandés, llamado Noel Lynch, se había ofrecido y había sido designado como asistente suyo. Le enseñaría pronto muchas cosas y repartiría la carga.



Madura para la vida y la muerte




La convertida inglesa Janet Erskine Stuart ha dicho una vez: "Cuando más nos adecuemos para la vida, Dios nos deparará la muerte".

Esto puede parecer paradójico, pero encierra una profunda verdad. Cuando nuestras esquinas y cantos estén pulidos; cuando nos dejemos guiar por la gracia de Dios y cumplamos, del mejor modo posible, nuestras obligaciones; cuando, en una palabra, hayamos dominado la vida totalmente; entonces, estaremos maduros para el Cielo.

La santidad de Alfie pasaba tan inadvertida, que había que conocerle muy bien para darse cuenta de ella. En esto están concordes todos los testigos, y ello
Porque era de una naturalidad arrebatadora. La primera impresión que uno se formaba de él, era la de un joven cordial y alegre que siempre estaba dispuesto a la broma.

Su persona entera respiraba modestia. "Llevaba el nombre de "Corderito" no sin razón", dice uno de sus amigos; "era tan manso y dulce como un cordero. Pero tan pronto como abría sus labios, se quedaba uno admirado de lo maduro y metódico que era este joven. Sabía muy bien lo que quería".

A todos agradaba. Quien se encontraba una vez con él, deseaba verle de nuevo. Así era de simpática su manera de ser.

En cierta ocasión fue invitado a una comida oficial. Junto a él se sentó un señor muy regañón, que estaba descontento de sí mismo y de todo el mundo. Por razones de cortesía, se le había invitado, pero a nadie le agradaba, porque nadie se podía poner de acuerdo con él.

Este hombre, que de todos tenía que hablar mal, dijo después del almuerzo a los anfitriones: "¿Quién era ese chico tan simpático que ha estado sentado a mi lado? Me gustaría volverlo a ver".

Los legionarios explotaban de buen grado esta cualidad de Alfie. Cuando no se lograba solucionar un caso difícil, entonces se recurría a él, quien casi siempre, con su bondad, conseguía ablandar al más endurecido.

Nadie le vio nunca enojado o impaciente. Una vez se le pidió intervención de nuevo en un caso difícil. Un hombre había abandonado desde hacía tiempo sus prácticas religiosas. Alfie le visitó varias veces, pero sin ningún resultado; por el contrario, el hombre parecía ponerse cada vez más reacio.

Alfie le dijo, sin muestra de enfado, con su tranquila objetiva manera de ser, pero no sin una cierta tristeza:
"Le aviso: Si Ud. prosigue así, se condenará". Esto hizo más que una fuerte reprimenda.

Qué impresión producirían en los hombres sus ejemplos y palabras, nos lo dice una maestra de Salta. Cuando le conoció, ella no pertenecía todavía a la Legión. Pero Alfie, con su intuición admirable de las personas, se percató rápidamente de las extraordinarias cualidades de aquella mujer. Le pidió una entrevista.

"Necesito urgentemente a alguien que me ayude a propagar la Legión de María", le dijo. "Ud. sería la persona adecuada".

La maestra no estaba tan convencida de ello; además no era miembro aún. Para no enojar al gentil joven, le prometió que ingresaría en la Legión. Sin embargo, sólo asistió a una reunión y, tan pronto como Alfie hubo abandonado la ciudad, la maestra dejó la Legión.

Cuando, mi año más tarde, volvió él a Salta, intentó nuevamente entrevistarse con la maestra. Esta vez, abrazó de veras la Legión. Hoy es una de las legionarias más celosas. En Sudamérica las maestras son jubiladas después de los veinte años de servicio; la mayoría de ellas acaban de cumplir los cuarenta años de edad y, por lo mismo, se hallan aún en la plenitud de la vida. Así sucedió a la buena Marta (tal era el nombre de esta maestra). Ahora no ejerce su profesión y ha consagrado su vida a la Legión de María. Recientemente ha conquistado a toda una provincia de su patria para la Legión. Escribe que, después de la gracia de Dios, debe su vocación al ejemplo y a la oración de Alfie.

