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Un Embajador escribe acerca de un Enviado

El Embajador es Su Excelencia T. J. Horan. El Enviado es Alfie Lambe. La ocasión es la "Vida de Alfie Lambe" escrita por Hilda Firtel y publicada por la Mercier Press, Cork, en 7/6 (Edición americana) El Sr. Horan, era el Embajador Irlandés en la Argentina cuando Alfie se encontraba allí. Después fue de embajador a España. Fue de muchísima ayuda en todo sentido para Alfie. Todos los días le llamaba Alfie al verse muriendo en el hospital.

Al tomar la pluma para escribir estas líneas bajo el sol inmisericorde de Castilla con el terrible calor del verano madrileño -excepcional aún para España no puedo menos de recordar otro verano, caluroso también, pero extremadamente húmedo lo que empeora la situación, cuando un joven yace en la cama de un hospital que resultó ser su lecho de muerte. Pero esto fue hace más de ocho años, en otro clima, en el distante Buenos Aires, al sur del Ecuador, pero muy lejos, donde por así decirlo no hay propiamente estaciones, pues el verano está con el invierno y viceversa.

Buenos Aires, capital de la República Argentina trae su nombre del santuario de Nuestra Señora de los Buenos Aires en la España Sureña, y es una ciudad de una gigantesca aglomeración humana de cinco a seis millones de almas. Está a unos pocos cientos de millas del mar, en el Río de la Plata que es el estero del río Paraná. La presencia de esta inmensa cantidad de agua, de color barroso, pese a su poético nombre de Río de la Plata, acompañada del viento suroeste que prevalece en estas regiones, le da una humedad en alto grado en todas las estaciones del año. A las 8 a.m. mide ya 90 grados de humedad. Este alto grado de humedad bastante malo en el mejor de los tiempos, hace que el calor de los meses de verano con sus temperaturas ascendentes sea particularmente molestoso.

En el febrero aquel de 1959, medio verano en el hemisferio del sur, debe haber sido horriblemente caluroso y horriblemente húmedo, porque recuerdo que si para nosotros los sanos fue bastante malo, que sería para los que se sentían enfermos y achacosos.

Aquel joven que estaba entonces en una cama de hospital atendido por las Hermanas Azules de Buenos Aires era Alfie Lambe, Enviado de la Legión de María, que llegó a ser famoso en el cortísimo espacio de su vida terrenal. Apodado cariñosamente de "El Corderito" por sus compañeros legionarios de Sudamérica a causa de su apellido Lambe (cordero) moría el 21 de enero de 1959 fiesta de Santa Inés, que es descrita en la liturgia como "un cordero más blanco de la nieve". 

En este día en Roma es costumbre ofrecer al Padre Santo dos corderos blancos. El que haya pasado a su eterna recompensa en este día fue interpretado por sus compañeros legionarios argentinos como un "signo exquisito de la Providencia". Así lo apunta su biógrafo. Un amigo mío que había alcanzado un alto grado de espiritualidad, describía la coincidencia como una de las "gentilezas" de Nuestro Divino Salvador, que es el Buen Pastor. En los pocos últimos años de su vida estaba en los veintisiete años y seis meses cuando murió había ya realizado una gran cantidad de labor apostólica. El relato de su vida ha sido contando con encanto por Hilda Firtel y publicado atractivamente en una edición de lujo por la Mercier Press.

Supongo que es siempre difícil para nosotros que pertenecemos a la categoría ordinaria de meros mortales el darnos cuenta cuando estamos en la presencia de una grandeza real. Es verdadero el proverbio que dice "Nadie es héroe para su sirviente". El otro proverbio también es verdadero, pero componiéndolo así: "la familiaridad engendra la aceptación" (el no menosprecio). Aceptamos a los grandes si pertenecen a la sociedad en la que nos movemos de ordinario, y no conscientes de que pueden ser seres excepcionales apartados de nosotros. En efecto, a menudo me pregunto si los Apóstoles llegaron a apreciar quien era realmente Nuestro Señor, durante su vida en la tierra. Ellos caminaron con Él los caminos de Judea; con Él comieron, y con Él debieron muchas veces haber andado con hambre. Le llamaron Maestro, pero ¿Vieron realmente lo que a Él le hacía un ser aparte de ellos? Pienso que muchos ejemplos en el Evangelio demuestran que no lo lograron. Y aunque Pedro en una famosa ocasión dijo: "Tú eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo", dudo que él y sus compañeros entendieron bien lo que eso significaba, hasta el Domingo de Pentecostés, cuando el Espíritu Santo descendió sobre ellos.

