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ALFONSO LAMBE
Apóstol laico en Suramérica
P. Isidro de Roba Martín, S. M.

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El joven legionario Alfonso Lambe es admirable e imitable, lo mismo que lo es, por ejemplo, el atleta Cacho corriendo el maratón.
—Yo no puedo, para mí es imposible.
—Pero, veamos, ¿cuántos kilómetros has llegado a hacer tú?
—Ninguno.
—Pero, hombre; eso es darse por vencido antes de empezar, da un paso y luego otro y a ver cuántos puedes llegar a hacer.

Nuestro entrenador es el mejor: El se hizo uno de tantos, para hacer nuestro camino y decirnos: ¡Vamos!, ¡Adelante! Yo estaré con vosotros hasta el final...

Alfonso dio sus primeros pasos de legionario en Irlanda, a pie, en bicicleta, en coche... se fue por los pueblos estableciendo praesidia. Es evidente que le costó muchos pasos o muchas pedaladas y eso le preparó para hacer lo que hizo en Suramérica. Y lo que allí realizó... fue paso a paso, no de un salto.

—¿Qué necesito, Alfonso?
—Dos cosas: Convicción y amor.

En su familia y en su parroquia le enseñaron quién es Cristo, nuestro Salvador, quién es María, la Madre del Señor, y quiénes son los demás hombres: hermanos, miembros del mismo Cuerpo, cuya cabeza es el mismo Cristo.

Aprendió a amar a quien nos ama, y amó a quienes El ama.

San Francisco de Borja se dio cuenta de la caducidad de las grandezas humanas ante el cadáver de su emperatriz: la majestuosidad, la juventud y la hermosura habían quedado reducidas en nada; ante ello exclamó: Nunca más serviré a un rey que se me pueda morir.

Nuestro joven Alfonso Lambe no pasó por tales experiencias de vida, pero conoció y creyó en la grandeza del Ungido por el Espíritu Santo, que había venido a la tierra para ser Salvador, Maestro y Guía, y a El se entregó con toda su alma, buscando realizar lo que El había enseñado y ordenado: Buscad primero el Reino de Dios y su justicia y todo lo demás se os dará por añadidura.

Comenzó su trabajo en su tierra de Irlanda, recorriendo muchos kilómetros, uno tras otro, a pie, en bici o en coche. Siempre bajo el manto protector y la bandera de la mejor discípula del Divino Maestro y la más poderosa Capitana de las huestes de Cristo Rey, su divina Madre.

Su formador o su entrenador fueron las normas y enseñanzas del Fundador de la Legión; Frank Duff, el ejemplo de un hombre entregado de lleno al Apostolado: Seamus Grace, y la compañía ejemplarizante de un veterano: Tom Cowley.

Cuando dio su nombre a la Legión buscaba hacer «algo», bueno y útil, en favor del Reino de Dios.

Cuando las circunstancias le dejaron sin trabajo, se dijo: «Ahora voy a hacer todo lo que pueda».

Inmediatamente se puso por entero a la disposición de la Legión. Esta le siguió entrenando.

Los responsables conocieron la valía y la valentía de aquel joven, y cuando tan sólo contaba con veintiún años fue nombrado «enviado» de la Legión a América del Sur, junto con Seamus.

—«Aún es muy joven, que trabaje contigo un año, después lo podrá hacer él solo» —dijo Frank a Seamus.

Por supuesto que él se consideraba indigno e inepto para semejante tarea, y escribió a Seamus: «No necesito decir que soy indigno y completamente inepto para realizar semejante labor. A pesar de ello, deseo fervientemente poder llevarla a cabo, pues sé que Dios será honrado por medio de mis esfuerzos». La primera escala hecha en el Nuevo Mundo fue Nueva York, pues, toda la grandiosidad de esta metrópoli no le cautivó; tenía prisa por llegar a los lugares donde debía iniciar su trabajo.

Llegados a Bogotá se encontraron con el admirable ejemplo de aquella filipina que, renunciando a su cátedra en la Universidad de Manila, y dejándolo todo, se había ido a extender el Reino de Dios en tierras de Colombia y otras naciones americanas. Sólo en Colombia había fundado 250 grupos de legionarios. Con tan valioso apóstol estuvo aprendiendo, junto con la lengua española, esas delicadas maneras de actuar que abren las puertas y los corazones.

Nuestro joven no tenía miedo a nada, y lo mismo fundaba un praesidium en un colegio de monjas, que se iba con alguna Hermana al rescate callejero, logrando grandes resultados.

Sencillez, sinceridad y alegría le abrían paso por doquier.

1953. Es Navidad, los dos amigos suben al Santuario de Monserrate, colina que domina Bogotá. Allí se despiden. Alfonso tiene que ir a Ecuador donde todavía no hay Legión de María.

El año 1954 es un año mariano. El Obispo de Ambato, deseoso de hacer «algo» en el año mariano, ha solicitado un legionario; y de Dublín le responden designándole a Alfonso Lambe.

El 2 de febrero de 1954 descendía en el aeropuerto de Quito un joven rubio portador de una carta del Cardenal de Bogotá.

El día 11 se encuentra con Mons. Echevarría, Obispo de Ambato. Acogida cordial, hablan de sus planes y el prelado pregunta: ¿Cuándo empezará su trabajo?
—«Mañana fundaré dos praesidia, uno de hombres y otro de mujeres», replicó Alfonso con sencillez y lleno de confianza en el Señor.

Y así fue. El primer praesidium estaba compuesto por un senador, un letrado, un maestro y los demás eran obreros. ¡Hermoso! Entre hermanos no hay discriminaciones ni distinciones.