No era, pues, extraño que éste se granjeara amigos en todas partes, frecuentemente hombres de más edad que él. Entre los últimos, se encontraba el embajador irlandés, de aquel tiempo, en la Argentina, T. J. Horan, al que nosotros debemos muchos de los detalles consignados en este libro.

También se encontraban entre sus amigos, obispos y sacerdotes, sin hablar de los numerosos legionarios para quienes significó muchísimo el conocerle.

Como los más íntimos, sin embargo, están sus colegas, los enviados de la Legión: Seamus, Mary, Oonagh y Joaquina. En medio de su actividad, halló siempre tiempo para relacionarse por carta con ellos, cuando no lo podía hacer en persona.

El trece de julio de 1958, escribió Alfie a Mary Clerkin la siguiente carta, que aquélla, sólo después de la muerte de éste, hizo llegar a conocimiento del Concilium.

"Dentro de tres días, hace cinco años que llegué a América. Luego, comenzará el sexto y quizá último año de mi labor como enviado. En el curso del año 1959, terminaré oficialmente esta misión. ¿Proyectos? No tengo ninguno. ¿Ideas? Tengo muchas. Tengo un pensamiento que ha sido en mí como una idea fija. Naturalmente, depende de la bondad de Dios que ello se convierta en un plan de acción. Contraer matrimonio está fuera de mis propósitos. ¿Cuáles son mis sentimientos, al pensar en el fin de mi actividad? Soy muy feliz y doy gracias al Señor por haberme dado, en su gran amor, la posibilidad de ser un poco útil a la Iglesia".

¿Cuál era la "idea fija" que Alfie mencionaba? Pudiera creerse que se trataba de Rusia, pero ello no es seguro. En cualquiera de los casos, tenía razón; medio año después de escribir esta carta, finalizaba "oficialmente" su labor como enviado de la Legión.

Grande era su amor a la Iglesia de Jesucristo y, por lo mismo, también a su representante, el Papa.

La noticia de la muerte del Santo Padre Pío XII fue un duro golpe para él. Este Papa había reconocido en seguida a la Legión y la había promovido activamente. ¿Tendría su sucesor la misma paternal benevolencia para con ella?

Cuando, el 28 de octubre, fue conocida la noticia de la elección del Cardenal Roncalli para Romano Pontífice, Alfie se alegró mucho de que el Papa Juan XXIII se hubiera mostrado muy en favor de la Legión, cuando estuvo de Nuncio en París.



Misión cumplida




Córdoba es la segunda ciudad más grande de la Argentina. Una vez que Alfie había conquistado a la capital, dirigió su atención, naturalmente, a esta segunda población.

Al igual que otras veces, cuando se presentaba la ocasión, tomó consigo a algunos celosos legionarios. El Arzobispo de Córdoba otorgó de buen grado el permiso para introducir la Legión de María y dio su bendición a Alfie. Seis sacerdotes habían expresado ya su voluntad de fundar Praesidia; las perspectivas eran, pues, muy halagüeñas.

Fue en una soleada y calurosa mañana de diciembre de 1958 cuando Alfie visitó al Arzobispo de Córdoba. Después, se reunió con sus compañeros para exponerles el programa que iba a ser desarrollado.

Alfie no se encontraba bien y a cada instante se sentía peor. Su palidez advertía que algo no funcionaba normalmente.

"¿Qué te pasa, Alfie? Tienes muy mal aspecto".

"No sé lo que me pasa. Tengo unos dolores terribles de estómago. Ya se me irán".

"Ven a un restaurante. Cuando hayas comido algo, te sentirás mejor".
"No tengo apetito."
"Esfuérzate un poco. Come algo ligero. No tienes, desde esta mañana, nada en el estómago; además, el calor y el esfuerzo, y la visita al Sr. Arzobispo han contribuido también a debilitarte".

Alfie accedió al fin y tomó con dificultad un poco de alimento. Apenas concluyó de comer, cuando, impulsado por un fuerte asco, lo vomitó todo.

"Ahora estaré mejor", pensó aliviado. "No debería haber comido nada".

Pero no fue así. El asco y las náuseas no cesaron, mas, en vez de vomitar comida, arrojaba sangre. Horrorizados los colegas, le llevaron a la cama. Hasta las diez de la noche estuvo con vómitos de sangre, padeciendo a la vez agudos dolores.