Aplicando esto a un nivel humano, me pregunto! ¿Los que tuvimos contacto con Alfie Lambe en la Argentina apreciamos plenamente en su vida terrenal lo grande que realmente era? Supongo que la respuesta a esta pregunta es un sí y un no. Sí nos dimos cuenta de que algo destacado se daba en él. Imposible no verlo. Sus compañeros legionarios a quienes entrenó y formó, lo reconocían por el hecho mismo de acudir a él con casos fuertes en los que habían fracasado. Él en cambio tenía tanto éxito en tratar tales casos que no se podía menos de pensar que el Espíritu Santo debía acompañarle de una manera especial. Pero al mismo tiempo era un hombre común y normal que sabía fundirse con quién trataba, quien quiera que fuese. Como dice Hilda Firtel: "El nunca fue un agua fiestas. Era puro sin puritanismo. Nunca hizo de su piedad una exhibición". Le gustaba estar en compañía, era un gran conversador y sabía reír y bromear de lo mejor. En ocasiones de fiesta sabía beberse con gusto un vaso de vino o de lrish Mist, que, muy bien nos recordaría, era el producto de su tierra natal, Tullamore. Un joven perfectamente común que se adaptaba a cualquier medio. Y sin embargo había en él una verdadera grandeza, como ha logrado admirablemente Miss Firtel hacérnosla conocer. Le aceptaba uno como uno más de la compañía pero, una vez ido, mientras otros se borraban de la memoria, al se le seguía recordando. Estaba a la vista que había en él algo excepcional, pues personas mayores que él le buscaban para escucharle y escucharle con atención. Si nos diéramos cuenta de que quién está con nosotros como uno de tantos, se mueve en un plano superior al nuestro, ya espiritual, intelectual o de cualquier orden, probablemente todos le sacaríamos copiosos diarios y la tarea del historiador y del biógrafo quedaría simplificada. Pero quizás lo que a veces nos sucede es que no apreciamos debidamente grandezas que se hallan entre nosotros. ¿Cómo se podría estar y trabajar con quien uno sabe que es inconmensurablemente superior a uno? Su tarea se haría imposible. Yo solía verle frecuentemente a Alfie Lambe. Tuve muchas conversaciones largas con él. Pero, ¡qué pena! No escribí su diario. En sólo cinco años y medio que pasó en Ibero América este joven pues lo era, ya que apenas tenía 21 años cuando dejó el aeropuerto de Shannon en la fiesta de Nuestra Señora del Carmen, el 16 de julio de 1953 realizó una obra apostólica mayor que la llevada a cabo por muchos Santos canonizados en toda su vida. Como bien lo anota en su interesante prólogo a esta biografía el Padre Miguel O'Carroll, C.S.Sp., Alfie Lambe estaba en la tradición de la edad de oro de la actividad misionera de Irlanda cuando Columba, Columbano, Aidan, Gall, Malachy y otros innumerables dejaban sus costas natales para extender el Evangelio en una Europa sumergida en la barbarie, y morían lejos de la tierra que les vio nacer, y en sus puestos de apostolado como Alfie Lambe supo hacerlo. En aquellos pocos años viajó miles de millas en avión, en tren, en bus y a pie por la Argentina, Paraguay Colombia, Ecuador, Perú, Brasil, Bolivia y Uruguay.

Para formar una idea de la extensión de estas regiones, debemos recordar que sólo el Brasil es más grande que toda Europa, y que la provincia de Buenos Aires en la Argentina, que es una de tantas de este país, es casi igual a la extensión de Francia.

A donde él iba, como dice el Padre O'Carroll, "sucedía lo imposible; gente sin esperanza se levantaba con el espíritu de los cruzados". El número de praesidia y de curiae que él fundó y ayudó a fundar estaría registrado como el más alto en la historia de la Legión. En cuanto a los problemas afrontados por él, Miss Firtel nos da estadísticas interesantes. La Arquidiócesis de Cartagena en Colombia tenía solamente 70 sacerdotes para una población de 1'500.000 católicos -un sacerdote para 20,000- un fenómeno común para toda la América Latina donde inmensas áreas no tienen ningún sacerdote residencial, El Ecuador, un país tan grande como la República Federal Alemana, tiene una población de sólo 5'000.000 habitantes, de los cuales un tercio son indios, más del 40 por ciento son de sangre mezclada de india y europea el 10 por ciento son negros y el 10 por ciento blancos. Los indios no hablan castellano, de modo que Alfie tuvo que traducir las oraciones de la Legión a su lengua Quechua. En el Ecuador fue donde dio la famosa respuesta sobre el problema del comunismo a un periodista que le hiciera preguntas al respecto: En el Ecuador no hay problema comunista; sólo hay un problema católico". Y uno añade con acierto, como lo hiciera Miss Firtel: no sólo en el Ecuador! "Guayaquil con sus 500,000 habitantes sólo ha tenido una vocación religiosa en diez años, pero en cambio ha tenido en el mismo tiempo 10.000 prostitutas y el 90 por ciento de las familias no son casadas. En Salta, Argentina, el 50 por ciento de los niños son ilegítimos y la proporción de católicos prácticos era sólo el 12 por ciento. En Uruguay la situación es peor.