«Hay que hablar a todos y sin temor alguno», decía él. Se dirigía a todos, y lo hacía con tal sencillez y simpatía que allanaba los caminos y disipaba las dificultades. Y aquellas gentes, con hambre de Dios, escuchaban atentos la llamada de la Virgen.

Cansado y con sed, entró en un café; unos campesinos, que allí estaban, dirigieron sus miradas hacia aquel joven y comentaron: «¿Quién será este gringo? ¿Sabrá español?» El pudo oír estas reflexiones y se puso a hablarles; no perdió tiempo, y les expuso lo que buscaba... y se los conquistó.

Dos semanas después de su llegada, el 28 de febrero, ya tenía cinco praesidia; a las seis semanas ya contaba con una Curia y ocho praesidia.

Mons. Echevarría le llevó a Quito y, como quien muestra un tesoro, le presentó a la Conferencia Episcopal, y la Venerable Asamblea escuchó a aquel jovencito que les presentaba
a la Legión de María como un medio providencial de evangelización.

A su vuelta a Ambato, dijo a sus legionarios: «Tenemos que empezar la conquista del Ecuador...»

Se ofrecieron tres y con otros tres venidos de Colombia más él, ya eran siete.

Empezaron por Quito, la capital (1.400.000 habitantes).

Cuando hacía seis meses que llevaba en el Ecuador, ya cuenta con una Curia con once grupos en la capital.

Habla con los leprosos y allí forma tres praesidia. Visita la cárcel y organiza una gran misa con numerosas comuniones. Se dirige a los campesinos, muy influenciados por los comunistas y consigue legionarios.

Su humildad le hace ser instrumento dócil en manos del Señor y de María. No teme dirigirse a los sacerdotes durante los Ejercicios que estaban haciendo en Puerto Viejo. Va de una diócesis a otra como si estuviese en su casa.

Al cabo de un año, en la primavera de 1955, ya hay Legión de María en todas las diócesis del Ecuador.

Los señores Nuncios de Colombia, Ecuador y Bolivia se reúnen en Quito y, claro está, hablan de la Legión de María. El de Bolivia le suplica a Alfonso que vaya a aquellas lejanas y altas tierras. La solicitud se ve apoyada por el Cardenal de Quito, que le dice: Vete, hijo mío, pero antes me tendrás que acompañar a Río para el Congreso Eucarístico Internacional.

De paso para Bolivia cree que podrá descansar un poquito en el Perú.

Pero, no; está visto que para un «enviado» no hay vacaciones. Invitado aquí y allá, recorre el país. Las distancias son largas, los medios de locomoción, no muy cómodos.

En Dublín, en un momento dado, creían que había desaparecido... y es que estaba rodando de un lado para otro consolidando los grupos que ya existían y creando otros nuevos.

En Bolivia dejó en marcha dos Curias. En Brasil preparó caminos hablando con Nuncios, Cardenales y Obispos. En Sao Paulo dejó funcionando 25 praesidia.

En octubre de 1955 llegó a Argentina. Había oposición, no se creía en la necesidad de la Legión. Dos años le costó la lucha para conseguir abrirse paso. Viajó de un extremo al otro.

1957. En enero de 1957 ya cuenta en Paraguay con dos Curias: en Asunción y en Villarrica.

En este año pasa por Bolivia y visita el Ecuador durante tres meses. Aquello va viento en popa.

Como un detalle, en Navidad de 1957 recibió las felicitaciones de tres Nuncios y del Presidente del Ecuador, entre otras muchas.

Por fin consigue permiso para fundar en Buenos Aires y se da de lleno al trabajo. Pero, parece como si no tuviera bastante espacio, y también se llega a Uruguay, donde en poco tiempo, ya en junio, cuenta con 23 praesidia. Vuelve a Argentina y en agosto ya tiene una Curia en Buenos Aires. En octubre se encuentra cansado. En diciembre cae enfermo.

1959. En enero es hospitalizado e intervenido. Es un cáncer. El Cardenal le administra los últimos Sacramentos y el día de Santa Inés, el 21, entrega su alma al Señor.

¿Cuál era la fuente de sus fuerzas?

Se sentía fuerte y bien acompañado. Robustecido con el Manjar divino y cobijado bajo el Manto protector de su Madre del cielo, ningún obstáculo fue considerado insuperable para él, ningún esfuerzo excesivo, cuando se trataba de ganar almas para Cristo.

Vivía la presencia de María. Dice la legionaria que le dejó la casa en Buenos Aires: Mi primera impresión de este joven fue la de que se trataba de un bienaventurado varón, lleno de amor a ¡a Virgen. Cuando pronunciaba el nombre de María, se podía leer en sus ojos y oír en el tono de su voz la devoción que profesaba la Madre del Señor; siempre la estaba mencionando. Alfonso era un hombre de gran constancia; cuando se proponía algo, no descansaba hasta que lo conseguía.

Había dicho el Señor que con un poquito de fe se podía mover montañas. ¡Cuánta tenía Alfonso!

Esa fe que le hace ver al Señor que dice: Vete y habla. Y esa seguridad de estar cobijado bajo el manto de la Reina de los Apóstoles.

Esa fe que movió los corazones de tantos, es la fe que a él le dio aplomo y le hizo realizar una revolución espiritual en aquel inmenso territorio tan amplio y tan difícil.

A nosotros también nos dice el Señor: «Id».

A nosotros María, la Madre, nos dice: «Haced lo que El os diga».