Era obvio que se trataba de algo grave. En altas horas de noche fue llevado a una clínica. Se le hizo inmediatamente una radiografía que señaló úlcera sangrienta en la base del estómago.

El cuidadoso tratamiento a que se le sometió, tuvo por resultado la pronta detención de la hemorragia. Durante una semana, Alfie no tomó más que leche: cada hora algún sorbo".

"Todas las vacas de Córdoba dejarán pronto de dar leche", decía en tono de guasa.

Los médicos no estaban, sin embargo, satisfechos. Cuando le reconocieron, le encontraron un nódulo en el lado derecho. No había más remedio que operar. Se le llevó a Buenos Aires. En la clínica de las "Hermanas Azules", fue cariñosamente recibido y cuidadosamente atendido.

Las Navidades las pasó en la clínica. Sus amigos le visitaban con asiduidad. También el embajador irlandés, Horan, iba todos los días a verle.

Las Hermanas estaban profundamente edificadas del comportamiento de Alfie. La Superiora dijo una vez, que hubiera sido totalmente imposible hablar una palabra frívola o fuera de tono en presencia de aquel bienaventurado joven.

Alfie no se consideraba, en modo alguno, como enfermo. No usaba ya la máquina (esto era muy penoso para sus constantes dolores), pero sus informes manuscritos eran tan objetivos como siempre.

"Hemos fundado cinco Praesidia", escribió, "y el camino para otros seis está ya preparado. Yo pienso ir de nuevo a Córdoba, en febrero y marzo, para fundar allí, en marzo, una Curia".

En Irlanda, naturalmente, se habían consternado profundamente al enterarse de su grave enfermedad. El Concilium le dijo que regresara tan pronto pudiera y que continuara el tratamiento en Irlanda.

"Ustedes parecen haber dado demasiada importancia a mi carta de Córdoba", contestó él. "Prescindiendo de mi úlcera gástrica, disfruto de buena salud. Es verdad que he perdido seis kilos, pero he vivido durante muchos días a base de sólo leche.

Mi úlcera de estómago va, por lo demás, muy bien; únicamente en el intestino, hay algunas complicaciones.

Ustedes opinan que yo debo regresar a la patria. A la verdad, iría con mucho gusto a casa, en plan de convalecencia; pero creo que en este momento no es esa la voluntad de Dios. Acabamos de llegar a una estación que es la más propicia para propagar la Legión. Enero, febrero y marzo son los mejores meses para esto. No crean Uds. que permaneceré largo tiempo en la clínica. En la tercera semana de enero, tengo una cita en Uruguay. Pero, aun cuando me viera precisado a permanecer más tiempo en cama, yo estoy seguro que: podré dirigir el trabajo desde ella.

Ojalá que el año 1959 pueda ofrecer muchos nuevos triunfos a la Reina de la Legión. Esta es mi última carta de 1958". La carta llevaba la fecha del 30 de diciembre. Sin embargo, era la última carta, no sólo de ese año, sino la última de su vida.

La última carta a su madre ya había salido. "Debemos rezar", decía en ella. "¡Tenemos tan poco tiempo!"

La operación de la úlcera estomacal había sido señalada para el 9 de enero. Se esperó a que Alfie se repusiera todavía un poco a base de una buena asistencia, con objeto de que tuviera más fuerzas para la intervención.

¡Ulcera de estómago! Era un sarcoma linfático, una de las úlceras cancerosas que hay, más peligrosas. Alfie estaba lleno de ellas.

Todos los órganos importantes los tenía infectados. No se podía hacer otra cosa que cerrar de nuevo la herida de la operación.

Es sabido que una operación en los casos desesperados de cáncer sólo apresura la muerte. Alfie no era aquí una excepción. Padecía terriblemente; todos podían ver que no duraría ya mucho tiempo. Sólo los amigos más íntimos podían visitarle; entre ellos, el embajador irlandés Horan, quien, cada dos días, remitía un informe al Concilium. En uno de éstos, manifestaba que el nombre de Alfie permanecía, en los lugares en donde él había trabajado, ya legendario.