En su celo por las almas, y en las inmensas áreas recorridas por él, uno no puede menos de acordarse de otro misionero, de uno a quién el pueblo irlandés le profesa honda devoción, como lo testimonia la popularidad de la Novena de la Gracia. En efecto, creo que Alfie Lambe debe haber sido muy semejante en carácter a San Francisco Javier. Ambos eran esencialmente almas nobles. Ambos ardían en celo apostólico. Como Miss Firtel dice de Alfie: "Andaba lleno de planes. El mundo era precisamente lo bastante grande para sus ambiciones espirituales". ¿Y no nos recuerda esto a San Francisco Javier?, Como Alfie escribía de sí mismo: "Amo toda ciudad donde entro. Estoy en casa bajo todo cielo", y en otra ocasión: "Me apena no poder estar en varios lugares a la vez". Ni más ni menos que San Francisco Javier que vivía sediento de evangelizar el Oriente entero. Ambos parecían atraer a la gente como un imán. Ambos tenían en grado muy elevado lo que en castellano se llama "don de gentes", la habilidad para llevarse bien con la gente o si se quiere, el don de comunicación. Ambos eran eminentemente prácticos. Francisco Javier tenía una reputación de ser bien ordenado, con momentos fijos para sus devociones, pese a lo inmenso de las tareas que tenía que afrontar. Alfie también era todo puntualidad y orden en sus actuaciones. Cuando estuvo en Buenos Aires, asistía a la Misa a la misma hora todas las mañanas en la misma Iglesia.

Ciertamente hay una semejanza aún más notable entre las vidas de estas dos grandes almas. La gran ambición de San Francisco Javier, en su celo por llevar todas las cosas a Cristo, era ir a la China, vasta tierra misteriosa, donde le esperaba un gigantesco campo de obra apostólica. Dios no quiso que esto se le cumpliera. Murió mirando a su meta, consumido por sus trabajos, en la isla de Sanchón, desde donde pudo ver la costa de China. Quizás nuestro propio Alfie, que también murió consumido por sus trabajos como por la enfermedad que le llevó a la tumba, murió también, si no mirando su meta, por lo menos con su gran ambición irrealizada. En el capitulo titulado "La Conversión en Rusia". Hilde Firtel señala que "el pensamiento de aquel país (esto es Rusia) donde los hombres viven con verdadera hambre de Dios se le hizo una especie de obsesión a Alfie". Yo personalmente sé que así era. Él hasta había comenzado a aprender ruso durante su permanencia en la Argentina, y había hecho los arreglos necesarios para una traducción rusa del Manual de la Legión.

Él multiplicó sus contactos con los cristianos ortodoxos que son una grande comunidad en aquella extensa metrópoli. Logró convencer a los cristianos Sirios ortodoxos a fundar un praesidium. Como dice Hilda Firtel, "él se preocupaba de todo". En el pasaporte que por entonces llevaba se halla mencionada su actividad misionera. En caso de ir a la Unión Soviética, era su intención sacar un nuevo pasaporte dando su ocupación de estudiante. En efecto, en el nuevo pasaporte sacado poco antes de su muerte, él había escrito "estudiante".

Hilde Firtel, Enviada a Alemania.

Alfie Lambe, Enviado de la Legión, es como lo dice el Padre O'Carroll en su prólogo, "una relación y un juicio de la actividad de un Enviado legionario por otra Enviada", porque Hilda Firtel misma fue una Enviada de la Legión a Alemania y Suiza, y ha escrito un informe de su carrera de Enviada a aquellos países. Modestamente dice ella en su prefacio, "si la pintura de este joven excepcional emerge con fuerza persuasiva de las páginas que siguen, eso se deberá al mérito de quienes me ayudaron".

No se nota en su libro ningún esfuerzo. La pintura es convincente. Todo el mérito es suyo. La Legión de María cuyo objeto es la santificación de sus miembros, puede muy bien estar orgullosa de este joven extraordinario, por cuanto, citando nuevamente al Padre O'Carroll, "fue la Legión la que le hizo a él y él hizo a la Legión en donde se hallaba". El talento que recibió de la Legión lo invirtió de lo mejor y le sacó un fruto de cien veces más.

Hilda Firtel fue antes nuestra Enviada a Alemania. Allí fundó la Legión y continuó trabajando infatigablemente por ella.