La gran estima de que Alfie disfrutaba, se trasluce en el hecho de que el Cardenal-Arzobispo de Buenos Aires, Su Eminencia Mons. Copello, le administró los últimos sacramentos, y de que el Nuncio Apostólico en Argentina, le impartió la última bendición.

El día de su muerte, recibió Alfie la noticia de la llegada inmediata de su asistente futuro, Noel Lynch. Se afligió por no estar en condiciones de recibirlo en el aeropuerto. Noel habría sido su coadjutor y, ahora, tendría que ser su sustituto; ¡tarea nada fácil para un legionario tan joven!

"Es una obra para un hombre y Uds. nos envían un muchacho", se quejaba al Concilium una legionaria argentina. Quizá se olvidaba ella de que también había sido en la temprana adolescencia de Alfie, cuando comenzó su fructífera actividad.

Como sabemos por la carta de Alfie, éste tenía en Uruguay, en la tercera semana de enero de 1959, una cita con Gitta Auersperg. Debían de ser fundados en su diócesis los primeros Praesidia de la Legión de María.

"Ahora no podrá reunirse con Gitta", le observó compungido alguien.

"¡Bah, no importa!", replicó Alfie serenamente. "No tardaré en verla".

"Delira", pensaron afligidos los circunstantes. Sin embargo, pronto se acordarían de lo que habían imaginado, pues, pocas semanas después del fallecimiento de Alfie, la condesa Auersperg moría víctima de un accidente automovilístico.

El mes de enero es el más caluroso en la Argentina y aquellos días fueron de insoportable calor. Alfie se revolcaba, sin cesar, en la cama. La elevada temperatura le agobiaba terriblemente.

El 21 de enero de 1959 tuvieron fin sus sufrimientos. Faltaban seis meses para que cumpliera 22 años. Murió en la fiesta de santa Inés, a quien la liturgia denomina "agnus nive candidior", "cordero más blanco que la nieve". También existe la costumbre de ofrecer al Papa todos los años, por ese día, dos corderos inmaculados.

Los legionarios consideraron esto, como una muestra delicada de la Divina Providencia en la muerte de aquel joven, que era conocido en todo el territorio como "El Corderito".



Honras fúnebres




"Alfie joined Edel today". "Hoy Alfie se reunió con Edel", decía uno de los telegramas que notificaron al Concilium la muerte del enviado. Tan seguro se estaba de que había ido a la Gloria.

El Concilium ofreció, a la señora de Lambe, traer a su país el cadáver de su hijo.

"No", dijo la desconsolada mujer; "él debe reposar en la tierra de sus espirituales conquistas".

Tanto los Pasionistas como los Hermanos Cristianos de Buenos Aires ofrecieron un sepulcro en su panteón. Se decidió fuera enterrado en el de los Hermanos Cristianos, toda vez que él había pertenecido, durante algún tiempo, a esa Congregación. El ser inhumado en dicho lugar (y por cierto, era el primero que lo estrenaba), recuerda la circunstancia de que Edel Quinn, que tampoco había podido desplegar la anhelada vida religiosa, fue sepultada con el hábito de las Hermanas de la Preciosa Sangre.

El Obispo de Antofagasta (Chile) había rehusado siempre enérgicamente, instituir la Legión de María en su diócesis. A la sazón, se encontraba en Buenos Aires cuando murió Alfie. Enterado de esto, acudió a rezar un responso ante el ataúd del legionario. ¡Qué grande fue la sorpresa de los enviados de la Legión cuando el Obispo comunicó a la Superiora de las "Hermanas Azules", que había determinado introducir en su diócesis la Legión de María! Todos los legionarios vieron en esto el primer milagro de Alfie.

Efectivamente, pocos días antes de su muerte, había dicho a una legionaria que no pidiera demasiado por su salud, pues la podría ayudar mucho mejor desde el Cielo.

"Sí, él nos ayuda maravillosamente", declaró la legionaria más tarde. "La Legión de María se propaga por todo el país".

Muchos sacerdotes y legionarios acompañaron a Alfie a su última morada. Como es costumbre en la Legión de María, se rezó el rosario en el entierro. Cuando el ataúd fue introducido en el panteón, resonó la oración de la Catena Legionis: "¿Quién es ésta que va subiendo cual aurora naciente, bella como la luna, brillante como el sol, terrible como un ejército formado en orden de batalla?" "Mi alma ensalza al Señor".

Era la oración con la que los legionarios habían despedido a Alfie en su primer gran vuelo, con la que ellos le habían saludado en el Nuevo Mundo y le habían acompañado en todos sus importantes pasos; era la oración que el mismo Alfie rezaba todos los días y que le acompañaba ahora en su vuelo hacia la eternidad. ¡Qué consuelo más grande cuando, al fin de una vida, se puede entonar el Magníficat!

Una legionaria que estaba convencida de la santidad extraordinaria de Alfie, le vio amortajado y asistió también a su entierro. Hacía un calor tropical que se hizo notar hasta en el cadáver. Fue esto un gran chasco para la legionaria. A ella le constaba que Alfie había sido realmente un santo y, por eso, estaba convencida de que no se corrompería.

Cuando, de vuelta del entierro, regresó a casa y abrió la puerta de su cuarto, percibió un admirable aroma. 

"¿Qué habéis hecho?", dijo a sus familiares. "¿Habéis vertido algún perfume? ¡Y qué bueno, además!"

Admirados aquellos, manifestaron que no habían hecho tal cosa.

"Entonces venid a mi habitación y convenceros vosotros mismos".

Así, varios testigos percibieron el celestial aroma. Nunca se supo de dónde había dimanado.

El sepulcro de Alfie fue pronto visitado por muchos legionarios, obispos, sacerdotes y seglares. Entre los visitantes más destacados que acudieron a rezar a su tumba, se encontraron sus amigos, Mons. Echeverría, Obispo de Ambato, y Mons. Proaño, Obispo de Riobamba. Los legionarios sudamericanos atribuyeron a la intercesión de Alfie numerosas gracias; piden constantemente por la causa de su beatificación y esperan que ésta se logrará algún día. El nombre de Alfie es, cada vez, más conocido en Sudamérica.

Inmediatamente después de su muerte, llegaron a Irlanda muchos testimonios de sincera condolencia.

Todos cuantos le conocían, no hacían más que elogiarlo.

"Era extraordinariamente singular en su devoción a la Virgen y de gran santidad", dijo el jesuita, P. Counihan, que había sido su confesor en Dublín por algún tiempo.

"Damos gracias a Dios por el tiempo precioso durante el cual nos prestó a Alfonso al mundo, a la Legión y a nosotros mismos, que tuvimos la gran suerte de conocerlo y de encontrar en él, bajo todos los aspectos, a un verdadero hermano", escribe Mary Clerkin.

"Mientras moró en la tierra, iba apresuradamente de lugar en lugar; ahora, sentimos que está con cada uno de nosotros", declara una legionaria.

"Se puede considerar a Alfie como a un mártir de la Legión", dice otro testigo. "Su muerte es, ciertamente, la consecuencia de haber suprimido, a menudo, comidas y de no haberse preocupado por lo que ingería".

Interesante es la opinión de la legionaria que ofreció su casa, en Buenos Aires, a Alfie: "Yo tuve la suerte y el honor de poder hospedarle en mi domicilio; nunca sabré agradecérselo a Dios. Perteneció desde el primer momento a la familia. Mi primera impresión de este joven fue la de que se trataba de un bienaventurado varón, lleno de amor a la Virgen. Cuando pronunciaba el nombre de María, se podía leer en sus ojos y oír en el tono de su voz la devoción que profesaba a la Madre de Dios; siempre la estaba mencionando. Alfonso era un hombre de gran constancia; cuando se proponía algo; no descansaba hasta que lo conseguía.

Era, además, modelo de paciencia, de amabilidad y de caridad para con sus semejantes, cualidades que demostraba en su trato con legionarios y en su propia actividad".

Uno de los Hermanos Cristianos de Buenos Aires escribió:
"La cualidad fundamental de su persona fue, sin duda, su ardiente celo por la salvación de las almas. Cada acción de su vida estaba dominada por este celo. Robustecido con el Manjar Divino y fortalecido bajo el Manto Protector de su Madre Celestial, ningún obstáculo fue para él grande, ningún esfuerzo difícil, cuando se trataba de ganar almas para Cristo.

Alfonso Lambe ha plasmado, de manera indeleble y perenne, la historia de la religión del continente sudamericano; la Iglesia y la Argentina le son deudores de mucho".

El Cardenal D'Alton, Arzobispo de Armagh, atestigua: "Estoy seguro de que la Santísima Virgen ya ha recibió junto a sí, a Alfie, como recompensa por sus largos y fieles servicios".

"Aun cuando la Legión no hubiera hecho otra cosa que dar a un hombre de la talla de Alfonso Lambe, ya sólo por eso, sería bendecida por Dios", escribió Mons. Tavella, Arzobispo de Salta.

Estos testimonios se podrían multiplicar. Es más: no han cesado todavía. Aún hoy, se reciben cartas en Dublín; aún hoy, aparecen allí visitantes que manifiestan su admiración por Alfonso Lambe.

A Tullamore llegó un pequeño paquete, que la señora de Lambe abrió con manos temblorosas. Era la fotografía, en marco de plata, de un joven con gruesos lentes y ojos azul-claros; con tanto candor miraban a quien le contemplaba, que inundaban de emoción.



El secreto de la santidad de Alfie




Si algún día es introducida la causa de beatificación de Alfonso Lambe, habrá que considerarle como modelo nuevo de santidad. Nada conocemos, y es muy improbable que, alguna vez, hubiera tenido alguna aparición o revelación privada. Nadie puede asegurar el "grado de oración" que había alcanzado. Tampoco se había entregado a extraordinarios actos de arrepentimiento.

Edel Quinn legó diarios espirituales, propósitos de Ejercicios, o consideraciones, que a veces anotó; de Alfonso Lambe nada de eso conservamos.

El que fuese diariamente a oír la santa misa y a comulgar, era para él la cosa más natural, como lo es para miles de legionarios que pertenecen al grado de Pretorianos. En este grado, que se escoge libre y voluntariamente, se obliga uno a oír misa y a comulgar todos los días, así como al rezo diario del rosario y de un oficio aprobado por la Iglesia.

"Cumplir su deber", éste fue el lema de Alfie. "¿Cómo sabe Ud. que cumple con su vocación?", le preguntó un día el embajador irlandés en la Argentina, Horan.

"Sobre esto, he pensado yo mismo muchas veces", replicó Alfie. "Opino que uno debe seguir haciendo lo que hace. Hay sencillamente que hacerlo".

"Quien obra la verdad, se acerca a la luz", dice la Sagrada Escritura. Cristo ha señalado las obras, como prueba de profesión de fe: "Quien guarda mis mandamientos, ése reconocerá que el Padre me ha enviado".

Por eso, la santidad de Alfie se demuestra, sobre todo, en las obras, en el cumplimiento natural y sencillo de los propios deberes y, por ende, hasta en la entrega completa de sí mismo.

Que se haga en cada momento, lo que, precisamente, debe hacerse; que no se piense ni en el pasado, ni en el futuro; que se acate la voluntad de Dios en todo momento y se le dé, en prueba de amor, la contestación de María: "He aquí la esclava del Señor"; esto es lo que han recomendado muchos Directores Espirituales, como el camino más seguro para lograr la santidad.

En este obrar silencioso, se encierra además una eficaz penitencia. Es más perfecto indudablemente, escribir una carta en estado de gran cansancio o entablar una conversación, a pesar de estar indispuesto, sencillamente porque esto debe hacerse, que practicar obras extraordinarias de penitencia, en las cuales puede infiltrarse el amor propio y, a veces, también la soberbia. Por algo María, la Madre de Dios, no ha dejado de reconocer, cuando pidió penitencia en Fátima, que ésta consiste, ante todo, en el cumplimiento exacto de los deberes de estado.

Pero, quien desee conocer el móvil íntimo de la actividad de Alfie, deberá leer el Manual de la Legión. "Vivir la Legión", fue una de sus expresiones más favoritas. Significaba eso, dejarse moldear por el espíritu de la misma.

"El espíritu de la Legión de María es el de María misma", se dice en el Manual. "Y, de manera particular, anhela la Legión imitar su profunda humildad, su perfecta sumisión, su dulzura angelical, su continua oración, su absoluta mortificación, su inmaculada pureza, su heroica paciencia, su celestial sabiduría, su amor de Dios, intrépido y sacrificado; pero, sobre todo, su fe".

Ciertamente, es éste un ideal que ningún mortal puede conseguir; pero el sistema de la Legión está sicológicamente tan bien fundamentado, y revestido de tal espíritu sobrenatural, que esas virtudes se activan, necesariamente, en aquél que se mantiene fiel a este sistema y no le opone resistencia.

"El fin primero de la Legión de María es la santificación de sus miembros"; y no se crea que es éste un fin irrealizable. Que se puede lograr y que se logra frecuentemente en la práctica, lo atestiguan bien a las claras no sólo Edel Quinn y Alfonso Lambe, sino también masas de legionarios en todo el mundo, los cuales han llegado a la santidad en los diversos estados de su vida: los mártires de la Legión de María en China, cuyo heroísmo puede compararse con el de los primeros cristianos; los muchos que en el Vietnam, en Kenia o en el Congo han sellado con su vida la fidelidad a la Iglesia y a la Legión; finalmente, los miles de anónimos que han encontrado en la Legión de María la fuerza de dominar heroica mente su vida.

Es una actitud espiritual que se remonta a San Luis María Grignion de Montfort. Formalmente, mediante la consagración por él propuesta o de una manera no tan definida, el legionario se entrega por entero a María, para que ella lo transforme según la imagen de su Divino Hijo.

Alfie profesó, ya desde su infancia, una devoción especial a la Madre de Dios; por eso, el espíritu de la Legión correspondía con exactitud a su manera de ser.

El apostolado integral al servicio de María es una exigencia insoslayable de la Legión. Por más que nos percatemos de nuestra debilidad, por más que confiemos en la ayuda del Cielo, no debemos dejar de esforzarnos, ni una sola vez. El legionario hace, por así decirlo, un convenio con María: Si él contribuye con todo cuanto tiene, ella se entrega, entonces, con toda su pureza y poder. Nunca debe él remitirle una carga que él puede sobrellevar. Debe rezar, como si todo dependiera de la gracia y no de sus esfuerzos; pero debe esforzarse, como si todo dependiera de su actividad. Si él se entrega sin reservas, si nada deja por hacer de lo que puede hacer, entonces obliga, digámoslo así, a la omnipotencia de Dios, a suplir aquello para lo que no basta su propio esfuerzo; entonces se realizan, si es necesario, hasta milagros. La historia de la Legión de María está llena de semejantes ejemplos, y la vida de Alfonso Lambe es uno de los más admirables.

¿Y en dónde se puede hoy (fuera de una Orden Religiosa) aprender la obediencia que es indispensable para la perfección? El mundo conoce sólo la obediencia prusiana: Se obedece, porque, de lo contrario, pierde uno su colocación o por otra razón parecida.

En la Legión de María, empero, aprende uno, desde el principio, a moderar su manera de ser, espontáneamente o por amor; a reprimir sus inclinaciones y preferencia y a entregarse incondicionalmente a Dios.

Los hombres que rehúsan la Legión de María, porque no les gusta, por ejemplo, la imagen de la Téssera (tarjeta con oraciones), no han comprendido todavía lo más elemental. El legionario debe ser, hasta cierto punto, una nueva María, que mira y ama a su Divino Hijo en todos los hombres. La Legión de María quisiera ser una "Legión verdaderamente de María", una Legión de copias vivas de la Madre de Dios, que sacudan al mundo de su pereza, al mostrarle aquel amor, del cual se afirma: "No hay amor más grande que el dar la vida por los amigos".

Cuán presente tenía siempre Alfie este pensamiento, aunque quizá no muy consciente, lo inferimos de la carta que hemos citado en uno de los primeros capítulos de esta obra, en el cual se dice: "La oruga, sobre la hoja de la col, se parece mucho, mucho más, a la regia mariposa, que yo... a la Madre de Dios".

La oruga no se parece a la mariposa: sin embargo, aquélla guarda relación con ésta: con el tiempo se convertirá la una en la otra. Ya entonces, cuando Alfonso Lambe tenía 18 años, vio con absoluta claridad el fin que debía lograr.

Ante esto, es fácil comprender el origen de su santidad. El mismo hubiera encontrado extremadamente superfluo hacer un análisis de ella. ¡La cosa era tan sencilla! Pese a su profundidad, Alfonso Lambe era un ser sin complicaciones.

Sea o no canonizado, es un auténtico modelo para la juventud moderna, a la que pertenecía. Fue un muchacho de nuestro tiempo. No huyó del mundo; trató de llevarlo a Dios. Nadó, fue de caza, tocó la guitarra y cantó. Nunca fue un aguafiestas. Era delicado, pero no mojigato. Nunca exteriorizó su piedad, mas se sobrepuso con valentía a cualquier respeto humano.

Aunque no todos los jóvenes pueden ir al extranjero (y cuántos van hoy, por idealismo, a los países subdesarrollados), sin embargo, todos pueden amar a María, todos pueden ser apóstoles, ora imitando a Alfie en la Legión de María, ora de otra forma cualquiera.

La vida de Alfonso Lambe nos recuerda a un meteoro: Se presenta de repente y sube a una altura de vértigo; pero, apenas el ojo se ha familiarizado con su brillo, desaparece.

Ahora bien; mientras el meteoro no deja tras de sí rastro alguno, la obra de Alfie, en cambio, florece y crece en los países en donde él ha trabajado. La llama, que este joven irlandés llevaba dentro de su corazón y con la que supo enfervorizar a sus circunstantes, ha venido a ser incendio, que ha terminado por abarcar todo un continente.



Expresiones más corrientes en la Legión de María




ACIES: Fiesta en el templo, que todos los años se celebra hacia el día de la Anunciación de la Virgen y en la cual los legionarios renuevan la Consagración a María.

ALLOCUTIO. Breve charla de formación en las reuniones, pronunciada por el Director Espiritual o por el Presidente.

CATENA: Preces, que todos los miembros activos o auxiliares deben rezar diariamente; consisten dichas preces en el Magníficat, con antífona, versículo y oración.

COMITIUM: Una Curia (véase ésta), a la que se halla confiado el cuidado y la vigilancia de otras Curiae.

CONCILIUM: Consejo Central de la Legión de María en Dublín.

CURIA: Conjunto de varios Praesidia (véanse éstos), instituidos en una ciudad, provincia o sector. Las Juntas Directivas de cada uno de ellos se reúnen una vez al mes, para la discusión general de todos los problemas; deber de la Curia es, también, el vigilar y regir a sus Praesidia, a los cuales ha de visitar dos veces al año.

LEGIONARIO AUXILIAR: Miembro que no acude a las reuniones de la Legión, ni recibe misión alguna en la misma, pero presta su ayuda mediante el rezo diario del rosario.

MANUAL: Las cuatrocientas páginas, aproximadamente, de las Constituciones de la Legión de María. Este no sólo contiene detalles de organización, sino, sobre todo, las bases espirituales del servicio de la Legión.

PRAESIDIUM: Grupo parroquial o particular de la Legión; consta, generalmente, de cuatro a treinta miembros. Al frente del grupo, se halla una Junta Directiva, integrada por cinco oficiales: un Director Espiritual, un Presidente, un Vicepresidente, un Secretario y un Tesorero. Para establecer un Praesidium, se requiere, primeramente, el permiso del obispo de la respectiva diócesis, y luego, el del párroco del lugar, o, si se trata de grupos no parroquiales, el del Director Espiritual competente.

PRETORIANO: Grado especial de los miembros activos. Se obligan diariamente, además de observar los deberes habituales (reunión semanal y realización de un trabajo concreto), a oír la santa misa y comulgar, y a rezar el rosario y unos de los oficios aprobados por la Iglesia.

SENATUS: Gremio que dirige la Legión de todo un país o, al menos, la de una gran parte del mismo.

TESSERA: Tarjeta, en la que contienen las oraciones de la Legión de María.

VEXILLUM. Estandarte de la Legión de María, parecido al de los antiguos romanos. El águila está sustituida por una paloma; la efigie del Emperador o Cónsul, por la "Medalla Milagrosa".